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'''[[Blasones y herramientas]]''' de '''[[Concha Espina]]'''
{{tipo4|'''[[La visión del último día]]''' de [[Arturo Jiménez Pastor]]}}




[[File:Cuentos p.27.jpg|80px|left]]{{tipo3|ndando}} por los caminos de la vida, una linajuda señora llegó a cierta población costera, donde tenía unos parientes, jefes de dos familias y primos entre sí: el uno era marqués y el otro carpintero. Los dos pasaban en el pueblo por buenas y apreciables personas: el uno, en su palacio; el otro, en su taller.  
{{indent|5}}La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.  


{{indent|5}}El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los ''cúmulus'' pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.


{{indent|5}}Más que los estímulos de la sangre, llamaron a la viajera hacia aquellos sitios la curiosidad de conocer el hidalgo solar de sus mayores, la noble casa de sus abuelos, venida a poder del primo titulado, y también el deseo de conseguir una copia del escudo que ornamentaba la ilustre mansión.  
{{indent|5}}Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.  


{{indent|5}}Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.


{{indent|5}}Desde muy niña vivió la señora lejos de la Montaña, su tierra natal, sufriendo las marejadas de un destino veleidoso. Y al cabo de largo tiempo volvía a su país en el goce de una modesta posición, que la colocaba, socialmente, en una distancia media entre el carpintero y el marqués, a quienes no conocía.  
{{indent|5}}En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.  


 
<div align="right">''Publicado en el «[[Almanaque Sud-americano para 1901]]».</div>
<div align="right">'''[[Blasones y herramientas|continuar leyendo...]]'''</div>
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Latest revision as of 02:13, 11 May 2015

La visión del último día de Arturo Jiménez Pastor


‎La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.

‎El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los cúmulus pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.

‎Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.

‎Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.

‎En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.