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[[Floreal]] de [[Clemente Palma]]
{{tipo4|'''[[La visión del último día]]''' de [[Arturo Jiménez Pastor]]}}




[[File:Cuentos p.149.jpg|80px|left]]{{sc|abía}} gran alboroto entre las flores del jardín de la marquesita Elodia.  
{{indent|5}}La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.  


{{indent|5}}El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los ''cúmulus'' pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.


Durante la noche había venido S. M. el rey Momo, acompañado de sus consejeros Arlequín y Pierrot, las había despertado á todas y ordenádolas celebrar las Carnestolendas. Esto, después de bromear un rato, de piropearlas y de hacer picarescas alusiones á la linda marquesita, chanzas que aplaudían Pierrot y Arlequín soltando grandes risotadas y agitando endemoniadamente los cascabeles.  
{{indent|5}}Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.  


{{indent|5}}Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.


{{indent|5}}Todas hablaban á la vez. La rosa bachillera charlaba hasta por las espinas; la camelia ensartaba discurso tras discurso; el jazmín se reía á caquinos; el nardo hacía enrojecer á sus compañeras con sus bromas de color subido; la traviesa peonia se arrastraba cautelosamente y pellizcaba los tallos á las flores vecinas; el muy mentecato del narciso hablaba distraídamente, porque toda su atención la ponía en acicalarse con las gotas de rocío; las buenas tardes querían seguir durmiendo, pero los tunantes claveles, apenas las veían dormitando, las daban insolentes besos en los pétalos; el heliotropo hablaba al oído de una margarita no sé qué cosas, que la turbaban y hacían reir; la azucena recitaba oraciones matinales (¡á la muy tonta se le había metido entre hoja y hoja ser monja!); la violeta era la única que no hablaba ni se movía: soñaba en las frases de amor que, en voz baja, la venía murmurando, desde hacía tiempo, un apuesto galán de noche... ¡Pobrecilla! ¡Ya no resistiría más y pronto cedería!...  
{{indent|5}}En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.  


 
<div align="right">''Publicado en el «[[Almanaque Sud-americano para 1901]]».</div>
{{indent|5}}— ¡Qué batahola!
 
— Celebremos el carnaval con un fastuoso baile,— propuso la coquetuela de la rosa.
 
— ¡Bravo! ¡Bravo! — gritaron las flores.
 
 
<div align="right">'''[[Floreal|continuar leyendo...]]'''</div>
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Latest revision as of 02:13, 11 May 2015

La visión del último día de Arturo Jiménez Pastor


‎La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.

‎El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los cúmulus pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.

‎Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.

‎Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.

‎En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.