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| [[La cajetilla de cigarros]] de [[Ricardo Palma]] | | {{tipo4|'''[[La visión del último día]]''' de [[Arturo Jiménez Pastor]]}} |
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| [[File:Cuentos p.27.jpg|75px|left]]{{sc|quella mañana}}, la del 7 de Junio de 1880, habían corrido raudales de sangre peruana en el legendario Morro de Arica. Francisco Bolognesi, el inmortal soldado, había sucumbido, cayendo en torno suyo 900 bravos de los 1.600 que formaban su cuerpo de ejército.
| | {{indent|5}}La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa. |
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| {{indent|5}}Se había batallado ''hasta quemar el último cartucho'', y 6.500 soldados chilenos se adueñaron del Morro, sin más pérdida para ellos que la de 144 muertos y 337 heridos. | | {{indent|5}}El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los ''cúmulus'' pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada. |
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| {{indent|5}}La lucha fué en la proporción de uno contra cuatro. La victoria no correspondió al esfuerzo heroico, sino al número inflexiblemente abrumador. | | {{indent|5}}Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad. |
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| {{indent|5}}En momentos de pronunciarse el desastre, un joven capitán peruano, á quien acompañaban cuatro soldados, golpeó con la culata de su rifle el fulminante de una mina, produciéndose la explosión, que mató á tres de los enemigos, dejando heridos y contusos á muchos más. | | {{indent|5}}Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación. |
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| {{indent|5}}Disipada la espesa nube de polvo y humo, se encontraron el capitán García y sus cuatro valientes rodeados por un grupo de treinta soldados chilenos al mando del teniente Luján. | | {{indent|5}}En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales. |
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| {{indent|5}}Toda resistencia era imposible, y los cinco peruanos fueron hechos prisioneros.
| | <div align="right">''Publicado en el «[[Almanaque Sud-americano para 1901]]».</div> |
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| {{indent|5}}En esos momentos se presentó un coronel, quien, informado por Luján del estrago producido por la mina, dijo lacónicamente:
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| {{indent|5}}— Baje usted con esos hombres á la falda del Morro y fusílelos.
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| {{indent|5}}Y vencedores y vencidos emprendieron con lentitud el descenso de trescientos á cuatrocientos metros que los separaban de la llanura.
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| {{indent|5}}Habrían caminado ya una cuadra, cuando el capitán García se detuvo, y sin fanfarronería, con entera serenidad de espíritu, le preguntó al oficial chileno, que tenía aspecto de buen muchacho:
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| {{indent|5}}— ¿Me permite usted, teniente, encender un cigarrillo?
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| <div align="right">'''[[La cajetilla de cigarros|continuar leyendo...]]'''</div> | |
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La visión del último día de Arturo Jiménez Pastor
La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.
El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los cúmulus pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.
Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.
Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.
En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.