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{{tipo4|'''[[Los viajeros]]''' de [[Ricardo Jaimes Freyre]]}}
{{tipo4|'''[[La visión del último día]]''' de [[Arturo Jiménez Pastor]]}}




<div align="right">''Publicado en el «[[Almanaque Sud-americano para 1901]]».</div>
{{indent|5}}La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.  


{{indent|5}}El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los ''cúmulus'' pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.


<center>'''I'''</center>
{{indent|5}}Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.  
[[File:Los viajeros.jpg|right|150px]]


{{indent|5}}Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.


{{indent|9}}Anthropos, trovador y caballero, hizo edificar una ermita en la falda de una colina.  
{{indent|5}}En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.  


{{indent|5}}Y abandonó su castillo (en la puerta de su castillo, había cadenas de hierro, real honor), y llevó á la ermita la indiferencia de su corazón.
<div align="right">''Publicado en el «[[Almanaque Sud-americano para 1901]]».</div>
 
</div>
{{indent|5}}Porque en su espíritu había crepúsculo, así cuando la Primavera reía en las hojas rojas de las rosas, y en la nieve de los jazmines y en la albura húmeda de los lirios, como cuando el Estío hacía cantar á las cigarras entre las hojas, y el Otoño tornasolaba las uvas en las viñas, y el Invierno guiaba sobre la tierra sus tristezas frías y blancas.
 
{{indent|5}}Pero la soledad no habló á su oído esas suaves y consoladoras palabras que han escuchado todos los solitarios: «Oculta bajo las alas del Tiempo, vive la Esperanza.»  
 
{{indent|5}}Y escribió en un muro : «En el lugar en que cayere el árbol, allí quedará.»
 
{{indent|5}}Desde la ventana de la ermita, por entre la fronda, iba su mirada al camino zigzagueante al pie de la colina. El sol hería los rostros de los viajeros, ó la lluvia caía sobre sus cabezas, ó la nieve blanqueaba sus hombros, ó la bruma los envolvía con mantos fantásticos. Anthropos los veía espolear sus caballos y pensaba: — Van al amor; van á la ambición; van al miedo. </div>

Latest revision as of 02:13, 11 May 2015

La visión del último día de Arturo Jiménez Pastor


‎La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.

‎El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los cúmulus pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.

‎Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.

‎Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.

‎En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.