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| {{encabezado| | | {{portada|Poemas de la soledad en Columbia University |
| [[Poeta en Nueva York]]<br>Los Negros|Federico García Lorca}}
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| Para Ángel del Río
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| ===NORMA Y PARAISO DE LOS NEGROS===
| | |Federico García Lorca| |
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| <poem>Odian la sombra del pájaro
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| sobre el pleamar de la blanca mejilla
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| y el conflicto de luz y viento
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| en el salón de la nieve fría.
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| Odian la flecha sin cuerpo,
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| el pañuelo exacto de la despedida,
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| la aguja que mantiene presión y rosa
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| en el gramíneo rubor de la sonrisa.
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| Aman el azul desierto,
| | I. [[Norma y paraíso de los Negros]] |
| las vacilantes expresiones bovinas,
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| la mentirosa luna de los polos,
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| la danza curva del agua en la orilla.
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| Con la ciencia del tronco y el rastro
| | II. [[Oda al rey de Harlem]] |
| llenan de nervios luminosos la arcilla
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| y patinan lúbricos por aguas y arenas
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| gustando la amarga frescura de su milenaria saliva.
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| Es por el azul crujiente,
| | III. [[Iglesia abandonada]] |
| azul sin un gusano ni una huella dormida,
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| donde los huevos de avestruz quedan eternos
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| y deambulan intactas las lluvias bailarinas.
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| Es por el azul sin historia,
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| azul de una noche sin temor de día,
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| azul donde el desnudo del viento va quebrando
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| los camellos sonámbulos de las nubes vacías.
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| Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.
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| Allí los corales empapan la desesperación de la tinta,
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| los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles
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| y queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas.</poem>
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| | | [[Category:1930]] |
| ===ODA AL REY DE HARLEM===
| | [[Category:Federico García Lorca]] |
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| <poem>Con una cuchara
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| arrancaba los ojos a los cocodrilos
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| y golpeaba el trasero de los monos.
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| Con una cuchara.
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| Fuego de siempre dormía en los pedernales
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| y los escarabajos borrachos de anís
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| olvidaban el musgo de las aldeas.
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| Aquel viejo cubierto de setas
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| iba al sitio donde lloraban los negros
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| mientras crujía la cuchara del rey
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| y llegaban los tanques de agua podrida.
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| Las rosas huían por los filos
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| de las últimas curvas del aire,
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| y en los montones de azafrán
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| los niños machacaban pequeñas ardillas
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| con un rubor de frenesí manchado.
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| Es preciso cruzar los puentes
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| y llegar al rubor negro
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| para que el perfume de pulmón
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| nos golpee las sienes con su vestido
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| de caliente piña.
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| Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente.
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| a todos los amigos de la manzana y de la arena,
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| y es necesario dar con los puños cerrados
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| a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
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| para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
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| para que los cocodrilos duerman en largas filas
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| bajo el amianto de la luna,
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| y para que nadie dude de la infinita belleza
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| de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
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| ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
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| ¡No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
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| a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
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| a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
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| a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!
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| *
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| Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
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| Las muchachas americanas llevaban niños y monedas en el vientre,
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| y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.
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| Ellos son.
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| Ellos son los que beben el ''whisky'' de plata junto a los volcanes
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| y tragan pedacitos de corazón, por las heladas montañas del oso.
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| Aquella noche el rey de Harlem,
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| con una durísima cuchara
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| arrancaba los ojos a los cocodrilos
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| y golpeaba el trasero de los monos.
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| Con una cuchara.
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| Los negros lloraban confundidos
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| entre paraguas y soles de oro,
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| los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
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| y el viento empañaba espejos
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| y quebraba las venas de los bailarines.
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| Negros, Negros, Negros, Negros.
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| La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
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| No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
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| viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
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| bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cáncer.
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| Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
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| cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
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| rueden por las playas con los objetos abandonados.
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| Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
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| hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
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| Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
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| y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
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| Es la sangre que viene, que vendrá
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| por los tejados y azoteas, por todas partes,
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| para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
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| para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
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| y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.
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| Hay que huir,
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| huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
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| porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
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| para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
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| y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.
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| *
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| Es por el silencio sapientísimo
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| cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua
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| las heridas de los millonarios
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| buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.
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| Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,
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| escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros;
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| un viento sur que lleva
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| colmillos, girasoles, alfabetos
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| y una pila de Volta con avispas ahogadas.
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| El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo,
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| el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
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| Médulas y corolas componían sobre las nubes
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| un desierto de tallos sin una sola rosa.
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| A la izquierda, a la derecha, por el sur y por el norte,
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| se levanta el muro impasible
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| para el topo, la aguja del agua.
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| No busquéis, negros, su grieta
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| para hallar la máscara infinita.
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| Buscad el gran sol del centro
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| hechos una piña zumbadora.
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| El sol que se desliza por los bosques
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| seguro de no encontrar una ninfa,
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| el sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
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| el tatuado sol que baja por el río
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| y muge seguido de caimanes.
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| Negros, Negros, Negros, Negros.
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| Jamás sierpe, ni cebra, ni mula
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| palidecieron al morir.
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| El leñador no sabe cuándo expiran
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| los clamorosos árboles que corta.
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| Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
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| a que cicutas y cardos y ortigas tumben postreras azoteas.
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| Entonces, negros, entonces, entonces,
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| podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
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| poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
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| y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas
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| asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
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| ¡Ay, Harlem, disfrazada!
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| ¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
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| Me llega tu rumor,
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| me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
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| a través de láminas grises,
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| donde flotan sus automóviles cubiertos de dientes,
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| a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
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| a través de tu gran rey desesperado
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| cuyas barbas llegan al mar.</poem>
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| ===IGLESIA ABANDONADA===
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| (Balada de la gran guerra)
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| <poem>Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
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| Yo tenía un hijo.
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| Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
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| Le vi jugar en las últimas escaleras de la misa
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| y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
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| He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
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| Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y luego,
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| comprendí que mi niña era un pez
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| por donde se alejan las carretas.
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| Yo tenía una niña.
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| Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
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| Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
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| Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos.
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| y las cerillas apagadas
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| se comían los trigos de la primavera.
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| Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
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| mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
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| y vi las cabañas de goma
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| donde giraban las copas llenas de lágrimas.
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| En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
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| cuando el sacerdote levanta la mula y el buey con sus fuertes brazos,
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| para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
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| Yo tenía un hijo que era un gigante,
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| pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
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| Si mi niño hubiera sido un oso,
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| yo no temería el sigilo de los caimanes,
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| ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
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| para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos.
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| ¡Si mi niño hubiera sido un oso!
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| Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
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| Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
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| pero en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
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| vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
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| que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
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| él tenía un hijo.
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| ¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
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| que no era más que suyo, porque era su hijo!
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| ¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!</poem>
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