La cajetilla de cigarros de Ricardo Palma

Se había batallado hasta quemar el último cartucho, y 6.500 soldados chilenos se adueñaron del Morro, sin más pérdida para ellos que la de 144 muertos y 337 heridos.
La lucha fué en la proporción de uno contra cuatro. La victoria no correspondió al esfuerzo heroico, sino al número inflexiblemente abrumador.
En momentos de pronunciarse el desastre, un joven capitán peruano, á quien acompañaban cuatro soldados, golpeó con la culata de su rifle el fulminante de una mina, produciéndose la explosión, que mató á tres de los enemigos, dejando heridos y contusos á muchos más.
Disipada la espesa nube de polvo y humo, se encontraron el capitán García y sus cuatro valientes rodeados por un grupo de treinta soldados chilenos al mando del teniente Luján.
Toda resistencia era imposible, y los cinco peruanos fueron hechos prisioneros.
En esos momentos se presentó un coronel, quien, informado por Luján del estrago producido por la mina, dijo lacónicamente:
— Baje usted con esos hombres á la falda del Morro y fusílelos.
Y vencedores y vencidos emprendieron con lentitud el descenso de trescientos á cuatrocientos metros que los separaban de la llanura.
Habrían caminado ya una cuadra, cuando el capitán García se detuvo, y sin fanfarronería, con entera serenidad de espíritu, le preguntó al oficial chileno, que tenía aspecto de buen muchacho:
— ¿Me permite usted, teniente, encender un cigarrillo?