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| {{encabezado| | | {{portada|Dos odas|Federico García Lorca| |
| [[Poeta en Nueva York]]<br>Dos odas|Federico García Lorca}}
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| :A mi editor Armando Guibert.<br>
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| ===GRITO HACIA ROMA===
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| ::Desde la torre del Crysler Building
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| <poem>Manzanas levemente heridas
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| por los finos espadines de plata,
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| nubes rasgadas por una mano de coral
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| que lleva en el dorso una almendra de fuego,
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| peces de arsénico como tiburones,
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| tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
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| rosas que hieren
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| y agujas instaladas en los caños de la sangre,
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| mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
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| caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
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| que untan de aceite las lenguas militares
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| donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
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| y escupe carbón machacado
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| rodeado de miles de campanillas.
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| Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,
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| ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
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| ni quien abra los linos del reposo,
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| ni quien llore por las heridas de los elefantes.
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| No hay más que un millón de herreros
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| forjando cadenas para los niños que han de venir.
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| No hay más que un millón de carpinteros
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| que hacen ataúdes sin cruz.
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| No hay más que un gentío de lamentos
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| que se abren las ropas en espera de la bala.
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| El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
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| debía gritar desnudo entre las columnas,
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| y ponerse una inyección para adquirir la lepra
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| y llorar un llanto tan terrible
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| que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
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| Pero el hombre vestido de blanco
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| ignora el misterio de la espiga,
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| ignora el gemido de la parturienta,
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| ignora que Cristo puede dar agua todavía,
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| ignora que la moneda quema el beso de prodigio
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| y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.
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| Los maestros enseñan a los niños
| | I. [[Grito hacia Roma]] |
| una luz maravillosa que viene del monte;
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| pero lo que llega es una reunión de cloacas
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| donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
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| Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;
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| pero debajo de las estatuas no hay amor,
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| no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
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| El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
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| en la choza diminuta que lucha con la inundación;
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| el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
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| en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
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| y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.
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| Pero el viejo de las manos traslucidas
| | II. [[Oda a Walt Whitman]] |
| dirá: amor, amor, amor,
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| aclamado por millones de moribundos;
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| dirá: amor, amor, amor,
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| entre el tisú estremecido de ternura;
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| dirá: paz, paz, paz,
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| entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
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| dirá: amor, amor, amor,
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| hasta que se le pongan de plata los labios.
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| Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
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| los negros que sacan las escupideras,
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| los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los directores,
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| las mujeres ahogadas en aceites minerales,
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| la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
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| ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
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| ha de gritar frente a las cúpulas,
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| ha de gritar loca de fuego,
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| ha de gritar loca de nieve,
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| ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
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| ha de gritar como todas las noches juntas,
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| ha de gritar con voz tan desgarrada
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| hasta que las ciudades tiemblen como niñas
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| y rompan las prisiones del aceite y la música,
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| porque queremos el pan nuestro de cada día,
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| flor de aliso y perenne ternura desgranada,
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| porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
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| que da sus frutos para todos.</poem>
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| ===ODA A WALT WHITMAN===
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| <poem>Por el East River y el Bronx
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| los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
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| con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
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| Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
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| y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.
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| Pero ninguno se dormía,
| | <br><center>'''''Regresar a [[Poeta en Nueva York]]'''''</center> |
| ninguno quería ser el río,
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| ninguno amaba las hojas grandes,
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| ninguno la lengua azul de la playa.
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| Por el East River y el Queensborough
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| los muchachos luchaban con la industria,
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| y los judíos vendían al fauno del río
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| la rosa de la circuncisión
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| y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
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| manadas de bisontes empujadas por el viento.
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| Pero ninguno se detenía,
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| ninguno quería ser nube,
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| ninguno buscaba los helechos
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| ni la rueda amarilla del tamboril.
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| Cuando la luna salga
| | [[Category:1930]] |
| las poleas rodarán para tumbar el cielo;
| | [[Category:Federico García Lorca]] |
| un límite de agujas cercará la memoria
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| y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
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| Nueva York de cieno,
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| Nueva York de alambres y de muerte.
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| ¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
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| ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
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| ¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?
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| Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
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| he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
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| ni tus hombros de pana gastados por la luna,
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| ni tus muslos de Apolo virginal,
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| ni tu voz como una columna de ceniza;
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| anciano hermoso como la niebla
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| que gemías igual que un pájaro
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| con el sexo atravesado por una aguja,
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| enemigo del sátiro,
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| enemigo de la vid
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| y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
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| Ni un solo momento, hermosura viril
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| que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
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| soñabas ser un río y dormir como un río
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| con aquel camarada que pondría en tu pecho
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| un pequeño dolor de ignorante leopardo.
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| Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
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| hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
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| porque por las azoteas,
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| agrupados en los bares,
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| saliendo en racimos de las alcantarillas,
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| temblando entre las piernas de los chauffeurs
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| o girando en las plataformas del ajenjo,
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| los maricas, Walt Whitman, te señalan.
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| ¡También ése! ¡También! Y se despeñan
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| sobre tu barba luminosa y casta,
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| rubios del norte, negros de la arena,
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| muchedumbres de gritos y ademanes,
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| como gatos y como las serpientes,
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| los maricas, Walt Whitman, los maricas
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| turbios de lágrimas, carne para fusta,
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| bota o mordisco de los domadores.
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| ¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
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| apuntan a la orilla de tu sueño
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| cuando el amigo come tu manzana
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| con un leve sabor de gasolina
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| y el sol canta por los ombligos
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| de los muchachos que juegan bajo los puentes.
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| Pero tú no buscabas los ojos arañados,
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| ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
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| ni la saliva helada,
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| ni las curvas heridas como panza de sapo
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| que llevan los maricas en coches y terrazas
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| mientras la luna los azota por las esquinas del terror.
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| Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
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| toro y sueño que junte la rueda con el alga,
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| padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
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| y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.
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| Porque es justo que el hombre no busque su deleite
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| en la selva de sangre de la mañana próxima.
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| El cielo tiene playas donde evitar la vida
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| y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.
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| Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
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| Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
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| Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
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| la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
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| los ricos dan a sus queridas
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| pequeños moribundos iluminados,
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| y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.
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| Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
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| por vena de coral o celeste desnudo.
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| Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
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| una brisa que viene dormida por las ramas.
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| Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
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| contra el niño que escribe
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| nombre de niña en su almohada,
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| ni contra el muchacho que se viste de novia
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| en la oscuridad del ropero,
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| ni contra los solitarios de los casinos
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| que beben con asco el agua de la prostitución,
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| ni contra los hombres de mirada verde
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| que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
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| Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
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| de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
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| madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
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| del Amor que reparte coronas de alegría.
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| Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
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| gotas de sucia muerte con amargo veneno.
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| Contra vosotros siempre,
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| Faeries de Norteamérica,
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| Pájaros de la Habana,
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| Jotos de Méjico,
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| Sarasas de Cádiz,
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| Apios de Sevilla,
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| Cancos de Madrid,
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| Floras de Alicante,
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| Adelaidas de Portugal.
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| ¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
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| Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
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| abiertos en las plazas con fiebre de abanico
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| o emboscados en yertos paisajes de cicuta.
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| ¡No haya cuartel! La muerte
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| mana de vuestros ojos
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| y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
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| ¡No haya cuartel! ¡Alerta!
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| Que los confundidos, los puros,
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| los clásicos, los señalados, los suplicantes
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| os cierren las puertas de la bacanal.
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| Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
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| con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
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| Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
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| camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
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| Duerme, no queda nada.
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| Una danza de muros agita las praderas
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| y América se anega de máquinas y llanto.
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| Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
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| quite flores y letras del arco donde duermes
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| y un niño negro anuncie a los blancos del oro
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| la llegada del reino de la espiga.</poem>
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| {{partes|[[Vuelta a la ciudad|Vuelta a la ciudad]]|[[Dos odas|Dos odas]]|[[Huída de Nueva York|Huída de Nueva York]]}}
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