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Cobarde

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


Cobarde


iven a la sombra de gigante nogal, en la linde de una pradería. Tienen tantos hijos que muchas veces la madre les equivoca los nombres, y sermonea sin tino a los inocentes mientras los culpables se están riendo. Ella acaba por reírse, también; posee un carácter lleno de mansedumbre, y en su vida trabajada flota siempre una sonrisa.

‎Había sido un disparate aquella boda. Sólo el amor, con la venda ceñida a los ojos, pudo atar en yugo indisoluble a dos criaturas tan inhábiles: la muchacha, una artesana pobre; el mozo, un triste de la clase media, venido a menos, tan mimado y caprichoso que no supo dominar la tentación de hacer desgraciada a la novia humilde y buena.

‎Era él de esos que están siempre buscando una ocupación, al parecer, y no la encuentran nunca; de esos que sólo hacen planes y "castillos", sin cosechar en las manos vacías nada más que ilusiones.

‎Una ilusión fué para Gerardo la belleza de Matilde; una ilusión fugaz, porque las privaciones y las fatigas amustiaron pronto los hechizos de la muchacha.

‎No era el doncel muy dado a las reflexiones, y la idea de las responsabilidades adquiridas no le alarmó. Hacía bastante sacrificio con pararse a soñar allí donde el matrimonio le detuvo. Y allí se quedó...

‎Iban naciendo los niños. Los padres de Matilde, por no abandonar a la infeliz, le daban la mitad de su pobreza. Y crecían los retoños a la vera del nogal gigante en la linde de la pradería, donde les daba el destino juntos en un palmo de terreno sol para alegrarse, flores para divertirse y un regato bullicioso que servía de fuente, de baño y de espejo.

‎Eran felices; no iban a la escuela; no eran coloñeros ni pastores. El diogenismo de su padre se les había sido dado con la vida como un rasgo característico: tenían horror a la obediencia y al trabajo. Corrían por los sotos y las camberas, soberbios de holganza y de insumisión. La pobre madre, viéndoles tan abandonados de disciplina, tan hoscos y rudos, les sermoneaba, confundiendo sus nombres, hasta que ellos, chanceando, la hacían reír.

‎No se tomaba el padre tanta molestia; era un indiferente de la vida, un estoico del sentimiento; sabía únicamente de caprichos: de obligaciones lo ignoraba todo. Tenía una pálida mirada de hastío para la mujer marchita y para la prole salvaje, y luego se tumbaba al sol a fabricar en el viento sus castillos.

‎Pero una vez, alguien que se interesaba en la suerte de aquel matrimonio encontró para Gerardo una ocupación, en unas minas lejanas.

‎Fué aquélla la primera zozobra grave de su vida, el asunto que le hizo meditar más seriamente; al fin, vencido por las tentaciones de la curiosidad, admitió el destino modesto que se le ofrecía. Y con la ayuda pecuniaria de los abuelos salió de viaje la familia, en un amanecer apacible en que toda la campa era un manto de flores.

‎Matilde iba sonriente; los niños, asombrados; Gerardo, curioso... Trabajar... ¿qué cosa sería trabajar?




‎¡Trabajar era una cosa horrible!

‎Gerardo se lo declaró a sí mismo terminantemente a las pocas horas de oficina, esclavo de una mesa acribillada de papelotes y bajo la impetinente mirada, un poco burlona, de su jefe.

‎Entonces el papá de toda aquella pandilla de niños sintióse más bohemio que nunca, y fué atesorando en su alma vulgar un coraje muy cruel hasta que le pusieron en la mano su primer sueldo.

‎Y el indeciso, el soñador, hizo una hazaña monstruosa. Abandonó cautelosamente el pueblo para hundirse en la vida incierta de la truhaneria y del azar, lejos de los suyos...

‎Mientras tanto, los retoños bravíos, presos en el cuarto mezquino de una casa de vecindad, parecen fierecillas enjauladas y acechan los balcones con acometividades peligrosas, mirando a ver si yergue allí cerca sus ramas un nogal, si florece una pradería o algún rayo de sol baja a beber en un regato bullanguero.

‎Pero en la hoz que forman las montañas mineras no tiene el astro un valle donde espaciar sus fulgores, y si un hilo de agua se despeña cristalino desde la altura, llega a los casales turbio y carbonado, con tenue rumor lleno de tristezas.

‎Y la mujer, que ha perdido para siempre la buena sonrisa de su mansedumbre, piensa que sería un consuelo inefable el poder morirse de pena a la sombra de un nogal en la linde de una pradería...


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