This is an archive copy of wikilivres.ca as of 18 February 2017 (from the WikiTeam dump). The original site is closed.

La mujer-flor

From Wikilivres
Jump to navigation Jump to search

La mujer-flor
(Cuento de hadas)
escrito por Casimiro Prieto Valdés
Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹)


A mi querida esposa.


‎SENTADA en el tronco de un viejo roble que el huracán había derribado con furioso ímpetu, y que atravesaba un estrecho sendero del bosque, suspiraba con amarga pena la princesita Mari-Alba, rodeada de una nube de brillantes mariposas, á cuyas alas parecía haberse adherido el polvo de oro que flota en los rayos del sol al bañarse en su viva lumbre.

‎El vientecillo alado llevó al fondo de la espesura aquellos suspiros, y á su eco doliente despertó el hada de las flores.

‎— ¿Quién suspira con tanta pena?— preguntó el hada, abriendo sus ojos llenos de luz.

‎— La princesita Mari-Alba, — contestó el vientecillo, plegando sus leves alas y deteniéndose un momento.

‎— ¿La bella princesita? ¿está usted seguro, señor Favonio? pues á fe que no adivino cuál pueda ser la causa de su quebranto.

‎— Hace tiempo que la veo triste y pensativa; no bien me levanto con el día, vuelo al jardín de Mari-Alba á sacudir los rosales para despertar á las rosas, y allí me encuentro siempre con mi señora princesita, muy pálida y ojerosa, y mirando con ojos de envidia á las flores... ¡Vaya! ¡si á veces hasta creo que siente en el alma no haber nacido flor!...

‎— ¡Es extraño! — pensó el hada.

‎Y dando las gracias al vientecillo, que se levantó de pronto y echó á volar en pos de una brillante mariposa azul, se dirigió en busca de Mari-Alba.

‎La princesita seguía suspirando, sentada en el tronco del viejo roble derribado por el huracán, y vió llegar, indiferente, al hada de las flores, á quien no conocía.

‎— Buenos días, gentil princesa, — dijo el hada, sentándose familiarmente al lado de Mari-Alba.

‎— Buenos días, — contestó ésta maquinalmente y mirando con desconfianza á la desconocida.

‎— Vamos á ver, — continuó el hada, fijando su mirada luminosa en los verdes ojos de la blanca princesa;— ¿por qué suspiras? ¿qué nube negra obscurece el radioso cielo de tu felicidad? dímelo y prometo buscar el remedio de tus males.

‎— ¿Vos? — exclamó Mari-Alba abriendo desmesuradamente los ojos con expresión de duda.

‎— Sí, yo, que tengo virtud y poder bastantes para transformarte en flor, si tal es tu deseo.

‎— ¿Luego sois...?

‎— Una de las hadas de este bosque.

‎— Pues bien, señora hada, vais á saber la causa de mi pena... pero bajemos la voz, porque ese vientecillo es muy charlatán, y luego se lo cuenta todo á las rosas, y yo no quiero que las rosas se burlen de mí.

‎— ¡Bah! no temas.

‎— ¿Queréis saber por qué suspiro? pues suspiro porque me da pena que la mujer, siendo hermana de las flores, no tenga el perfume de que la naturaleza ha dotado á esas hijas del sol y de la tierra... ¡ Ah! si soy bella como las rosas, ¿por qué mis carnes blancas y satinadas no han de tener el olor de las rosas? ¡Extraño capricho el de la naturaleza! ¡nos concede de las flores los colores brillantes y nos niega sus perfumes! ¿Conocéis algún medio, señora hada, para reparar tan gran injusticia?

‎— Ciertamente, — contestó el hada sonriendo, — no es muy fácil lo que me pides, pero no desespero de poder complacerte.

‎Y se alejó de Mari-Alba, perdiéndose entre las frondosidades del bosque, que sacudido por el vientecillo, dejó caer sobre ella una lluvia de rayos de sol y de flores...

‎Aquella noche la princesita Mari-Alba se presentó en los salones de palacio, — que brillaban como ascuas de oro, — con el rostro radiante de felicidad y dejando á su paso un suave perfume de rosas...

‎El hada había extraído de los jugos de las plantas regaladas esencias, de que hizo don á Mari-Alba, encerradas en primorosos pomos de cristal, y desde entonces las mujeres exhalan también delicados perfumes como las flores, esas amables hijas del sol y de la tierra...


  ▲ Superior