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La mujer-flor
| La mujer-flor (Cuento de hadas) escrito por Casimiro Prieto Valdés |
| Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹) |
SENTADA en el tronco de un viejo roble que el huracán había derribado con furioso ímpetu, y que atravesaba un estrecho sendero del bosque, suspiraba con amarga pena la princesita Mari-Alba, rodeada de una nube de brillantes mariposas, á cuyas alas parecía haberse adherido el polvo de oro que flota en los rayos del sol al bañarse en su viva lumbre.
El vientecillo alado llevó al fondo de la espesura aquellos suspiros, y á su eco doliente despertó el hada de las flores.
— ¿Quién suspira con tanta pena?— preguntó el hada, abriendo sus ojos llenos de luz.
— La princesita Mari-Alba, — contestó el vientecillo, plegando sus leves alas y deteniéndose un momento.
— ¿La bella princesita? ¿está usted seguro, señor Favonio? pues á fe que no adivino cuál pueda ser la causa de su quebranto.
— Hace tiempo que la veo triste y pensativa; no bien me levanto con el día, vuelo al jardín de Mari-Alba á sacudir los rosales para despertar á las rosas, y allí me encuentro siempre con mi señora princesita, muy pálida y ojerosa, y mirando con ojos de envidia á las flores... ¡Vaya! ¡si á veces hasta creo que siente en el alma no haber nacido flor!...
— ¡Es extraño! — pensó el hada.
Y dando las gracias al vientecillo, que se levantó de pronto y echó á volar en pos de una brillante mariposa azul, se dirigió en busca de Mari-Alba.
La princesita seguía suspirando, sentada en el tronco del viejo roble derribado por el huracán, y vió llegar, indiferente, al hada de las flores, á quien no conocía.
— Buenos días, gentil princesa, — dijo el hada, sentándose familiarmente al lado de Mari-Alba.
— Buenos días, — contestó ésta maquinalmente y mirando con desconfianza á la desconocida.
— Vamos á ver, — continuó el hada, fijando su mirada luminosa en los verdes ojos de la blanca princesa;— ¿por qué suspiras? ¿qué nube negra obscurece el radioso cielo de tu felicidad? dímelo y prometo buscar el remedio de tus males.
— ¿Vos? — exclamó Mari-Alba abriendo desmesuradamente los ojos con expresión de duda.
— Sí, yo, que tengo virtud y poder bastantes para transformarte en flor, si tal es tu deseo.
— ¿Luego sois...?
— Una de las hadas de este bosque.
— Pues bien, señora hada, vais á saber la causa de mi pena... pero bajemos la voz, porque ese vientecillo es muy charlatán, y luego se lo cuenta todo á las rosas, y yo no quiero que las rosas se burlen de mí.
— ¡Bah! no temas.
— ¿Queréis saber por qué suspiro? pues suspiro porque me da pena que la mujer, siendo hermana de las flores, no tenga el perfume de que la naturaleza ha dotado á esas hijas del sol y de la tierra... ¡ Ah! si soy bella como las rosas, ¿por qué mis carnes blancas y satinadas no han de tener el olor de las rosas? ¡Extraño capricho el de la naturaleza! ¡nos concede de las flores los colores brillantes y nos niega sus perfumes! ¿Conocéis algún medio, señora hada, para reparar tan gran injusticia?
— Ciertamente, — contestó el hada sonriendo, — no es muy fácil lo que me pides, pero no desespero de poder complacerte.
Y se alejó de Mari-Alba, perdiéndose entre las frondosidades del bosque, que sacudido por el vientecillo, dejó caer sobre ella una lluvia de rayos de sol y de flores...
Aquella noche la princesita Mari-Alba se presentó en los salones de palacio, — que brillaban como ascuas de oro, — con el rostro radiante de felicidad y dejando á su paso un suave perfume de rosas...
El hada había extraído de los jugos de las plantas regaladas esencias, de que hizo don á Mari-Alba, encerradas en primorosos pomos de cristal, y desde entonces las mujeres exhalan también delicados perfumes como las flores, esas amables hijas del sol y de la tierra...
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