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La pecadora

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La pecadora
(POEMA EVANGÉLICO)
escrito por Amalia Puga de Lozada
Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹)



<poem>

‎I

‎No muy lejos del mar de Galilea se elevaba un espléndido castillo, do vivían en gloria y abundancia tres hermanos, los tres hijos de Siro. Lázaro y Marta, buenos y virtuosos, respetaban su nombre y sus principios, y en María, la última, cifraban su ilusión, su esperanza y su cariño.

‎¿Habéis fijado la atención, oyentes, en esa planta que produce el lirio, si crece, acaso, en nuestros hondos valles próxima á la corriente? Fué asimismo como creció la virgen Magdalena; y, llegada á la edad de los hechizos, brotó en ella la flor de una hermosura cuya fama trasciende veinte siglos!

‎Era su cuerpo esbelto y delicado, de voluptuosa morbidez vestido; su color, como el nácar de los mares; sus labios, cual la púrpura de Tiro. La pasión y el talento chispeaban en sus ojos azules y tranquilos, como chispea en los profundos cielos, en noches despejadas, el gran Sirio.

‎Pero en medio de todas las bellezas que hacían de la joven un prodigio, atrayendo á sus pies, no ya á su lado, á los hombres de amor enloquecidos, ninguna era más grande y seductora ni más llena de raros atractivos que su cabello, ahora como entonces de cabellos hermosos prototipo.

‎Rubio como la mies en el verano, ondeado, abundoso, largo y fino, arrojaba destellos que formaban sobre la frente de su dueña un nimbo. Despidiendo el olor del cinamomo con que ella le ungía de continuo, por pagarle su esmero circundábala de ambiente embriagador y distinguido.

‎Cuando sobre su espalda de sirena le traía en guedejas extendido, él la envolvía como regio manto, de Cleopatra la opulenta digno. Si trenzado con perlas orientales, parecía por magia convertido en dos áureas culebras que besaban esas sienes de mármol con deliquio.

‎Acosada por mil adoradores que murmuraban quejas á su oído y durante la noche le cantaban versos que eran del alma agudos gritos; el juvenil cerebro transtornado y de los humos del elogio henchido, ella cayó, como Luzbel, del cielo á las tinieblas del más negro abismo!...

‎A los siete pecados capitales rindió su corazón, antes sencillo, y la casa paterna transformóse en un antro de escándalos y vicios. ¡Sin poderlo evitar, lo lamentaban Lázaro y Marta, de dolor transidos, con nostalgia acordándose del tiempo de austeridad y honor, tiempo bendito!

‎En la comarca entera resonaba, como eco del infierno desprendido, el rumor de las fiestas bulliciosas que tenían lugar en el castillo. Asombradas las gentes expresaron su enérgico reproche y su desvío, otorgando á la indigna castellana de Pecadora el nombre infamativo.


‎II

‎A la sazón un Hombre milagroso recorría incansable la Judea, predicando el amor sincero y puro, primer fuente del bien sobre la tierra; viviendo una existencia inmaculada, sembrando beneficios por doquiera, y prometiendo á quienes le escuchasen con simple corazón, ventura eterna.

‎Su continente es grave y majestuoso, dulce su voz, y la expresión serena de sus claras pupilas, semejante al rutilar de una lejana estrella. Conforta al afligido; auxilia al pobre; al malato le sana de la lepra; á muertos resucita; á poseídos, de malignos espíritus liberta.

‎Van tras Él entusiastas multitudes bebiendo en el raudal de su elocuencia y aprendiendo en parábolas sublimes lecciones de piedad y de grandeza. Todos le aclaman. Llámanle á porfía: Template:¡sc ¡El Salvador del Hombre! ¡El Deseado! ¡El Prometido á la Nación Hebrea!

‎Ante la ola de fervor grandioso la Pecadora sonreía escéptica, sin sospechar que pronto lavaría en esas limpias aguas su conciencia. Ninguna voz del alma le anunciaba que iba á cambiar en lágrimas sus perlas, y á dejar por el áspero cilicio sus encajes, sus gasas y sus sedas.

‎Por la curiosidad estimulada, mezclóse un día con la turba inmensa y siguió, entre el gentío confundida, del Hombre-Dios las sacrosantas huellas. Escuchó su Palabra, que sonaba tanto á reconvención como á clemencia, y en sus ojos, que tristes la miraron, vió esa luz que abrillanta las esferas.

‎Escuchar y creer fué todo uno para aquella gentil naturaleza, que, sacudiendo de la culpa el fango, ansió volar por la región etérea. A sus plantas cayó despedazada en cien jirones del error la venda, ¡y conoció cuan negro es el pecado y cuán blanca y radiante la inocencia!...


‎III

‎Es una tarde hermosa y apacible, llena de luz, de aromas y de encantos; tarde primaveral, en que Natura sus primores ostenta renovados. En la amplia sala de Simón se encuentran Jesucristo y los suyos, disfrutando de las delicias de especial banquete con que el Maestro ha sido agasajado.

‎De repente en la estancia se presenta una linda mujer bañada en llanto, medio escondido el peregrino rostro por el blondo cabello destrenzado. Sus manos, por lo blancas y pequeñas y porque de emoción están temblando, recuerdan alas de paloma herida y sostienen un bote de alabastro.

‎Se derroca á los pies de Jesucristo; abre ligera su precioso vaso, y, entre ósculos, derrama sobre aquéllos el contenido, un delicado bálsamo. Los enjuga después con su melena, y el Señor, que la mira consternado, le dice: «¡Vete en paz! Amaste mucho: ¡tus pecados han sido perdonados!»

‎En ese instante el universo todo pareció doblemente iluminado; en el huerto vecino su perfume las flores y los frutos exhalaron; en los rayos del sol que se cernían eran luceros los menudos átomos, y en el excelso Empíreo los querubes su himno mejor alegres entonaron!...

‎Cajamarca (Perú, Mayo de 1910).


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