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Prerafaelista
| Prerafaelista escrito por Oscar Tiberio |
| Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹) |
Mientras se cubre el campo de albas alfombras
y oprimo entre los dientes la pipa de opio,
cruzan mi pensamiento lívidas sombras
como vistas de un raro caleidoscopio.
Pasa grácil y leve la ideal medalla
de una niña de tristes ojos extraños;
parece la heroína de una rondalla,
sobre la cual lloraran los Desengaños.
Luego pasa temblando cual lirio tierno
otra virgen de formas misteriosas;
cargada va de niveas flores de invierno,
y sobre éstas vuelan las mariposas.
Vienen detrás, muy pulcras y aristocráticas,
las sombras de dos hadas meditativas;
¿qué sentirán tan tristes, mudas, hieráticas,
en ese largo viaje de pensativas?...
Yo no sé lo que sienten; yo sé que vienen
del país fabuloso del Rey Ensueño,
y sé que van á la isla blanca que tienen
en la patria infinita con que yo sueño.
Por eso, mientras nieva con más porfía,
masco angustiosamente la pipa de opio,
y se alarga en mi mente la ideal theoría
de visiones de un raro caleidoscopio.
Desfilan todas blancas, finas, pueriles,
las cándidas viajeras desamparadas;
todas visten antiguos trajes gentiles
y van walkíriamente desmelenadas.
Son las almas que flotan en los notables
dibujos de Chavannes y otros pontífices;
son esas pobres tísicas inconsolables
que hoy marcan nuevos rumbos á los artífices.
Son todas las princesas, tristes y pálidas,
que al sol cual golondrinas tienden el vuelo,
y sin haber dejado de ser crisálidas
en vez de amar á Isis, se van al cielo.
Y pasan más; pasa otra con un gran traje
de corte inverosímil: joyante, lila;
¡oh! ¿qué hay de aquella muerta de mi linaje
en el llameante azufre de su pupila?...
Pasa, al fin, y es la última, con lenta marcha,
la más inconsolable, la menos fuerte;
¡su rostro es un marchito rostro de escarcha
que se ve que no acaba de hallar la Muerte!...
Sus cabellos peinados de un modo arcaico
lucen diademas de algas y de clemátides;
y en sus ojos de amargo fulgor judaico
hay algo de los ojos de las cariátides.
Son ojos dolorosos; ojos de inerme
que hablan de paraísos y de nirvanas;
son ojos de persona que nunca duerme
pensando en cosas tristes y muy lejanas.
Marcha como una errante sombra de duelo
que no encontrara patria consoladora,
y en su fúnebre traje de terciopelo
parece un lirio muerto que se evapora.
La miro alucinado; la miro y llamo;
pero ella, triste y muda, más se adelanta...
hasta que al fin se pierde y entonces clamo:
¡Con razón se me fuga, si es mi Atalanta!...
Es mi novia invencible, mi errante estrella,
la que ama lo que aman los girasoles;
y ¡ah! si me fuera dado partir con ella
hacia el país donde arden perpetuos soles!...
La Plata (República Argentina), 1900.