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Primavera

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Primavera
escrito por Isaías Gamboa
Publicado en el libro « La joven literatura hispanoamericana » del año 1906 ~ Ortografía original.~ (1)



‎— Ven á ver mis jardines.
Que con la primavera
Han abierto, bellísimas, las flores.
Ven — repitió sonriendo placentera.
Y brillaban sus ojos seductores
Con una luz fantástica, indecisa,
Divina acentuación de su sonrisa.

‎Y la seguí turbado,
Por el sendero estrecho
De pétalos marchitos alfombrado.
Y al ver ante mis ojos su figura
Alta, gentil, espléndida, mi pecho
Latió con la ansiedad de la locura.

‎El sol de primavera
Desde un cielo sin mancha difundía
Vida y placer. La dulce niña era
Una gracia, un destello de aquel día;
Sus tempranos colores
Emulaban los tintes de las flores;
Y circulando entre ellas, recogía
Levemente la falda de su traje
Para no humedecerla en el ramaje.

‎— ¡Mira, mira! — clamaba:
¡Pensamientos, violetas!
Y con manos inquietas
Las florecillas trémulas tronchaba
Para prenderlas en su nubil seno;
Y cuando estuvo ya de flores lleno,
— Son para ti — me dijo — todas... ¡toma!» —
Y me dio el ramo de embriagante aroma.

‎Yo aspiré su fragancia, su veneno,
Como el que en vago encanto se embelesa.
Ella, móvil, traviesa.
Siguió ante mí resplandeciente y loca.
Detúvose en un grupo de claveles
Y tomando uno de ellos en la boca,
Al juntar sus colores y sus mieles,
Virginal tentación provocativa.
Vi esos labios y pétalos tan rojos
Como una sola flor ardiente y viva,
Flor de pasión, que deslumhró mis ojos.

‎Sombría, muda, lenta,
La nube que el relámpago presagia
Condensaba en mi pecho la tormenta.
Yo estaba absorto en la atrayente magia,
En el encanto singular, risueño,
De la beldad que ante mis pasos iba.
Otra vez recogió la falda esquiva,
Y vi su pie, pequeño...
Le vi apenas, ligero como un sueño.
Pero entonces robóme el albedrío
La mano que la falda replegaba
Para evitar la lluvia de rocío.

‎¡Esa contemplación me fascinaba!
El talle fíno de su forma esbelta,
Medio oculta entre ramas y corolas;
La cabellera suelta
Cual luminoso rio
Que destrenzara bajo el sol sus olas
Sobredorando su caudal sombrío;
Las fugitivas líneas
De turjencias virgíneas;
El cuello blanco, pálido.
Entre crespas espumas
De candidos encajes...
Alta nieve por cima de las brumas;
Los vividos olajes
De sus mejillas... Y en el aire cálido,
Céfiros del edén, luz y rumores.

‎De repente perdióse entre las flores
La divina visión. ¿Fulgor extinto
Había sido, pues, en los ideales
De un sueño encantador? Con indecisa
Mirada la busqué. Y en los rosales
Of claro, distinto.
El breve timbre de su alegre risa.

‎Corrí allá. Del sendero en una vuelta
La vi. Su larga cabellera suelta,-
Como en las redes del amor quien ama,
Hallábase prendida
En una verde rama
De rosas florecida.
Que retuvo esa prenda tan querida.
‎— ¡Ven á mi! — me gritó, — que prisionera
Estoy en esta rama traicionera! »
Y el sonoro reír en el ambiente
Dilataba su nota placentera,
Más grata que el murmurio de la fuente.

‎Miré, sin acudir, la deliciosa
Escena encantadora en que veía
Á mi amada en las redes de una rosa.
Sintió inmenso placer el alma mía,
El goce espiritual, la emoción pura
Que idealiza y suspende el sentimiento
En la contemplación de la hermosura.
Entonces lisonjeóme el pensamiento
De que el primer amor de tal criatura
Lo despertó mi adoración por ella:
¡Inocente, feliz, sensible, bella!

‎Amable sugestión. Ansioso luego
Corrí al rosal, atento á su reclamo.
— ¡Suéltame! » — dijo, con amante ruego.
Y en las espinas del hirsuto ramo
Vi las áureas madejas enredadas.
De su opulenta cabellera blonda;
Una á una las hebras delicadas
Las liberté de la ominosa fronda,
Y en tanto que salvaba ese tesoro.
Era yo preso entre sus redes de oro.

‎— Ya — dijo; y diligente
Se puso en pie con infantil presteza,
Sonriendo tan dulce y tiernamente
Como era sólo dado á la belleza
De su divina boca tal encanto.
Y recogiendo en torno á su cabeza
El esparcido y vagaroso manto
De sus finos cabellos,
Una corona se formó con ellos.
‎— ¡Salve, reinal — exlcamé, cual si estuviera
Delante de la diosa Primavera.

‎Ella se irguió dichosa é inocente,
Adornado su pecho con las flores
De la rama falaz, cuyas espinas
Habían ofendido sus primores.
Llegamos á la orilla del torrente,
Y al contemplar las ondas cristalinas
Bordadas con espumas luminosas,
Lanzó á las aguas las abiertas rosas.
Enrojeció la límpida corriente
Bajo los tiernos pétalos, tan vivos
Como los labios de la amada mía.
Yo miraba con ojos pensativos
Las pobres flores, y ella, indiferente,
— ¡No volverán, no volverán! — decía.

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