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Tierra

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


Tierra


nés llegó de la calle envuelta en livianas telas de color de rosa, con el escote desnudo bajo el calado tul y una extraña sonrisa en los labios. Le ardían los ojos oscuros, llenos de una fiebre audaz, y se le habían encendido en las mejillas las triunfantes rosas de la juventud.

‎Alzóse Carlos del sofá con veloz movimiento de sorpresa, y la envolvió en una mirada ancha y atónita, mientras se saludaron.

‎Se quedó el mozo muy confuso entonces, fluctuando entre la admiración y el recelo, hasta que la niña le dijo con desembarazo gentil:

‎— ¿No te han llevado a tu gabinete?... Verás... Te lo he arreglado yo... Ven.

‎Pasó el mórbido brazo en torno al de su primo, empujándole suavemente a lo largo del corredor, junto a la orilla de elegantes macetas. Reía y charlaba; su voz, pastosa y caliente, agitaba a Carlos en una ola de turbaciones.

‎Era Inés alta, esbelta y hermosa; tenían sus gracias un alarde infantil; expresaba los deseos con un imperio de mujer y una exigencia de niña que se hacían invencibles, convirtiéndola en dueña absoluta de todas las voluntades. Jamás un capricho suyo encontró asperezas, ni su voz dominadora y alegre se replegó nunca ante un acento contradictorio.

‎Después que logró escuchar algunas palabras de su primo, sonoras y graves, un poco trémulas, preguntóle de repente:

‎— ¿Sabes cuántos años tengo?

‎Sin conseguir tranquilzarse, él respondió:

‎— Creo que tienes diez y seis.

‎— Pues no; diez y ocho, como tú.

‎Carlos movió incrédulo la cabeza, dilatando mucho la absorta mirada, y la joven continuó:

‎— Debo advertirte algunas cosas: aquí en la ciudad no se viste como en el campo; es menester que te hagas trajes de moda, y compres otros cuellos, otras corbatas, y alces la frente, así como yo: mira.

‎Obligóle a mirarla acercando a él su rostro radiante hasta casi tocarle las mejillas.

‎Inquietísimo, azorado, abismó Carlos un momento en las pupilas negras de Inés las suyas azules, y empalideció sin saber qué angustia nueva le nacía en el alma.

‎Triunfadora, magnífica, sonrió la muchacha sobre la expresión de su primo, y salió del aposento, diciéndole:

‎— Tendrás algo que hacer; yo te espero en el jardín.

‎Quedóse Carlos con la boca, abierta en medio de la habitación, alhajada con urbano refinamiento. Se le hundían los pies en la blandura muelle de los tapices, y la rústica imagen se le reproducía temblorosa en las lunas biseladas.

‎Entretanto, iba Inés a buscar a su madre para decirle con insolente mohín:

‎— ¿Este es el novio que me recomiendas porque es alto, colorado, rico... y tonto?

‎Siempre hablaba la madre a su niña con un poco de temor. Apacible y conciliadora, advirtióle:

‎— Si otra cosa no se presenta, puede ser para tí un buen partido... Están los tiempos tormentosos, hija; no tienes dote, anda tu padre muy apurado en sus negocios y sostenemos el lujo de la casa con mil combinaciones...

‎— Pues con el primito me voy a divertir mucho; es un pequeño salvaje.

‎Centelleaban los ojos africanos de la mozuela y lucía su hermosura una cruel expresión de regocijo.

‎Puesta en cuidado murmuró la señora:

‎— Tal vez no te quiera; tiene vocación de sacerdote, ya lo sabes. Nos le mandan a ver si le conquistas y le haces desistir de su propósito. El ha consentido en venir sólo por dos meses; a ver si te apresuras.

‎— ¿No quererme a mí? — interrogó la joven con orgullo—. ¡Qué gracia! Ya verás si me quiere o no.

‎Y se preparó a la fácil conquista con malévolas intenciones de chanza.

‎Mas los días pasaron inútiles para las impaciencias de la vanidosa. Vestido ya de barbilindo ciudadano, seguía Carlos sosteniéndose en su aire oscuro de seminarista más atento al cielo y al mar que a los negros ojos que le buscaban.

‎Había hecho el mozo sus estudios de bachiller en un colegio de Escolapios perdido en la llanura de Castilla entre un celaje de insolente claridad y una parda tierra, muerta de sed. Soñador por naturaleza, sobrio y esquivo por temperamento, elevó su alma en la augusta soledad y en la quieta meditación, y sintióse desasido del mundo, ávido de las cosas perdurables. La llanura desolada, que iba toda a volcarse en el cielo, arrastraba el espíritu del mozo a la gloriosa libertad azul; quería ser fraile, ganoso de ser santo, y conquistar la suprema belleza de la altura. Los hervores de la sangre se le calmaron en la serena corriente del sacrificio, y un noble renunciamiento de todo humano deleite le ató a la vocación religiosa con firme lazo.

‎Pero su familia le sometió, cautelosamente, a una prueba antes de permitirle abandonar el mundo, y así fué como envuelto en su tímido aire de colegial, desazonado y receloso, buscó el ferrocarril costanero desde el fondo de sus montañas nativas y llegó al gran puerto ciudadano...




‎Ya expiraban los meses de vacaciones estivales que pasó cerca de la prima, y los ojos de Carlos se levantan a Dios en incurable acecho de infinito, con desdén para el milagro de belleza y amor que se le ofrece.

‎Despechada Inés, llega a clavar su alma en el deseo de rendir la indiferencia del mozo; achaca a tímidez su actitud y con insinuaciones diesmedidas procura animarle a la declaración amorosa.

‎Prescribe el plazo de aquella lucha. Es hoy la víspera de partir el joven para su aldea, vencedor en el más difícil torneo de las pasiones humanas.

‎Inés, resuelta, erguida en su hermosura, deliciosa en su atrevimiento, va a encontrarle al jardín al anochecer, cuando el desdeñoso suspira con hondo afán, dejando que en meditaciones supraterrenas su espíritu sea llevado sobre las aguas, dormidas en la costa.

‎Inesperadamente, como llegan las tentaciones, así llegó la joven, y le puso al primo las manos finas y acariciadoras en los hombros.

‎Alzóse él violento del lugar donde meditaba, y hablaron a la luz idílica del crepúsculo.

‎— Mañana te vas— recordó ella, pálida, un poco enronquecida la voz.

‎— ¡Mañana!— dijó él, únicamente, con aguda certidumbre.

‎La muchacha, entre conmovida y colérica, tras un breve silencio preguntó:

‎— ¿Y no quieres que seamos novios?

‎Abrió él unas pupilas desmesuradas; y trató, cobarde, de sustraerse a las lindas manos cautivadoras; pero Inés le retuvo intrépida, decidida, y añadió con palabras ardientes:

‎— ¿No te gusto?... ¿No te parezco bien? Dentro de pocos años nos podíamos casar... ¿No me quieres, di?

‎La certeza de una inmediata partida le inspiró a Carlos un valor inaudito. Y temerario, invencible, repuso con arrogancia:

‎— Tu hermosura es gloria terrenal; quiero la celeste hermosura.

‎Estremecióse de ira el primoroso cuerpo de la muchacha mientras Carlos, abarcándole con su frío glacial, añadía:

‎— Tu cuerpo es deleznable; quiero duraderos tesoros.

‎Y como explandiera sugestionadora la mirada de la niña, aún dijo él bárbaramente:

‎— Eres un placer humano y transitorio; yo quiero divinos goces, eternas alegrías.

‎Desprendióse fatal de las breves manos que le detuvieron y se alejó, sin dejar de repetir:

‎— ¡Eres tierra... tierra!

‎Quedóse Inés atontecida y muda, viendo cómo su primo desaparecía en la creciente oscuridad.

‎De pronto se dejó caer en la vereda ondulante del jardín, y puso, retadores, los ojos en el cielo, con amarga interrogación:

‎— ¿Conque soy tierra?... — hincó las uñas de color de rosa en el camino, con saña y furor, y alzó un puño de polvo, insistiendo como en un delirio: —¡Tierra!

‎Clareaban remotos los astros entre nubes apacibles tendidas sobre el mar con inefable dulzura; y la niña hermosa, abatida en el suelo, fué inclinando la altiva cabeza bajo la pesadumbre de una primera inquietud de eternidad.

‎Corrieron sus lágrimas con sumisión, la voz se le hizo humilde al pronunciar llena de confuso anhelo:

‎— ¡Tierra... tierra!

‎El alma de Inés sacudíase en aquel instante con milagrosa agitación; se apartaba del cuerpo advertida de su origen, y segura de sus alas huía del polvo, curiosa de las estrellas...


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