'''[[La virgen de las batallas]]''' de '''[[Concha Espina]]'''
[[Floreal]] de [[Clemente Palma]]
[[File:Cuentos p.27.jpg|80px|left]] la derecha de la imagen se yergue izada, a medio desplegar, una bandera roja y amarilla, que ofrece allí una evocación solemne, única y triste. Está agujereada por los balazos; tiene en la orla del sagrado tejido la flocadura cruel de los combates; unas manchas sangrientas la ennoblecen.
[[File:Cuentos p.149.jpg|80px|left]]{{sc|abía}} gran alboroto entre las flores del jardín de la marquesita Elodia.
{{indent|5}}Y los peregrinos se postran en la Cueva, mirando con profunda veneración a la divisa y a la Señora.
Durante la noche había venido S. M. el rey Momo, acompañado de sus consejeros Arlequín y Pierrot, las había despertado á todas y ordenádolas celebrar las Carnestolendas. Esto, después de bromear un rato, de piropearlas y de hacer picarescas alusiones á la linda marquesita, chanzas que aplaudían Pierrot y Arlequín soltando grandes risotadas y agitando endemoniadamente los cascabeles.
{{indent|5}}Debajo de esta Gruta brama el río de Orandi, surgiendo misterioso en un torrente. Se perdió allí arriba, en el sumidero sagrativo de un valle, perforó el Auseva y le viene a rendir su tributo a la Virgen. Brota clamoroso, como una oración mucho tiempo contenida; dice todas las cosas inefables y extrañas que ha callado a través de las peñas.
{{indent|5}}Todas hablaban á la vez. La rosa bachillera charlaba hasta por las espinas; la camelia ensartaba discurso tras discurso; el jazmín se reía á caquinos; el nardo hacía enrojecer á sus compañeras con sus bromas de color subido; la traviesa peonia se arrastraba cautelosamente y pellizcaba los tallos á las flores vecinas; el muy mentecato del narciso hablaba distraídamente, porque toda su atención la ponía en acicalarse con las gotas de rocío; las buenas tardes querían seguir durmiendo, pero los tunantes claveles, apenas las veían dormitando, las daban insolentes besos en los pétalos; el heliotropo hablaba al oído de una margarita no sé qué cosas, que la turbaban y hacían reir; la azucena recitaba oraciones matinales (¡á la muy tonta se le había metido entre hoja y hoja ser monja!); la violeta era la única que no hablaba ni se movía: soñaba en las frases de amor que, en voz baja, la venía murmurando, desde hacía tiempo, un apuesto galán de noche... ¡Pobrecilla! ¡Ya no resistiría más y pronto cedería!...
{{indent|5}}Esta voz rugiente y fervorosa, traspasada de espumas y sollozos, se extiende por el monte de Pelayo con un acento que no se acaba nunca: es la plegaria eterna del paisaje el himno fuerte y bravío de Covadonga, cantando siempre en estas cumbres el romancero de los siglos españoles a los pies de la "Santina", a los pies, hoy, de una bandera.
{{indent|5}}— ¡Qué batahola!
— Celebremos el carnaval con un fastuoso baile,— propuso la coquetuela de la rosa.
<div align="right">'''[[La virgen de las batallas|continuar leyendo...]]'''</div>
abía gran alboroto entre las flores del jardín de la marquesita Elodia.
Durante la noche había venido S. M. el rey Momo, acompañado de sus consejeros Arlequín y Pierrot, las había despertado á todas y ordenádolas celebrar las Carnestolendas. Esto, después de bromear un rato, de piropearlas y de hacer picarescas alusiones á la linda marquesita, chanzas que aplaudían Pierrot y Arlequín soltando grandes risotadas y agitando endemoniadamente los cascabeles.
Todas hablaban á la vez. La rosa bachillera charlaba hasta por las espinas; la camelia ensartaba discurso tras discurso; el jazmín se reía á caquinos; el nardo hacía enrojecer á sus compañeras con sus bromas de color subido; la traviesa peonia se arrastraba cautelosamente y pellizcaba los tallos á las flores vecinas; el muy mentecato del narciso hablaba distraídamente, porque toda su atención la ponía en acicalarse con las gotas de rocío; las buenas tardes querían seguir durmiendo, pero los tunantes claveles, apenas las veían dormitando, las daban insolentes besos en los pétalos; el heliotropo hablaba al oído de una margarita no sé qué cosas, que la turbaban y hacían reir; la azucena recitaba oraciones matinales (¡á la muy tonta se le había metido entre hoja y hoja ser monja!); la violeta era la única que no hablaba ni se movía: soñaba en las frases de amor que, en voz baja, la venía murmurando, desde hacía tiempo, un apuesto galán de noche... ¡Pobrecilla! ¡Ya no resistiría más y pronto cedería!...
— ¡Qué batahola!
— Celebremos el carnaval con un fastuoso baile,— propuso la coquetuela de la rosa.