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Floreal
| Floreal escrito por Clemente Palma |
| Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹) |
Había gran alboroto entre las flores del jardín de la marquesita Elodia.
Durante la noche había venido S. M. el rey Momo, acompañado de sus consejeros Arlequín y Pierrot, las había despertado á todas y ordenádolas celebrar las Carnestolendas. Esto, después de bromear un rato, de piropearlas y de hacer picarescas alusiones á la linda marquesita, chanzas que aplaudían Pierrot y Arlequín soltando grandes risotadas y agitando endemoniadamente los cascabeles.
Todas hablaban á la vez. La rosa bachillera charlaba hasta por las espinas; la camelia ensartaba discurso tras discurso; el jazmín se reía á caquinos; el nardo hacía enrojecer á sus compañeras con sus bromas de color subido; la traviesa peonia se arrastraba cautelosamente y pellizcaba los tallos á las flores vecinas; el muy mentecato del narciso hablaba distraídamente, porque toda su atención la ponía en acicalarse con las gotas de rocío; las buenas tardes querían seguir durmiendo, pero los tunantes claveles, apenas las veían dormitando, las daban insolentes besos en los pétalos; el heliotropo hablaba al oído de una margarita no sé qué cosas, que la turbaban y hacían reir; la azucena recitaba oraciones matinales (¡á la muy tonta se le había metido entre hoja y hoja ser monja!); la violeta era la única que no hablaba ni se movía: soñaba en las frases de amor que, en voz baja, la venía murmurando, desde hacía tiempo, un apuesto galán de noche... ¡Pobrecilla! ¡Ya no resistiría más y pronto cedería!...
— ¡Qué batahola!
— Celebremos el carnaval con un fastuoso baile,— propuso la coquetuela de la rosa.
— ¡Bravo! ¡Bravo! — gritaron las flores.
— ¡Mejor sería una bacanal! — apuntó maliciosamente el nardo.
— ¡Grosero! ¡Insolente! ¡Satírico! — apostrofó irritada una dalia marisabidilla.
— Sátiro, habréis querido decir, mi furiosa amiga, — corrigió con sorna el nardo.
— ¿Y qué es eso de bacanal? — preguntó una clemátide inocentona.
— Es... lo que no puede decirse, — contestó riéndose la rosa.
— Señoras y caballeros, propongo un simbólico baile de disfraces, — dijo un lirio que la daba de poeta decadente, — disfracémonos, por ejemplo, de gente honrada.
— Perfectamente, señor mío, pero sepamos antes cómo es ese disfraz.
— No había caído en el inconveniente... Entonces de pícaros.
— ¡No sea usted lila! Ese no es disfraz.
— Pues yo declaro que prefiero á todo eso pasar unas cuantas horas en el teatro prendida al smoking de un gallardo y aristocrático joven.
— Yo, — dijo tímidamente la azucena, — quisiera estar en el altar de la Virgen, iluminada por la luz de los cirios y envuelta por tibias y fragantes nubes de incienso.
— ¿Si, eh? — dijo el incorregible nardo. — Yo no aspiro á delicias tan celestiales: me conformo con estar en un bouquet rodeado de mis amiguitas las rosas, bien apretado con ellas...
— ¡Libidinoso! ¡Concupiscente! ¡Pillo! — interrumpieron éstas, pinchando al pícaro nardo con las espinas.
— ¡Ay, tiranas!... ¡Ay! ¡ay!... ¡Que os beso!... ¡Ay!...
— ¡Callaos, bachilleras del demonio! — exclamó un viejo cuervo desde un abeto próximo.
— No me habéis dejado meditar en toda la noche con vuestra insulsa charla. Ya os quisiera ver á todas dentro de la panza de un buey. ¡Vaya con las charlatanas y con la disparidad de opiniones! ¡Malhaya las Carnestolendas!
— Usted dispense, señor cuervo, que le hayamos turbado sus meditaciones; no le habíamos visto... Tenga usted en cuenta que la alegría es patrimonio de la juventud y no de ancianos y sabios como usted.
— ¡Ea! En suma, ¿lo que vosotros queréis es diversión? ¿No es verdad? — preguntó el cuervo con maligna sonrisa.
— Sí, señor.
— ¿Y queréis mucho á la marquesita, esa damisela tan frívola, tan charlatana y tan loca como vosotras mala pécora?
— ¡Oh! sí, señor; ella es buena; con frecuencia nos riega, nos cuida y nos acaricia con sus lindos y delicadas manos.
— Perfectamente, pues ella os va á dar hoy diversión, — dijo el cuervo con cachaza, y remontó el vuelo.
Las flores se pusieron contentísimas. Ya maliciaban de qué se trataba. Ese feo cuervo aludiría probablemente á la fiesta que la marquesita daba todos los años en Carnestolendas.
...Efectivamente, pocas horas después el jardinero, vestido de negro, arrancó todas las flores para adornar el ataúd de la marquesita, que había muerto esa noche, mientras S. M. el rey Momo, borracho como una cuba, decía chuscadas, que aplaudían sus consejeros Pierrot y Arlequín, soltando grandes risotadas y agitando endemoniadamente los cascabeles!...
Lima, Mayo de 1900.
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