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¡Patroncito enfermo!

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¡Patroncito enfermo!
escrito por Javier de Viana
Ortografía original. ~ Publicado en Montevideo, en el « Almanaque ilustrado del Uruguay (1912) » ~(¹)



‎— ¡Una taba cargada no tiene más suerte que este animal de Polídoro!

‎— Y más haragán que un gato mimoso. Llenar la panza y echarse á dormir, es lo único que hace, porque hasta pa hablar tiene pereza ese cristiano.

‎— No es verdad ¿dónde dejas su mancarrón? Pa cuidar su matungo no le pesa el mondongo ...

‎— Cíerto. Pero ¿pa qué lo cuida?... Ni dentra en ninguna penca, ni lo empriesta pa que otros dentren, ni lo luce en nada: sólo lo monta pa dar una güeltíta por el campo, al tranco, cuando ha bajao el sol» ¡Indio sinvergüenza! ...

‎— ¡Así está, hínchao como una chinche!




‎Esta conversación se repetía todos los días, diez veces al día, entre los peones de la estancia Grande. Todos odiaban y envidiaban á Polídoro; y, sin embargo, nadie, ni el mismo patrón, se atrevían á increparlo por su holgazanería. Polídoro era sagrado. Polídoro no sufría los fríos de las madrugadas de « recogidas», ni las fatigas de las hierras, ni el tormento de las tropeadas. A montear no iba nunca; á alambrar, tampoco; en la esquila comía pasteles, tomaba mate y jugaba al güeso. En cuanto á trabajo ... ni comedirse á alcanzar una manea.

‎¿Que quién era Polídoro?... Un gaucho aindiado, petíso, retacón, casi lampiño. No era peón de la estancia, pero vivía allí, allí comía, allí dormía y allí le daban todo el dinero que necesitaba para sus vicios. ¿Quién se lo daba?... « Patroncíto », el tirano.

‎Polídoro era el amigo, el primado de Patroncíto. Toda su vida se consagraba á cuidar su bayo, su bayo amarillo como sí fuese de oro puro, y á complacer al pequeño déspota. Polídoro hacía facones de palo, caballitos de cartón y muñecos de guampa pa Patroncíto. Y éste, cada vez que se amasaba, elegía el mejor pan y la torta más linda para su amigo.

‎En las «paradas de rodeo», Polídoro no podía trabajar, pues que llevaba por delante á Patroncíto; en el esquileo no podía trabajar porque, mientras tomaba mate, tenía á Patroncíto sentado en una de sus piernas, exigiéndole cuentos, tironeándole la melena, golpeándole sin cesar con sus patitas inquietas. A veces pegaba ex profeso en el mate, para que el gaucho se quemase los dedos y se hiciera el furioso: entonces reía y palmoteaba hasta enfermarse. De pronto saltaba de las rodillas, penetraba brincando en la « cancha, pedía una «lata» á ttn esquilador, otra á otro, y á otro, y regresaba con un puñado de pasteles y bizcochos que repartía alegremente con su favorito.

‎Polídoro salía al campo todos los días y en ninguno regresaba sin una nidada de perdiz ó de terutero, ó algún pichón vistoso, un patito ímplume, un principio de nutría, un « charabón ridículo ó un airoso cervatillo. Dádiva por dádiva, se entendían siempre. Polídoro, que no soportaba nada á nadie, le soportaba todo al mocoso. Polídoro adoraba la siesta. Tirarse sobre unos cojinillos, á la sombra de la enramada, en las caliginosas tardes estivales, panza arriba, la boca abierta desafiando al "mosquerío" ... ¡lindo al igual de un jarro de apoyo de vaca con ternero grande!... Polídoro y Patroncíto se acostaban juntos á dormir la siesta y el pequeño saltaba, cosquilleaba, tironeaba los cabellos del hombretón, le metía los dedos en los ojos, le soplaba en los oídos, le escarbaba en las narices con una pajíta, y reía, reía hasta que su cabecíta rubia caía rendida, mezclándose los pelos cerdudos del gaucho, los pelos dorados del chico y las lanas sedosas del cojinillo.




‎Una mañana, Patroncíto amaneció muy enfermo. Boca arriba en su lecho, ardiendo en fiebre, muy tristes los ojitos azules, entreabierta la boca en respiración anhelante, sufría, sufría el pobrecíto. A un lado de la ucama estaba el padre; del otro lado, el perro Talevar, sus mejores amigos. Por la pieza, varías personas afligidas. El padre dijo mirando al capataz:

‎— Hay que ir á buscar un médico al pueblo.

‎— ¡Yo! — respondió simplemente Polídoro. Patroncíto, con una mirada llena de cariño, le tendió su manecíta pálida y ardiente.

‎— Ensilla mí malacara parejero, indicó el patrón.

‎— Mí bayo, —respondió con sequedad el gaucho. En cinco minutos el bayo estuvo ensillado. Polídoro le palmeó el cogote dícíéndole:

‎— ¡Patroncíto enfermo! ... —y la bestia enarcó el cuello y sacudió la melena de oro como contestando:

‎— ¡Comprendido!

‎Cinco minutos después, ya no se veían de las casas, el caballo y su jinete. Quince leguas se estiraban de la estancia al pueblo ; treinta leguas á galopar en el día, en un día abrasador de verano, en un flete « sin rebajar ». — ¡No importa! ¡Patroncíto enfermo! —decía el gaucho; y el bayo, como sí comprendiese, clavaba la uña, se estiraba, volaba, sudando por todos los poros y resoplando fuerte. « Pa las ocasiones son los amigos: ayúdame aura, bayíto; agradéceme aura el maíz y Falfalfa que the dao: ¡Patroncíto enfermo!. —decía Polídoro dialogando con su pingo. ¡No hay cuídao! —parecía contestar en sus testereos el bayo, el perezoso bayo que jamás salía del tranco y que ahora, gacha la cabeza, « escarceando abajo », se iba, se iba en frenético galope. La espuela y el rebenque no tenían nada que hacer ...



‎En tanto, en la estancia, la gente desesperaba ante la rápida marcha del mal. La difteria trataba de estrangular al pequeño enfermo antes de que su amigo llegara con el remedio salvador. El padre consultaba frecuentemente el reloj: —«A esta hora— murmuraba —estará por «el Sauce». —Más tarde: —«Ahora irá pasando, «los Talas . —Luego: —«Ya irá llegando al pueblo! » ...

‎El enfermíto seguía muy mal, muy mal. Todos rodeaban su camíta y el padre exclamaba lagrimeando:

‎— ¡No llegará á tiempo Polídoro! ... ¡Ahora estará saliendo del pueblo! ...

‎Sintióse en eso un. tropel afuera. Un chico corrió gritando:

‎— « ¡Polídoro! ... ¡Patrón, ahí viene Polídoro! »

‎Todos salieron al patío y apenas tuvieron tiempo de ver en una nube de polvo un grupo épico. Sofrenado junto á la puerta, el bayo se desplomó muerto. Polídoro, radioso, sublime de amor y de triunfo, tendió los remedios que llevaba en la diestra, dio dos ó tres pasos tambaleantes y cayó, juntando su cabeza negra, su faz amoratada, con la dorada cabeza sin vida de su caballo.

‎— ¡Patroncito enfermo! — murmuró como sí soñara.

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