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Confidencias
| Confidencias escrito por Vicente Nicolau Roig |
| Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹) |
— Mira, cuanto más lo pienso,
más en mi opinión me afirmo.
No puede darse, Julián,
peor cosa que el prurito
que tienen algunos padres,
y algunas madres lo mismo,
de ser demasiao severos,
desigentes y maliznos,
cuando sus hijas pretenden
á algún hombre por marido.
— Manolo, tú no eres padre
ni madre, y es muy redículo
que discutas esas cosas
sin entender un comino.
Di, ¿no es natural que un hombre,
honrao, si se quiere, y dizno,
trate, cuando llegue el caso,
de acortar á su hija el hilo
hasta saber si el tal novio
tiene pudor ú es un pillo?
— ¡Pero si yo, propiamente,
no es eso lo que critico!
¡Claro que las precauciones
nunca están de más! Yo digo
que no debe nunca un padre
prudente tirar del hilo
demasiao, que muchas veces...
— Sí, se rompe...
— Tú lo has dicho.
— Si la mujer es honrá,
no puede haber tal peligro.
— ¿Que no? Pa que te convenzas
de que aun estás en el Limbo,
voy á relatarte un caso
reciente, en el cual yo mismo
fui el protagonista. Oye.
— Habla, que soy todo oídos,
— Tuve, Julián, una novia
hará dos meses y pico...
— Entonces poco después
que salistes de presidio.
— A donde fuí por tu culpa.
— Eso...
— No te enfades, hijo,
no he dicho ná.
— Vamos, sigue.
— Pues tuve una novia, digo,
aun más guapa que la Venus,
la madre de ese chiquillo
que Amor, por apodo, llaman,
el cual me hirió con tal tino
con una de sus saetas,
que estaba ya decidido
á casarme cevilmente,
¡ya ves tú si es sacrificio!
No era insensible la Paca
á mi amor, y aunque al principio
se mostraba un poco esquiva,
como toas, mi buen tipo
y mi labia hicieron mella,
á los dos días de sitio,
en su mente soñadora
y su corazón fué mío.
— ¿No la hiciste algún osequio?
— ¡Miá qué otro! ¡Pero muchismos!
La compré mil chucherías,
la hice regalos maníficos,
y, en fin, me gasté con ella,
por dar gusto á sus caprichos,
too el dinero que ella misma
me daba de su bolsillo.
— ¿Cómo?
— ¿Y qué quiés tú que hiciera?
¿hubiera sido más dizno
oponerme á sus deseos,
que también eran los míos?
Tal conduzta no era propia
de un hombre de mis principios,
ni de tí, que con la Patro
has hecho siempre lo mismo.
— Eso es verdaz.
— ¡Pues entonces!
— Perdona si te he ofendido.
— Al ver toas mis finezas,
Paca me amó con delirio,
pero el bruto de su padre
(y dispensa el azjetivo)
al saber nuestros amores
se puso hecho un basilisco
y la soltó á mi futura
soplamocos de lo lindo,
que yo sentí mucho más
que los palos que el indino
me propinó cierta noche
que me halló desprevenido.
Desde entonces traté, en vano,
de hablar con ella, mas visto
que era del too irrealizable
mi pretensión, me hice amigo
de un joven que iba á su casa
y me pareció buen chico,
el cual, para complacerme,
escribió una carta al ídolo
de mi amor, la que firmé
con una cruz, como sizno
de que pa mí era un calvario
la vida sin su cariño.
Pues, cartas van cartas vienen,
sucedió que al mes justito
la severidaz paterna
se vió burlada y del nido
la tortolilla inocente
se escapó...
— ¿Con quién? ¿contigo?
— No, se fué con aquel joven...
— Lo cual que tú eres un primo.
— No, señor, porque la ingrata
debió escaparse conmigo,
pero puedo asegurarte
que no me importa un comino,
que la que así se conduce
con su amante más rendido
ni es mujer, ni tié vergüenza,
ni pundonor...
— Para, chico.
— Y, vamos, que no merece
honrarse con mi apellido.
Buenos Aires, 1900.
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