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Cosas de hormigas

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Cosas de hormigas
escrito por Víctor Pérez Petit
Publicado en la « Revista Pegaso » de Julio de 1921. ~ Ortografía original. ~ (1)



‎Don Hilario, hombre de pocas palabras, bonachón y reflexivo, se acercó al vejete amigo del patrón que había llegado hacía pocos días de la capital. Sin parar mientes en el dictado de sabio que todos le daban en, la casa (pues desde que le preguntara, sin obtener respuesta, cómo se curaba la "paletilla caída", dudaba mucho de la ciencia del forastero), don Hilario se sentía atraído hacia aquel viejecito silencioso, lento, bastante cegatón, pero sencillo y campechano como eí mejor criollo. Admiraba en él la paciencia con que observaba los bichos del campo, y, sin darse cuenta, por supuesto, de la labor del entomólogo, presentía que, a pesar de su aparente trivialidad, tenía aquella porfiada y silenciosa observación, algo de grande y respetable.

‎— ¿Qué está haciendo, don Pablo?, — interrogó, colocándose a la vera del viejo, quien, a la sazón, en cuclillas, observaba el ajetreo endiablado de unas hormigas. — ¿Anda viendo cómo se podría acabar con esa plagad?

‎— No, don Hilario; yo no destruyo insectos: todos los bichos tienen derecho a la vida, y por algo han venido al mundo.

‎— ¿Ah, sí? ¿Usted cree que esa porquería sirve para algo? ¿No podría decirme para qué sirven las moscas, que tanto molestan en verano y que nos llenan de gusanera a los animales?

‎— Sí, señor; le puedo decir para qué sirven las moscas: para comerse millones de gérmenes y microbios que andan flotando en el aire, tan invisibles y pequeñitos que no nos damos cuenta de su vecindad, pero que se nos meten en el cuerpo con el airé que respiramos y nos proporcionan siempre alguna enfermedad. ¿Usted ha visto a las moscas frotarse las alas y las patitas? Bueno; es que se limpian el cuerpo de esos microbios, los amontonan en pelotilla y se los comen.

‎— ¡Ajajajá! Los microbios nos enferman a nosotros, que somos más fuertes que las moscas, y ahora resulta que las moscas se tragan los microbios y no les pasa nada?

‎— Así es. Cada ser en el mundo está constituido de un modo diferente, y lo que es veneno para el uno resulta alimento para el otro. ¿Usted come "bichos peludos", esos gusanos que cuando le rozan la mano le producen la sensación de una quemadura? ¿No, verdad? Pues los sapos se los comen, y les gusta mucho.

‎— ¡Uf, los sapos!

‎— Los sapos son nuestros grandes amigos; nuestros mejores jardineros. No nos cobran sueldo y nos limpian las quintas de los insectos que destruyen nuestras siembras.

‎— ¡Y cómo sabe usted todo eso, don Pablo?

‎— Estudiando la vida y costumbre de los animalitos. Ahora estoy estudiando la de las hormigas.

‎— ¡Caraina! ¿Con que esta laya de bichos tienen costumbres? Pues han de ser muy malas las otras que tengan, porque la única que yo les conozco es la de destrozar los plantíos.

‎— Tienen que comer. Otros bichos se las comen a ellas. Los pájaros se comen esos otros bichos. Nosotros, los hombres, nos comemos todo lo que vuela, camina, se arrastra o nada en el agua; nos comemos los vegetales y a veces nos comemos los unos a los otros. El hombre es el único ser de la creación que no puede reprochar a ningún animalito el que devore si tiene hambre. El hombre come de todo, y hasta come sin necesidad, por el gusto de comer. El tigre mata y come acosado por el hambre.

‎— Vea, vea.

‎Don Hilario se había quedado sumido en un mar de reflexiones, Don Pablo, con una lente en la diestra, observaba nuevamente a las hormigas. Combatían éstas entre sí, divididas en dos bandos. Un ejército de hormigas rojas, pequeñitas, había asaltado a un pueblo de ecodomas. Los minúsculos combatientes se abrazaban, se mordían, luchaban, se perseguían con una furia cruel, volvían a trenzarse, ejecutaban algunos movimientos nimios, y, al separarse uno de ellos, quedaba el otro tendido en el suelo. Mirando con atención, como lo hacía don Pablo con la ayuda de su lente, se descubrían en el campo de la lucha fragmentos de miembros, trocitos y briznas insignificantes. Al fin, las ecodomas, vencidas por las fórmicas sanguíneas, huyeron desaladamente, con movimientos curvilíneos, en zigs-zags alocados, perseguidas aún por sus implacables adversarios.

‎— Vaya, han terminado, — murmuró el vejete, alzándose.

‎— ¿De qué? — interrogó don Hilario.

‎— De pelear. Ha sido un combate en toda regla, de un encarnizamiento feroz. Esas hormigas rojas son muy fuertes y audaces. Son ladronas. Asaltan a las hormigas de las otras especies para llevarse laá larvas y crisálidas y poder contar así en el futuro con un ejército de esclavas que trabajan para sus conquistadores. Yo creo que Plutarco no frecuentó muy de cerca el trato de las hormigas, o no conoció esta especie, cuando llegó a decir que la vida de tales animalitos es el espejo de todas las virtudes: de la amistad, de la sociabilidad, del valor, de la perseverancia, de la continencia y de la justicia. Darwin las conoció mejor. Ahí está: este combate sin cuartel, que ha dejado un tendal de víctimas, no tenía otro fin que la conquista de ese estercolero.

‎Don Hilario se había puesto serio y observaba con cierta desconfianza a su interlocutor. Pero don Pablo, pasándole la lente para que observara el campo de batalla, prosiguió:

‎— Es esta una clase de hormigas feroces. No son muy numerosas y podrían vivir espléndidamente: tierra y alimentos no les faltan, como usted calculará. Pero son así; obedecen a su instinto. Vea usted si hay ¡aquí leguas y leguas de campo, donde unos bichos tan pequeños podrían vivir como príncipes; y, sin embargo, ahí los tiene usted, matándose y destrozándose por una mota de tierra. Ahora han concluido de reñir y los vencedores se reparten el botín. Observe el apresuramiento con que desbalijan a sus enemigos muertos; cómo arrean sus prisioneros y esclavos.

‎— Y también se llevan pedacitos de hojas, de paja, hilachas, ¡qué sé yo!, — argüyó sorprendido don Hilario, pegado el ojo al cristal milagroso.

‎— Es su tesoro. Todo lo recogen: materias putrefactas, átomos malolientes, cien otras cosas aún igualmente despreciables. Mire bien y verá cómo prefieren esas briznas doradas y esas otras partículas centelleantes como cristales. También procuran hilachas de colorinches. Deben estimar en mucho esos residuos de basura, — concluyó el sabio entomólogo.

‎Embriagados, locos, hilarantes, los diminutos seres se apresuraban, corrían, arrastraban cargas diez veces más grandes que su propio cuerpo, tropezaban, caían, tornaban a alzarse, y sofocados, muriendo bajo su carga o sus heridas, volvfan a correr hasta entrarse en agujerillos obscuros.

‎— Lo raro, — dijo en esto don Hilario, que se había quedado un instante pensativo, — es que no nos temen a nosotros, que los estamos mirando.

‎— Es que no nos ven, — replicó don Pablo.

‎Don Hilario se quedó boquiabierto.

‎— ¿No nos ven? — dijo al -fin. — Pues somos bastante creciditos.

‎— Por eso mismo. Cada ser en la Naturaleza tiene un campo de visión de acuerdo a su organismo. Se mira y se ve hasta cierto límite, pero no más allá. Usted ve ese árbol que tiene ahí al lado y puede detallar sus ramas y sus hojas. También ve el nido que hay allí arriba, y el "espinero" que anda revoloteando a su alrededor. Pero no ve todo este inmenso campo del mismo modo, con igual precisión de detalles. Allá abajo se descubre aquel ombú: usted ve su masa, pero ya no puede detallar sus hojas ni descubrir los pájaros que entre sus ramas revolotean. Ahora, vea aquellos cerros más allá lejos, en la línea del horizonte: son unas nubes azuladas, nada más. Tienen rocas, tierra, árboles, pájaros y nidos; mas, nada de eso podemos ver desde aquí. La extensión de este "pago" es muy grande, y esos cerros están muy lejos de nosotros. Más allá de esos cerros continúa el mundo, y, sin embargo, nada de él vemos ya. Es como si no existiera para nos- otros; pero existe, aunque no lo veamos. Lo mismo acontece con esos astros del espacio, que brillan sobre nuestras cabezas durante la noche. Vemos todos los que están próximos a nosotros; pero, ¿cuántos y cuántos otros existirán que no vemos porque brillan en las soledades del infinito a distancias inconmensurables? Bueno; pues he ahí esas hormigas: sus ojillos diminutos verán una reducida porción de nuestros pies, porque es lo que tienen más próximo; mas no pueden ver nuestro cuerpo total, porque es demasiado gigante para ellos, ni podran descubrir nuestros rostros, porque les queda demasiado lejos. Por consiguiente, nosotros no existimos para las hormigas.

‎Don Pablo hizo una pausa. Luego, como si hablara consigo mismo, prosiguió en voz más bajar y sorda:

‎— ¿Sabemos, acaso, si en esos mundos que ruedan allá arriba, en el espacio infinito, no existen seres más grandes y perfectos que nosotros, que nos están observando?

‎Don Hilario se enderezó, miró alrededor un instante, fué a decir algo y enmudeció de súbito. Como don Pablo se encaminara hacia las casas, el buen criollo se le acopló, ajustando su paso al de él. Iba mudo, reconcentrado, atenaceado por una idea fija. De pronto, se detuvo y formuló secamente:

‎— ¿Sabe lo que se me ocurre, don Pablo?

‎— Diga usted lo que se le ocurre, — contestó bonachonamente el buen vejete.

‎— Pues, que nosotros, los hombres, somos unas hormigas.

‎Don Pablo sonrió y volvió a emprender la marcha hacia las casas, sin replicar palabra.

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