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Cura de sol
| Cuentos escrito por Concha Espina |
| Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹) |

or los desmontes del paseo de Rosales, bajando del urbanizado andén circular a buscar los pinos hacia el monumento de los Héroes, una jovencita me adelantó. Era rubia, delgada, lucía al aire el cabello, y por el tipo elegante se la hubiera podido suponer vecina de una casa de los alrededores, y aficionada a salir al campo sin sombrero y sin compañía. Siguió delante de mí una arbolada ruta abierta al filo de la carretera proyectada, y se sentó en un banco de cara al sol.
Cuando yo pasé junto a ella había desdoblado un libro, y, de tal modo hundía la frente sobre él que no pude distinguir las facciones de la lectora, muy confundidas, además, por el acoso de los cabellos, rizados y en desorden.
Yo también me senté, y también abrí un libro; pero un poco de curiosidad por la niña solitaria y extravagante, me distrajo de la lectura.
Dos caballeros se adelantaron, charlatanes, por la senda, y al sentirlos llegar, la muchacha se fué volviendo lentamente de espaldas al camino. Mas apenas se alejaron aquellos dos únicos paseantes del momento, la niña rubia tornó a su postura anterior. Y como yo la celase con disimulo por entre la sombrilla y el libro, aparentando leer, ella, después de mirarme, engañada sin duda por mi actitud indiferente, levantó su cara descubierta hacia el sol.
Quedé entonces sobrecogida de lástima y de asombro: tenía aquella infeliz todo el semblante devorado por una terrible enfermedad de la piel, la misma, de seguro, que ahora pretende remediar con la eficacia de los rayos solares, la medicina moderna.
Ávida y triste, recelosa, acechando los senderos, la pobre niña quería bañar su daño en el puro refrigerio de la luz. Con tal angustia se alzaban llenos de llanto los ojos de la enferma en su cara doliente, que yo sentí cuajarse de lágrimas los míos, y de preces mi corazón.
Un sentimiento irresistible me llevó a consolar la desventura de aquella joven. Di algunos pasos hacia ella con el arrebato de la inspiración: sentía yo brotar de mi alma un discurso vehemente, henchido de frases dulces y confortadoras, aprendidas no sé dónde, soñadas quizá.
Pero la enferma, al sorprender mi repentino arranque, sin tiempo para volverme la espalda, se cubrió el rostro con las manos en obstinada esquivez.
Y yo seguí el camino, turbada por el peso de mi compasión, transida por la piedad inútil que me hubiera llevado a prevenir esperanzas en el pecho de la niña rubia. Desbordada interiormente, mi elocuencia cordial iba cayendo en mi propio espíritu con este desconcertado son:
— Alma triste, con tu fe bañándola en el Sol de eternos resplandores; abre en tu pensamiento dolorido la "fuente de agua viva que da saltos hasta la vida eterna"; no te avergüences de sufrir; mira que este sol se va a poner y aquél otro que yo te digo puede hacerte incorruptible, puede sanarte con salud imperecedera, de modo que "ni fuego, ni viento, ni tiempo" te harán daño jamás...
Así ardía silenciosa mi lástima, en tanto que un banco de nubes se ensanchaba en el cielo, y la niña rubia, sola y avarienta, alzaba otra vez con infinita inquietud su rostro gimiente hacia los fugaces rayos del sol...
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