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El buen mundo

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


El buen mundo


ay en Madrid un hombre triste y viejo, muy padecido, que vende el mundo por la calle con un tembloroso pregón:

— ¡El buen mundo!... ¿quién le compra?

Es un gran baúl forrado de lata, con sendas cerraduras, que vence las costillas del pobre mercader y le hace vacilar. Es un mundo que no se vende nunca, porque todos los días, a todas horas, el hombre triste y viejo, -lanza a los aires su angustioso pregón, sometido al tráfico brutal.

‎Y los que le miramos ir y venir por medio del arroyo, juraríamos que pregona siempre el mismo armatoste, y llegamos a sospechar que debe ser muy malo, ya que nadie le compra; por más que la doliente voz repite una y otra vez:

‎— ¡El buen mundo!...

‎En trenes lujosos con una prisa desaforada, circula a nuestro lado la triunfante sociedad, la "dorada" juventud. Su gesto de infinito desdén parece decir que el mundo es una cosa despreciable. Y sin duda le atropellan por malo, mientras la cansada vejez se rinde al paso de un bárbaro trajín por las orillas del camino, entre el barro y el polvo, y asegura, con dolorosa voz, que el mundo es bueno...




‎Atraídos por una irresistible piedad, nos acercamos al hombre del baúl, y le decimos:

‎— ¿Pero, no vende usted nunca?

‎Su rostro, congestionado por la fatiga, cansado y turbio, sonríe con orgullo pueril. Posa el viejo su carga, resuella antes de hablar, se yergue y murmura:

‎— Sí vendo, señorita; este cofre no es el de ayer..., el mundo es bueno.

‎Parece que remacha su afirmación con algún oscuro propósito. Le observamos llenos de interés y sólo podemos descubrir que tiene húmedos los ojos y la sonrisa apacible; que está temblando de frío; que alaba su mercancía con un acento roto y sumiso, y sigue, luego, su calvario, por el borde de la ruta, para que no le aplaste la prisa de la triunfadora sociedad, de la gente feliz que desde sus coches fastuosos mira con desprecio al mundo...




‎Ya nunca, por mucho que la vida nos maltrate, osaremos decir que el mundo es malo.

‎Ya siempre, antes de proferir una queja importuna, nos acordaremos de este hombrecillo de la calle doblado y anheloso bajo la cruel mercancía; este hombrecillo admirable que, sonriendo entre lágrimas y arrugas, hace vibrar su apagado grito en el tumulto hirviente de la villa, afirmando con trágica resignación que el mundo es bueno...


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