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El caballero de la muerte

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Vilanos
El caballero de la muerte
escrito por Jacinto Benavente
Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹)


EL caballero de la muerte


‎ La ciudad toda, coronada de sol y de flores y flámulas prendida, se alboroza con alma de niño, alma de multitud regocijada, porque el cielo resplandece y las calles están de fiesta; las músicas marciales riman el paso de la gente atropada y todos parecen soldados de un ejército triunfador.


‎ Devotos del amor y la hermosura, llegan los peregrinos caballeros, jóvenes y gloriosos. Son doce. Los doce pretenden el amor de la princesa hermosa; la fortuna, no el mérito, puede distinguir a uno solo entre ellos. Son doce jóvenes y gloriosos. La princesa los ve pasar desde la terraza de palacio y exclama con terror:


‎ — ¡Son trece!


‎ — Son doce, señora mía — replica con dulzura su nodriza —. Hoy no pueden envidiarse unos a otros; mañana uno solo será envidiado de todos.


‎ — ¡Son trece, trece! Tú no ves, nadie ve al que llega detrás de todos, al caballero de las armas pavonadas, en un caballo negro, gualdrapado de negro, con negro airón por cimera del casco... ¡Son trece..., trece!


‎ Y la princesa mira con espanto adonde nadie mira, adonde aunque todos miraran nada verían. Al caballero de las armas pavonadas, al desposado fiel de la princesa, sólo visible para ella desde el día en que un beso de muerte transfundió por todo su ser, desde la frente, serena con la quietud de un pensamiento fijo, a las plantas graves, de pasos mesurados, conocedores de un camino predestinado, poder sobrenatural que anima en ella a pesar suyo. Todo impulso de amor en su alma es golpe mortal para el objeto amado; si la princesa dice: «¡Hermosas flores!», las flores se agostan a su paso; si escucha con amor el canto de los pájaros, los pájaros caen a sus pies como heridos por cazador certero; un príncipe amado, radiante de vida juvenil, murió en el tiempo que ella exclamaba «Sí», trémula entre sus brazos... Y desde aquel día la princesa redujo su corazón al cielo y sólo escucha la voz que nadie oye, y sólo mira al que no ve nadie.


‎ — Morirá cuanto ames — juró el caballero—; pero tú, amada mía, nunca morirás...


‎ Y la princesa entristece su alma con pensamientos de odio; quisiera vivir entre criminales, en parajes desolados, donde todo inspirara horror. Y para no amar nunca, sólo escucha al que nadie oye, sólo mira al que no ve nadie, a su fiel enamorado, al caballero de la Muerte, sólo visible para ella, su inmortal desposada.


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