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El cantor de la miseria

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Vilanos
El cantor de la miseria
escrito por Jacinto Benavente
Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹)


EL CANTOR DE LA MISERIA


‎ En la traza, uno de tantos juglares callejeros, truhanes, desvergonzados, era el poeta avasallador de la multitud; de la multitud miserable, sufridora de todos los dolores, sin sentido del propio sufrimiento.


‎ Desde el amanecer, errante por la ciudad, atravesaba las calles principales, donde la nobleza, el poderío, el tráfico, mostrábanse insolentes, sin pararse a cantar una vez sola; pero al pasar lento, contemplador melancólico del expansivo bullicio, recogía en el alma indignación y tristeza.


‎ En las calles apartadas del centro, de tenebrosas viviendas amontonadas, respiraderos pestilentes de sus moradores miserables, cantaba el juglar rodeado de pobre gente, ignorante, haraposa, hambrienta; cantaba con ira santa el poeta unas veces, otras abatido, desconsolado; Cristo humano sin divinidad de Redentor; otras veces estrofas sin sentido, pero resplandecientes de armonía, letanías de amor que penetraban el alma como un aroma de todos los amores, y en cuantos le escuchaban, rodeándole apretados, devoradores de las palabras, los rostros cerrados con dura expresión de triste ignorancia, se esclarecían como iluminados de súbito por interior aurora, y para siempre, ungidos por la divina poesía, quedaban grabadas en su frente las santas palabras... justicia, piedad, esperanza.


‎ Jamás cantó de otros amores el poeta «Cantor de la Miseria», como le llamaban todos. Dama Miseria era su dama, y nunca tuvo más fiel amador.


‎ La hija del Rey era muy aficionada de la poesía, y aunque cien poetas cortesanos halagaban de continuo su vanidad de hermosa y de princesa, deseaba escuchar al poeta callejero de libre espíritu, al que satirizaba las costumbres cortesanas, al que amenazaba con ruinas y muertes a los poderosos, al que no se humillaba a la hermosura, ni al poder, ni a la riqueza, al enamorado «Cantor de la Miseria».


‎ Le oyó por fin y lloró al oirlo, y estaba tan hermosa llorando tristemente tristezas que nunca había sentido, que el poeta «Cantor de la Miseria» por vez primera cantó la hermosura de una mujer. Afirmaba la princesa que poeta alguno le había emocionado tan dulcemente, y afirmaba el poeta que nadie como la hermosa princesa había comprendido sus canciones.


‎ — ¡Mal hice en escuchar a tanto poeta cortesano! ¿Qué podían decirme sino mentiras lisonjeras? Desde hoy tú serás mi poeta preferido.


‎ — ¡Mal hice en cantar mis canciones a los miserables! ¿No es mejor conmover piadosamente a los poderosos, que despertar amenazadores a los humildes? Desde hoy sólo cantaré para vos.


‎ Y de este modo quedó el poeta al servicio de la hija del Rey. Con sus colores y bordadas las armas al pecho, sobre el corazón, le veían cabalgar al servicio de la carroza regia; los miserables habían perdido a su poeta para siempre, y desde entonces, si algún nuevo juglar venía a decirles : «Oidme, yo soy otro Cantor de la Miseria», pasaban de largo, desconfiados, tristes, incrédulos...


‎ ¡Bah! «Cantor de la Miseria», hasta que las princesas quieran oirte.


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