This is an archive copy of wikilivres.ca as of 18 February 2017 (from the WikiTeam dump). The original site is closed.

El collar maldito

Free texts and images.
Jump to navigation Jump to search

El collar maldito
escrito por Arturo Scarone
Ortografía original. ~ Publicado en Montevideo, en el « Almanaque ilustrado del Uruguay (1912) » ~(¹)



(CUENTO)


‎El reloj colocado en la lujosa sala dejó oír tres campanadas, anunciando que habían transcurrido iguales horas del nuevo día. Al oírlas, Amanda despertó del estado semí morboso en que se encontraba, y otra vez la pena que la había dejado libre por breves instantes, la dominó por completo. Desde las diez de la noche, desde hacía cinco largas horas, aguardaba con impaciencia la llegada de su esposo, de aquel ser que en otro tiempo le había hecho vislumbrar un paraíso de dichas eternas y que al poco tiempo de unir á ella sus destinos la hacía sufrir, con su conducta inexplicable, penas infinitas. Durante los seis primeros meses de su matrimonio, su vida se había deslizado en medio de un ambiente de felicidad, con sus días claros y sus crepúsculos azules. Su esposo se mostraba amante, apasionado, complaciente hasta en sus caprichos más raros. Vivía tan sólo para ella. Durante ese lapso de tiempo había gozado dichas superiores á las soñadas y, mecida por los halagos de esa vida placentera, nunca imaginó que un día pudiera finalizar y, menos aún, que en su esposo pudiera operarse una transformación tan completa como la que tanto daño le hacía en esos momentos. Ella imaginaba cuanto puede concebir la mente de una mujer enamorada que con toda fe se entrega á su ídolo, en esa amalgama incomprensible de pasión y de inocencia, para responder á la dicha que le proporcionaba el ser, de experiencia sana y energías morales que un día abandonó familia y amigos, para unir su alma á la de ella, para hacer de dos seres incompletos uno grande, feliz, ávido de caricias y de amores... Aquellos meses se deslizaron rápidamente, de manera fugaz, vertiginosa, como pasan todas las cosas buenas de la existencia. Después... después aquel cielo se fué cubriendo de negros nubarrones y la paz había desaparecido de su alma disipando todos sus sueños de ventura. De cariñoso que era su esposo, se había convertido en indiferente, pero sin llegar nunca á ser grosero; su pasión ardiente de otro tiempo parecía ahora cubierta por el hielo; su hogar, su esposa, habían dejado de ser su santuario, su único anhelo, su visión constante de otrora. Pero en medio de todo esto, la pena que la mataba, que la aniquilaba por completo, era la de ignorar el porqué de esa transformación. Ella había sido siempre la misma: no había tenido nunca otro ideal que su esposo; fiel como Artemisa, hubiera preferido morir antes que mancillar, aunque fuese tan sólo con el pensamiento, su nombre querido. Y en estas investigaciones pasaba las horas, mientras su llegada se retardaba más y más.

‎El nuevo día seguía avanzando y aún lo esperaba ansiosa, como lo aguardó aquella noche que por vez primera tuvo que separarse, para regresar instantes después más enamorado que cuando la había dejado. En el reloj volvieron á vibrar cinco campanadas acompasadas, perezosas... Por la ventana se deslizaban las primeras y tenues claridades de la aurora, esparciendo, al reflejarse en los tapices de la sala, un tinte de variados colores en el rostro de Amanda, hermosa como un sueño de amor, aun más que la purpúrea rosa de Idumea; en el cielo las estrellas, con su raudo titilar, semejaban asustadas luciérnagas; de la torre de la Catedral emergieron los tañidos de las campanas, entonando el Ave María — tañidos que á ella parecieron toques funerarios — y, como sí ésa fuera una señal convenida, en todas las iglesias y capillas se oyó un repiqueteo de alegría, de Resurrección, que duró unos minutos; en el firmamento, nubes de armiño se amontonaban en pequeños copos, semejando una bandada de aves volando sobre un mar cerúleo; de lo lejos llegaban los marciales acordes de las dianas, y todo advertía que la ciudad volvía de nuevo á la vida después del paréntesis impuesto por la noche. El conjunto de esas notas de animación movía á soñar, inundando el aire de célica armonía, convidando á vivir feliz, á gozar en toda su plenitud de aquella aurora de primavera con su tren de esmeraldas y fragancias. Sin embargo, todo eso servía para hacer más profunda la pena que la embargaba en su orfandad de amores, mientras afuera la tierra, se agitaba en su luna de miel: la estación de los amores....

‎De pronto, como presa de un ataque de histerismo, se llevó las manos al cuello. Sintió que un nudo la ahogaba. Con el alma transida lloró lágrimas de hiél. Sus manos tropezaron entonces con el collar de perlas, regalo de su esposo en aquellos hermosos tiempos de los cuales en el espacio intangible de su alma tan sólo quedaba el recuerdo. Al rozar sus dedos aquellas joyas, un relámpago pareció brillar en su mente, como sí una idea salvadora hubiera acudido á su cerebro fatigado por el dolor.

‎— Sí, eres tú, — exclamó de pronto; — eres mi desgracia...

‎Y al decir esto, de un golpe se arrancó la joya.

‎Durante largo rato la estuvo contemplando con miedo, con horror... Recordó lo feliz que había sido hasta el día en que su marido se lo había regalado, y que á contar de ahí, la dicha se había trocado en tristezas, el bienestar en un continuo martirio, que todo el pasado se había esfumado rápidamente, como se esfuman todos los momentos gratos de la vida. Entreabrió el balcón y una ráfaga fresca le acarició su rostro febriciente. Miró una vez más aquella joya que consideraba maléfica, y con actitud resuelta la arrojó á la calle.

‎Consumada su obra, después del postrer momento de vacilación sostuvo su blonda cabeza entre sus manos, inmutable de belleza, donde el cabello era palio, bajo el cual dos ojos magníficos lloraban lágrimas de acíbar.

‎Cuando después de aquel día se sentó á la mesa junto á su esposo, nada le dijo por su ausencia de la noche anterior. Despacio, muy despacio, se acercó á él, y como lo había hecho otras veces, buscó con sus labios los suyos y los untó en un beso ardiente, de esos que á veces valen toda una vida, mientras que de sus ojos se desprendían dos gruesas lágrimas, hijas de la misma alegría que siente todo ser humano cuando vuelve á ver una persona amada que creía perdida para siempre. El le devolvió de igual modo la prueba de cariño, y á ella le pareció notar en ese beso todo el fuego, toda la vehemencia de aquellos días pasados que tan feliz la habían hecho. Al sentir tan grata impresión, recordó el collar y se regocijó de su acción. Como sí en realidad la prenda arrojada fuese la causa de su desgracia, desde aquella mañana en la que la echó lejos de sí, como á una cosa maléfica, su esposo empezó á reaccionar, fué más cariñoso y atento con su mujer de lo que lo había sido antes.

‎Un día, cuando Amanda se creyó de nuevo dueña del amor de su marido, le dijo:

‎— ¿Te acuerdas de aquel collar de perlas que me habías regalado? El era mi desgracia, nuestra desgracia, puesto que había separado á dos seres que nunca podrán ser felices si no marchan juntos. Mi amor por tí es imperecedero: ha venido del cielo y al cielo volverá. Tú eres para mi como el agua cristalina que corre al pie del árbol añoso: me das vida. Sin tu cariño no quiero la existencia.

‎— Sí, amor mío, nunca me debí separar de tí. Dejé mi nido de amores para acudir á un mercado donde se compra la fiebre y se vende la conciencia, donde se busca el placer y se aniquila la vida... Existía una cosa maldita que me hizo olvidar cuan grande era tu amor por mi. Tu cariño, tu consecuencia, tu proceder de esposa honesta, me regeneraron. Aquellas atracciones malditas han muerto para mi. Tú sola lo eres todo... Vuelvo como el hijo pródigo al nido puro que la ley consagra y la iglesia santifica...

‎Y cerró aquella frase con un beso tierno, largo, muy largo...

‎— El collar... — murmuró luego él — no tiene la culpa... Te compraré otro...

‎— ¡No, no! — exclamó nuevamente Amanda. — El único collar que yo quiero es el que me acabas de ceñir al cuello, el más hermoso, el más deseado, el único que me devuelve la felicidad: el collar que tus brazos forman...

Works by this author are in the public domain in countries where the copyright term is the author's life plus 67 years or less. cs | de | en | eo | es | fr | he | pl | ru | zh
  ▲ top