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El elefante blanco

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Vilanos
El elefante blanco
escrito por Jacinto Benavente
Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹)


EL ELEFANTE BLANCO


‎ Willis Emerson y Benjamín Morrison eran propietarios, empresarios y directores de los dos circos ambulantes de mayor celebridad de los Estados Unidos.


‎ Siempre en competencia (competencia a lo norteamericano, incesante y terrible), apenas llegaba el uno con formidable tren a cualquier ciudad de los Estados para dar una serie de representaciones, podía augurarse que no tardaba mucho en llegar el competidor con aparato no menos formidable.


‎ Los trenes que transportaban la muchedumbre de personas, animales y cosas, correspondientes a cada circo, tenían algo de mitológico o de apocalíptico. Hombres y mujeres de todas las razas conocidas, negros, japoneses, lapones, pieles rojas; animales de todas las faunas, fieras, elefantes, jirafas, caballos, serpientes... Era el Arca de Noé, la Torre de Babel, el caballo de Troya; era..., ¡oh regionalistas!, el cosmopolitismo triunfante.


‎ Una vez instalados, estallaba en colorines de carteles, en músicas estruendosas, en cohetes, en bombas, el reclamo a lo norteamericano, incesante, terrible. Las piedras de la calle y las nubes del cielo, mediante proyeciones eléctricas, anunciaban los nombres de Emerson y de Morrison; los pastores protestantes, entre salmo y salmo, exclamaban: «¡Admiremos a Dios en sus obras! Asistid al circo de Emerson y de Morrison; allí hallaréis a Dios, porque allí hallaréis cuanto Dios crió » Un criminal, a punto de ser ejecutado, gritaba: «¡Muero sin haber visto una representación de Emerson y de Morrison! ¡Es mi remordimiento y mi castigo!» Y pronunciadas estas palabras, una Comisión técnica ensayaba en él cuarenta y dos maneras de ejecutar por la electricidad.


‎ Equilibradas las fuerzas de Emerson y de Morrison, el favor del público y las ganancias se repartían por igual entre los dos circos. Pero llegó un día en que la competencia fué imposible, en que se rompió el equilibrio, y el favor, el dinero y el reclamo fueron de Emerson solo. ¿Qué peso había inclinado la balanza de su lado? ¡Ah! La posesión de un animal casi fantástico, de un animal poetizado por leyendas y tradiciones religiosas.


‎ ¡Un elefante blanco! Estimaréis conmigo que el peso de un elefante blanco bien puede inclinar una balanza.


‎ Las aventuras del elefante blanco, referidas por mil reporters, con tan perfecto acuerdo que parecían mil aventuras de mil elefantes distintos, excitaron el más vivo interés en toda América. Emerson y su elefante blanco eran los personajes del día. Hubo necesidad de dar dos representaciones diarias en el circo. Además, con billetes especiales a doble precio, se podía visitar al elefante en sus habitaciones particulares (un salón oriental, comedor y cuarto de baño), asistir a sus comidas y hasta beber con él una botellita de champagne, al que era muy aficionado.


‎ Era un frenesí. Los dandíes dieron en llevar pantalones a lo elefante; colmillos de marfil eran los dijes y alfileres de corbatas a la moda; los archimillonarios alquilaban el elefante para garden-parties y cortejos nupciales. Un club de señoras dió una fiesta oriental en su honor, y el elefante blanco pasó tres días secuestrado en el club (incidente que dió ocasión a comentarios en los demás clubs femeninos, y a reclamaciones de la Sociedad Protectora de Animales).


‎ Morrison, desesperado, próximo a la ruina, gastaba los últimos millones de dólares en negociar por la vía diplomática una reclamación al Gobierno de Siam por perjuicios causados a un súbdito americano, consintiendo el tráfico de animales sagrados.


‎ Todo inútil. El Gobierno siamés contestó en términos muy enérgicos, y el Gobierno norteamericano, poco acostumbrado a tales contestaciones, se dió por satisfecho después de consultar con el Gobierno japonés si podía contar con su apoyo en caso de una conflagración indochina.


‎ Morrison decidió jugar el todo por el todo: organizar una expedición militar mercantil costeada por acciones, y encaminarse al mismo reino de Siam, decidido a traerse a cualquier precio el elefante sagrado. Rasgo de tanta energía levantó en su favor el espíritu público. Con la sola garantía de su circo, valuado en 1.000.000.000.000 de dólares, cubrió el empréstito de 1.000.000, y recibiendo en esto una prueba de la confianza de sus conciudadanos.


‎ La despedida de Morrison el día de su embarque fué imponente; 2.000 personas murieron aplastadas en las calles, extranjeros en su mayoría. Emerson, preocupado por el porvenir, pensaba en la conveniencia de retirarse de los negocios y de presentar su candidatura para presidente en las primeras elecciones, aprovechando la popularidad de su elefante blanco.


‎ A los pocos días, un suceso inesperado cambió como por encanto el curso de sus ideas. Una noche, terminada la representación, presentáronse en su despacho de director dos extraños personajes, que al pronto le parecieron figurantes de la gran pantomima siamesa, que por aquellos días representaba con objeto de exhibir al elefante en ambiente adecuado.


‎ Eran dos grandes sacerdotes siameses... ¿El objeto de su visita? No era otro que tratar de la compra del elefante blanco. Emerson dió un suspiro luminoso... ¿Comprar el elefante blanco? Luego en Siam no había elefante blanco. Morrison corría derecho a su ruina. ¡Ah! El triunfo era mayor de lo que hubiera podido pensar. Sería presidente y seguiría siendo empresario. ¡Emerson for ever!


‎ Los sacerdotes expusieron el caso.


‎ En Siam había elefante, pero provisional; es decir, barnizado, gracias a un hábil procedimiento. Pero aquella farsa no podía subsistir, era indigna del sacerdocio, podría descubrirse más tarde o más temprano, y entonces..., ¿quién podría convencer a las gentes de la blancura auténtica de ningún elefante pasado ni venidero? Adiós las creencias, freno de las pasiones; adiós las pompas sagradas; adiós bayaderas, sacerdotes y sacerdotisas...


‎ Emerson no tenía más que pedir cuanto quisiera. Los tesoros del templo eran inagotables. Un elefante blanco no tiene precio.


‎ El negocio era tentador. Emerson pidió una noche para reflexionar.


‎ Al día siguiente, el público arrebataba los periódicos en que se daba noticia de la venta del elefante. La indignación popular era extraordinaria. ¡Vender el elefante blancol ¡Un elefante que era gala y orgullo del pueblo norteamericano! Los ingleses habían protestado de la venta de Jumbo, y ellos no podían ser menos.


‎ Emerson tuvo que encerrarse en la jaula de los leones para escapar al linchamiento.


‎ Protegidos por la fuerza pública, pudieron por fin embarcar los sacerdotes siameses en compañía del precitado elefante blanco. El comercio cerró los escaparates; 3.000 personas perecieron aplastadas en el muelle de embarque. Nadie sabe lo que hubiera ocurrido si aquel mismo día, 6.000 hojas extraordinarias no hubieran publicado un telegrama anunciando el regreso de Morrison con el elefante sagrado de Siam, el elefante auténtico, blanco como la nieve, adquirido en tres millones de dólares, y asegurado en cinco por cuarenta Sociedades de seguros inglesas y americanas.


‎ Emerson estaba ebrio de gozo y de whisky alternativamente. Su enemigo, su rival, volvía con el elefante pintado, un elefante que a una palabra suya quedaría desacreditado, y él mientras había vendido un elefante... tan pintado como el de Siam... Un elefante que se desteñiría antes de llegar al templo... Pero no, por una satisfacción ridícula de amor propio no era cosa de descubrir la verdad. Hay intereses sagrados que están sobre todo; los sacerdotes siameses tenían razón... Si las gentes descubrían que los elefantes blancos eran pintados, ¿qué empresario podría convencer al público de la blancura auténtica de los elefantes blancos pasados y venideros?


‎ Lo mejor era entenderse con Morrison y pedirle la mano de su quinta hija para su cuarto hijo, unir los dos circos en uno y arruinar a los demás empresarios de América.


‎ Emerson no era hombre que dejara de cumplir programa alguno. A los cuatro días se unían cuatro manos: dos de esposos y dos de empresarios.


‎ El circo Emerson-Morrison daba función de gala aquella noche. Cinco mil personas murieron aplastadas a la entrada. Como número de sensación, los recién casados y el pastor que había bendecido su enlace entrarían en la jaula de los leones.


‎ El novio, vestido de frac, y la novia, con riquísimo traje de boda, penetraron del brazo serenos y sonrientes. El pastor leyó unos versículos de la Biblia, los referentes a Daniel en la cueva de los leones. Cuando el entusiasmo del público era mayor, una de las fieras se abalanzó a los novios, y de un manotón desgarró el prendido de azahar de la desposada. Los norteamericanos tuvieron risa para todo el año, y el célebre humorista Mark Twain cobró cinco mil dólares por un artículo refiriendo el incidente.


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