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El esqueleto
| El esqueleto escrito por Ricardo Sánchez |
| Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹) |
Apeles Mestres.
Es media noche y en mi aposento,
mientras afuera se queja el viento
que arrecia y torna voz de ciclón,
yo estoy sujeto, sin saber cómo,
á lucha interna, que es el asomo
de febriciente preocupación.
Cierro los ojos y distanciado
de las miserias que tengo al lado
busco el silencio del más allá;
esas tristezas tan infinitas
que perdurables nos dejó escritas
el ser querido que ya no está.
Entonces pienso con hondo frío
en un cadáver que es todo mío,
y es ya despojos, polvo no más;
y doblo triste mi helada frente
porque no tengo, como el creyente,
la fe que brinda consuelo y paz.
Pienso en mi dicha, que murió joven
cuando mas duele que á uno le roben
lo que es tesoro del corazón.
Las ilusiones desaparecen
como esas plantas, que si florecen,
tan sólo viven una estación.
Pero la duda, siempre arraigada,
el alma enferma deja postrada,
estremeciendo con su poder;
¡oh! ¡qué envidiable, cómodo y santo
es ser creyente, secar el llanto,
y echar un mármol sobre el ayer!
Esto decía, tétrico y solo,
con el espíritu en pleno polo
y en el cerebro noche glacial;
escandinavas temperaturas
en horas tristes, largas y obscuras
de la intangible zona moral.
Muy luego el sueño de mí hizo presa
y en una silla, junto á la mesa,
de un modo extraño me adormecí,
pues con asombro, rígido, yerto,
ví mi cadáver. Del cuerpo muerto
sólo el cerebro latir sentí.
En ese estado de somnolencia
sólo tenía pobre conciencia
de lo más cerca del exterior;
á la distancia nada veía,
porque en la sombra todo yacía,
en sombra negra como un dolor.
De pronto algunas exhalaciones,
cual mariposas de otras regiones,
volando en torno de mí noté;
quizá recuerdo de ignotas zonas,
eran las almas de las personas
que en este mundo nunca olvidé.
— ¡Ah! pensé entonces. Aunque uno muera
nunca está solo, si hay quien le quiera
en este valle ó en el de allá.
— « Cierto, — me dijo con voz doliente,
tras breve pausa, alguien, enfrente, —
por eso mismo me encuentro acá. »
Volví los ojos, sin tener miedo...
En otro instante, tal vez me quedo
paralizado por el terror.
Pero yo estaba, según he dicho,
muerto en mi cuarto, como en un nicho
(no hay que asombrarse de mi valor).
Un esqueleto blanco, muy blanco,
de airoso porte, de paso franco,
á donde estaba se aproximó,
iluminando con luz extraña,
pero muy suave, luz que no daña,
todo el trayecto que recorrió.
— «Muy bien venido, toma aquí asiento,-
cortés le dije, — que en mi aposento
huésped tan raro nunca esperé...
Habla de nuevo... Dime quién eres...
¿Acaso alguna de las mujeres
que en mis locuras tal vez amé?»
— « Permite, vate, que lo celebre, —
dijo el fantasma. — Que huyó la fiebre
bien lo revela tu buen humor-,
y ya que en vena te hallas de chanza,
oye al espectro de la esperanza
que viene á darte moral calor.
¿Dudas acaso de mi remedio
porque hace mucho te abruma el tedio
y tu horizonte contemplas gris?
A tí desciende mi alta clemencia,
piensa que hay dichas en la existencia
y que muy pronto serás feliz.
Ese cadáver que te simula
no es la materia que Dios anula
cuando nos llama cerca de sí;
es el cadáver de tu entusiasmo
que hay que sacarle de su marasmo;
por eso, amigo, me ves aquí.»
Con las palabras del esqueleto
sentí dulcísimo placer secreto,
una corriente de bienestar,
como si hubieran mi cuerpo helado
con rico bálsamo inoculado
para ayudarlo á resucitar.
— « ¡Oh! No te vayas, —repuse ansioso,-
lo que conversas es tan hermoso,
que de tu boca pretendo oir
las maravillas de otras esferas
en donde moran almas viajeras
que hasta la tierra suelen venir.»
— « De mi regreso llegó la hora;
adiós, hermano; cualquier demora
tal vez me fuese perjudicial.
No me calumnies con tu reproche;
yo soy engendro de la alta noche
y amaneciendo me encuentro mal.»
Abrí los ojos... De mi canario
sentí los trinos del canto diario
que al tono suben del sí bemol;
y por los claros de mi ventana
en hilos de oro de la mañana,
sin miramientos, entraba el sol.
Montevideo, Junio de 1900.
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