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El paraíso prometido
| Vilanos El paraíso prometido escrito por Jacinto Benavente |
| Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹) |
EL PARAISO PROMETIDO
(Páginas del Evangelio socialista.)
I Juntos, muy juntos, aferrados los cuerpos en abrazo estrechísimo, más que nunca, carne los dos de una misma carne, vida los dos de una misma vida, pero vueltos los rostros avergonzados para no hablarse ni con la mirada, permanecieron Adán y Eva a la puerta del Paraíso, fijos ante ella, consternados, absortos, hundidos en el abismo de su conciencia, sosegada hasta entonces, risueña y plácida como la Naturaleza toda en el Edén perdido; tempestuosa y espantable ahora como los mares embravecidos y los eriales desoladores que fuera del Paraíso les rodeaban por todas partes y se extendían hasta lo infinito sin una senda llana, sin una sombra refrigeradora, sin un abrigo seguro de las fieras y de los elementos. La flamígera espada del ángel trazaba inmensa línea de fuego cerrándoles el paso, y tras de ella, hermoso, florido, encantado, el Paraíso para siempre perdido, para siempre, por decreto inexorable de Dios.
Y el hombre y la mujer fijos allí, con el estupor de la tremenda ruina, sin una queja, sin un lamento; sin advertir siquiera los peligros innumerables, amenazadores, de su vida, desde el fatal instante en que habían sido arrojados del Paraíso.
¡Solos por vez primera y contra ellos la justicia divina y la Naturaleza despiadada, ejecutora suya inexorable!
¿Qué resistencia, qué ánimo fuerte en condición tan miserable?
Así, ni un solo pensamiento de su futura existencia posible les alentó para nueva vida; sólo en morir pensaban. Pero en morir allí, ante las puertas del Paraíso, sin perderle de vista ni un solo instante; morir gozándole todavía con miradas ansiosas... Detrás, a su espalda, bien lo oían, el vendaval desencadenaba oleaje de mares, aullidos de fieras.
¿Para qué volverse a mirar, si cada paso había de llevarlos a un rudo dolor y a la muerte por término? Tanto mejor esperarla allí, mitigado el horror de morir por la vista consoladora.
Por vez primera, desfallecidos de necesidad, rendidos de cansancio, dejáronse caer por tierra, abrazados, y todavía se incorporaban anhelosos por contemplar aún su Paraíso.
Por vez primera, el ángel de los consuelos descendió a su lado; suavísimo resplandor esclareció tierra y cielo a su presencia.
— Levantad — les dijo —. ¿Por qué permanecéis aquí? Habéis perdido el Paraíso para siempre. Dentro de poco ni contemplarlo os será permitido. Ved, una muralla de fuego os impide el paso; la tierra, con sacudida espantosa, levantará montañas de granito que os le ocultarán para siempre. Lejos, lejos de aquí. No os atormentéis con el recuerdo de lo que fué; la vida os espera. Volved los ojos a vuestra espalda; allí tenéis un nuevo Paraíso que lograr, tan hermoso como el primero.
Confortados por las palabras del ángel, dulcemente imperativas, levantáronse del suelo Adán y Eva, y, ansiosos, volvieron la vista a sus espaldas. ¿Un nuevo Paraíso? ¿Dónde?... Y sus ojos buscaban en vano por la tierra árida.
— Sí, allí — proseguía el ángel —, allí, en esos eriales, en esas rocas duras, en esos abrojos; y en ti — dijo al hombre — llevas el poder que ha de hacerle surgir. No pienses más en el Paraíso perdido; piensa en el que has de lograr en esa tierra fecundada por tu trabajo.
Desapareció el ángel, y Adán, recobrados valor y aliento, sin volver los ojos al Paraíso perdido:
— Sígueme — dijo a Eva, y echó adelante, apartando malezas a su paso, quebrando ásperas ramas, ensangrentando sus pies y sus manos y con rastro de sangre trazando el camino de la Humanidad hacia el nuevo Paraíso prometido.
Pasaron generaciones, y por el trabajo de todas un pedazo de tierra mostrábase como nuevo Paraíso. Pero formidable muralla le separaba del resto, árido y desolado todavía. Dentro de su recinto sus poderosos y ufanos conquistadores gozaban de tanto esplendor, con todas las apariencias de la felicidad. Fuera, los miserables desheredados clamaban por franquear la entrada, invocando el nombre de hermanos, hijos todos de aquel mismo padre a quien el ángel ofreciera el nuevo Paraíso, logrado a fuerza del trabajo de cien generaciones.
Y los de dentro no les escuchaban, o les respondían desabridos, negándoles el nombre de hermanos.
— No, nada hay de común entre nosotros — les decían —; somos los fuertes, fuimos más hábiles. Nosotros fuimos los trabajadores; vosotros, incapaces para otra cosa, fuisteis instrumentos de nuestro trabajo; estáis sometidos a nosotros como las bestias de labor, como las máquinas auxiliadoras de nuestro esfuerzo. El Paraíso terrenal no es para vosotros, no lo será nunca si hay justicia en la tierra.
Y los de fuera gemían y blasfemaban con dolor y con ira, porque si la tierra tenía su Paraíso, ellos le habían regado con su sangre, la misma sangre con que Adán regó el primer surco trazado en ella... Y entonces bajó Dios mismo hecho hombre, y habló así a los que gemían y blasfemaban al pie del muro:
— ¿Por ventura pensáis que los de adentro están en el Paraíso? En verdad os digo que no es ese el Paraíso que yo prometí. Vedlos que van juntos a sus festines y placeres; pero no como hermanos, para festejarse con verdadero amor, sino como lobos hambrientos en manadas para defenderse unos a otros mientras hacen presa, y después ellos mismos se la disputan y se destrozan entre ellos. En verdad os digo que de la tierra no surgirá el Paraíso prometido hasta que esas murallas no se desmoronen y los de fuera y los de dentro no os abracéis como hermanos, y el amor universal reine sobre la tierra. No intentéis asaltar con violencia su Paraíso ilusorio. No vayáis a ellos; ellos vendrán a vosotros, desengañados de poseerle, ni de llegar a él mientras no vayan con vosotros, unidos todos como hermanos.
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