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El pecado venial

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Vilanos
El pecado venial
escrito por Jacinto Benavente
Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹)


EL PECADO VENIAL


‎ Ningún santo cenobita más atormentado que Satanás con diabólicas tentaciones, ninguno más fuerte en combatirlas.


‎ Para todos los sentidos y potencias brindó halagos irresistibles: riqueza, poderío, amores de la carne y amores del espíritu; era un continuo pasar ante su vista de suntuosos cortejos en que todas las glorias de la tierra triunfaban esplendentes. De Babilonia, de Asiria, de Grecia y de Roma, grandezas, victorias y lujurias; Belkis y Semíramis, Aspasia y Cleopatra y Mesalina y Asuero y Salomón y los Césares monstruosos, y después eran Atila y Alarico vengadores, y después los Pontífices, soberanos de las almas, y después los Médicis, señores del Arte...


‎ Era todo el poder de la tierra divinizado en fuerza de excelsitud; eran todos los pecados, amables como virtudes en fuerza de ser embellecidos.


‎ El santo cenobita imploró una tregua de su infernal enemigo; era enloquecer, era morir la continua lucha contra la tentación. Satanás tuvo una crueldad piadosa: «Pactemos. No volveré a combatir tu espíritu con tentaciones si consientes en un solo pecado, uno solo; toda tu vida después para llorarle arrepentido; si tu fe en la misericordia de Dios es tan grande, no desconfiarás de ser perdonado por toda una vida de penitencia, libre de tentaciones.» Creyó el santo que era una nueva tentación el pacto y, antes que dudar de la misericordia de Dios, aceptó complacido.


‎ — Un solo pecado. ¿Cuál ha de ser?


‎ — Quiero ser generoso. Puedes elegir cualquiera de los tres que voy a proponerle: un homicidio, el pecado de lujuria o el de la embriaguez. Escoge.


‎ El santo pudo creer que Satanás se había vuelto tonto.


‎ — Yo te prometo embriagarme.


‎ — Pecado venial; ya ves a qué poca costa puedes verte libre para siempre de mis asechanzas.


‎ Y Satanás se alejó para siempre del santo solitario.


‎ Dispuesto a cumplir su palabra encaminóse al punto el cenobita hacia el poblado más cercano, seguro de haber conseguido la tranquilidad de su espíritu y la salvación eterna a cambio del venial pecadillo.


‎ A la entrada de un lugarejo halló un molino, y a la sazón molinero y molinera, en descanso, merendaban al aire libre, a la sombra de un emparrado, en un huertecillo lindante con el molino. Cambiáronse saludos y bendiciones, y no sin uu poco de cortedad y turbación atrevióse el santo a pedir un trago de vino; pusiéronle un jarro bien colmado delante, y por salir más pronto del mal paso, en menos que se dice se lo embuchó muy lindamente, no sin espanto del buen matrimonio, que al ver tan cumplidas despachaderas no pudo menos de sonreír malicioso.


‎ — ¿Es verdad que se deja beber, hermano? Si le pide el cuerpo otro disciplinazo, no lo deje por vergüenza de pedirlo, que nos sobra la voluntad para ofrecerlo sin que se pida.


‎ Y con el mismo agrado volviéronle a presentar lleno el jarro, y con el mismo aire volvió a vaciarlo, con gran algazara de molinero y molinera, que esta vez soltaron ya la risa sin miramiento.


‎ Fué primero una caricia cosquilleante por todo el cuerpo; fué después una locuacidad dicharachera; fué después un himno a la vida y a la Naturaleza toda, como el mismo santo seráfico de Asís no lo entonara nunca en su más amorosa exaltación; fué, por último, abalanzarse sobre la molinera como bruto en celo, y fué la indignación de mujer y marido, que a un tiempo y con igual denuedo la emprendieron a golpes contra el santo, y fué apoderarse el santo de un cuchillo que sobre la mesa había y clavarlo con furia loca en el pecho del infeliz molinero, que ni pudo prevenir ni defenderse del inesperado arrebato...


‎ Sólo al ver el cuerpo desplomado, desangrándose por mil heridas, volvió la razón a sobreponerse en el endiablado espíritu del penitente. Comprendió con horror cuánta fué su soberbia al creerse superior en malicia a Satanás, y cómo por haber escogido el menor de los tres pecados había caído en los tres por aquél sólo.


‎ Este es un antiguo canto italiano que Miss Spinsler tradujo al inglés para ser publicado en el Boletín de una Sociedad de templanza, y que ahora se ofrece, traído a nuestra lengua, a los muchos que, no teniendo ya qué reformar en su vida y costumbres, sólo procuran en cualquier ocasión reformar los del resto de la Humanidad. La gloria de Dios sea con ellos, que de la gratitud ni enmienda de los hombres empecatados poco han de lograr en este pícaro mundo, que tantos años lleva de pícaro para que pueda esperarse en él mejoría.


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