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El poema del circo
| Vilanos El poema del circo escrito por Jacinto Benavente |
| Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹) |
EL POEMA DEL CIRCO
Espíritu de Barbey D'Aurevilly, de Villiers de l'Isle Adam, de Poe, de Banville, de cuantos decadentes, satánicos y parnasianos, clowns, acróbatas y dislocados de entendimiento, admirasteis el genio corporal de clowns, acróbatas y écuyères, inspirad el poema del circo. Pirueteen, caigan en saltos mortales las estrofas, jueguen y brillen como esferillas metálicas, cuchillos y antorchas de malabarista, disloqúense en neologismos incongruentes, hagan trampolín del Diccionario, sean colorines, lentejuelas, campanilleen el iris todo, y si de los sentidos pasan al alma, suenen en ella a risas infantiles, porque el circo es la infancia del arte, y en el circo reviven nuestros días infantiles.
De lo alto van cayendo, sin expresión en el ritmo, sin calor de alma artística, como de un instrumento impersonal, de una orquesta mecánica, valses llorosos que mecen el alma de los ojos al corazón, del corazón a los ojos. Música evocadora, música vívida... Recuerdo de amores arrullados por ella, de bailes, de aventuras de otros años, de otros lugares... El vals aprendido en amorosa intimidad, el vals oído en café-concierto parisién, único recuerdo espiritual de un amor de viajero, de esos que sólo dejan un recuerdo dorado: una cabellera de oro, vinos de oro, monedas de oro... Música evocadora, música vívida que mece el alma del corazón a los ojos, de los ojos al corazón.
Por una gran ventana del circo aparece la luna llena, blanca, redonda como un aro de papel de seda, de los que rompen con gracioso salto sonrientes écuyères. ¡Quién pudiera, haciendo trampolín de altísima montaña, rasgar la luna y penetrar de un salto mortal en el secreto de lo infinito! Así decía un artista que ha dado un salto mortal en su cultura literaria desde el catón a D'Annunzio sin tropezar en Cervantes.
Son las víctimas del circo.
— ¡Animalitos!
— ¡Pobres niños!
Así exclaman espíritus sensibles.
De los animalitos nada sabemos. Pero los niños bachilleres a los doce años, ¿no son más dignos de compasión que los niños del circo? Padres que por nada del mundo dislocarían los brazos de sus hijos, les dislocan sin reparo el cerebro, y luego exclaman en el circo: ¡Pobres niños!
Suma de la hermosura, de la gloria y del poder humanos; Elagabal, el hijo del sol y como el sol resplandeciente sobre el mundo; vestido de cielo, astros de oro y pedrería bordados en túnica y manto; desde el palco imperial, entre beldades, efebos y colosos, acariciado y defendido, envuelto en humareda azulada de perfumes, sonríe entre sorbo y sorbo de chipre helado, a verdes y azules, rojos y dorados, guiadores de las cuádrigas; como entre nubes, aéreos, brilladores, entra la polvareda de la arena teñida de oro y minio, renovando las carreras de los héroes homéricos en los funerales de Patroclo.
¡Clowns! ¡Voilà!... Y lo cómico eterno en la mayor y primitiva sencillez aparece. ¡Bofetadas, golpes, engaños..., un pillo y un simple, un burlador y un burlado!... Toda la epopeya de la risa huoiana, desde Aristófanes hasta Courteline. El hombre civilizado ríe de las desdichas ajenas; ríe, y al reír enseña los dientes por atavismo; devora en espíritu a sus semejantes, como el antropófago los devora materialmente.
Y aquí termina el poema del circo. Ni tan bueno que cierre las puertas de la Academia, ni tan malo que pueda ser premiado en unos juegos florales.
Ni el autor ni el poema aspiran a dejar de sí otra memoria que la de cualquier clown, acróbata o funámbulo, fugaz, pero risueño; no la gloria de algún inmortal estadista de quien los funerales sean sangrientos como los de Alejandro.
- ¡Ya murió el caballito de palo...
- y ya le olvidaron así que murió!
Así canta la dulce Ofelia... Y los pobres artistas del circo, juguetes de un día, el frágil mecanismo del cuerpo, alma de toda su arte, no pueden soñar mejor epitafio...
- ¡Ya murió el caballito de palo...
- y ya le olvidaron asi que murió!
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