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El retrato de Catalina Strozzi
| El retrato de Catalina Strozzi escrito por Raúl Montero Bustamante |
| Ortografía original. ~ Publicado en Montevideo, en el « Almanaque ilustrado del Uruguay (1912) » ~ (¹) |
En el Museo de Pinturas de X... hay un retrato, señalado en el catálogo con el número 1013, que se titula «El hechizo. Es una pensativa cabeza de mujer, atribuida á Van Dyck, que sonríe con melancolía á través de la pátina. Dice el catálogo que aquella dama, cuya belleza misteriosa y marchita perturba un poco, es Catalina Strozzi, y que en su tiempo el retrato figuró en la galería del palacio qus Benedetto de Mafano construyó para la poderosa familia florentina.
Como yo manifestara interés hacia aquella pintura desvanecida, cuya imprecisión produce un raro efecto de lejanía, mí cicerone me hizo su historia más ó menos así:
— « Un Van Dyck muy característico. Observe usted la nota un poco sombría qus predomina en el cuadro, el aire que envuelve la cabeza y la manera como están tratados los encajes del cuello. Fíjese usted en el primor de las manos y cómo salen de adentro de las mangas de terciopelo. »
En tanto él hablaba con fastidiosa volubilidad, yo observaba los ojos del retrato encendidos por una mirada lejana y atormentada, y la enigmática expresión con que aquella hermosa mujer sonríe hace siglos dentro del marco florentino desvencijado por el tiempo.
— «El maestro flamenco, — seguía el cicerone, — lo pintó para Catalina Strozzi en Florencia, cuando ya había sentido el prestigio de las suntuosas escuelas italianas. Las últimas pinceladas del retrato se mezclaron con palabras de amor. Ya conoce usted los salvajes celos de aquellos señores florentinos del Renacimiento: Catalina Strozzi fué apuñaleada por su dueño frente al caballete donde descansaba el retrato recién terminado por el pintor. Esas manchas oscuras del fondo son la sangre de la enamorada patricia. Este cuadro ingresó en el museo en forma bastante extraña. Había sido adquirido en Florencia por Capental, un caballero que cierta mañana se presentó aquí y pidió hablar con nuestro conservador. Traía el cuadro consigo, y lo que propuso aquel caballero fué bastante singular; pero á la institución le convino el negocio desde que se trataba de un Van Dyck, como usted ve.
« Aquel caballero, que aquí, entre nosotros, creo que tenía sorbido el seso, pidió que el cuadro fuera conservado en el museo en este mismo sitio que ahora ocupa, con la sola condición de que se le permitiera diariamente visitarlo. Agregó, además, que á su muerte lo legaría al establecimiento.
« Pero debo declararle que el retrato aquél traía desgracia y que el propio Capental había sido víctima del peligroso hechizo. Sin embargo, el extraño contrato fué aceptado y cumplido religiosamente. Capental venía todas las tardes al museo, sentábase frente al Van Dyck y permanecía en muda contemplación frente á esa dama, que al fin y al cabo no creo sea para tanto.
La cosa duró mucho tiempo, y aquel buen señor no olvidó un solo día su visita. Después de todo, era una manía inofensiva. Le aseguro á usted que á veces nos conmovía la ternura con que Capental miraba el retrato; pero, por lo general, habituados como estábamos á verlo en el museo, no nos preocupábamos de observarle. Todos aquí le llamábamos « el hechizado », y el nombre prosperó, pues ahora lo ha heredado el cuadro.
« Le confesaré que la expresión del Van Dyck alguna vez me ha preocupado más de lo conveniente, y que al principio, sobre todo, me era muy difícil permanecer en esta sala sin volver involuntariamente á cada instante los ojos hacía el retrato; pero, aparte de que creo que esas son niñerías ó nerviosidades, la costumbre de verlo á diario me lo ha hecho indiferente. Sin embargo, no me sería grato pasar una noche á solas con él.
Como usted puede observar, la incómoda mirada de esa noble señora es implacable y no hay medio de evitarla. Dondequiera que usted se coloque, el retrato girará hacía usted los ojos, y puedo asegurarle que al cabo de algún tiempo de soportar esa mirada que acecha, usted se sentiría mal. Nuestro conservador, que tenía su pupitre en la sala del fondo del corredor, tuvo que trasladarlo, pues cada vez que se abría la puerta se encontraba con la mirada del retrato fija sobre él.
« Además, y esto se lo digo á usted con algún temor, pues nunca hablamos de ello, desde que el cuadro ingresó en el museo pasaron aquí cosas muy raras. Gaskín, es verdad que Gaskín tenía 62 años, murió repentinamente en esta sala; Burget enfermó de melancolía y todos los compañeros padecimos durante algún tiempo un inexplicable azoramiento.
Aquí todos estuvimos algo hechizados por el retrato. Por otra parte, será coincidencia, pero la mañana que encontramos al Van Dyck caído en el suelo, nos trajeron la noticia de la muerte de Capental, producida esa noche en la fonda. Al levantar el cuadro para volver á colgarlo del muro, creo que á todos nos latía el corazón. Pero desde entonces, y hace ya varios años que pasaron estas historias, nada nos ha sucedido, ni nada tenemos que reprochar á esa tela, que es el orgullo de nuestra galería. »
Calló el cicerone, y yo, que me sentía invadido por un vago malestar, me alejé sin volverme, temeroso, á pesar de mí escepticismo, de experimentar la influencia del peligroso hechizo de Catalina Strozzi.
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