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Impresiones americanas/3

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II Impresiones americanas
escrito por Rafael Conte Mayolino
IV


La mujer americana


‎ En su famoso apóstrofe al pueblo americano dijo Eduardo de Laboulaye: « Eres el pueblo del porvenir: tus hombres son los más valientes; tus mujeres las más bellas de la Creación. »


‎ Y al célebre escritor no lo arrastraron sus compatriotas al regresar á París. (!)


‎ Después de todo, si Laboulaye era sincero al escribir, hizo bien en decir lo que sentía. Son pocos, por desgracia, los que, como él, se atreven á hacer público lo que piensan.


‎ Por mi parte, puedo asegurar que si tal creyese, lo declararía sin vacilar. Pero me parecen un tanto exageradas las opiniones del escritor francés.


‎ La mujer americana es bella, por regla general, y esto se debe, principalmente, al cruzamiento de razas. Yo he visto en Italia y Alemania soberbios ejemplares de belleza femenina; pero en ningún país del mundo he tenido ocasión de admirar tanta diversidad de mujeres hermosas como en los Estados Unidos. Cada país posee un tipo especial de belleza. En los del Norte, salvo contadísimas excepciones, la mujer es rubia, melancólica, sonrosada, tierna. En los meridionales, en cambio, predomina un tipo completamente distinto. Los Estados Unidos es el único país que posee, casi en número igual, todos los tipos de belleza que existen. La mujer rubia, la mujer morena, la de ojos tiernos y la de mirar abrasador, ocupan idéntico espacio en el padrón de la hermosura.


‎ Pero bellas como son las hijas de este suelo, no por eso me atrevería yo á decir que son las más lindas de la tierra. No vacilo, en cambio, en afirmar que la norte-americana es, sin disputa, la mejor educada y la más culta de todas las mujeres. Nótese, sin embargo, que no la califico de la más inteligente. Es sólo la más ilustrada y la que ha recibido mejor educación.


‎ También es artista. Ha comprendido que el cabello constituye el mejor adorno de la mujer y cuida del suyo con esmero. No existe mujer mejor peinada que la norte-americana.


‎ Saludable, robusta, bien formada, por lo común, une su elegancia exquisita á estas dotes naturales, y su aspecto cautiva desde el primer momento.


‎ ¡ Y laboriosa...! En este gran país de gente trabajadora, quien más trabaja es la mujer. Es la abeja-reina de esta inmensa colmena.


‎ Cubanos que habéis visitado los Estados Unidos y tenido ocasión de observar en las calles, en las tiendas, en el teatro á la mujer americana, ¿habéis tenido oportunidad de admirarla en el hogar? Es allí donde brilla con todo su esplendor.




‎ Sucede en este país una cosa muy original y que no ocurre en ninguna otra parte: Que el hombre es, intelectualmente considerado, muy inferior á la mujer.


‎ La americana, que tiene la convicción de que es superior al hombre, no puede (ni debe) someterse á él. Y de ahí esos rasgos dominantes y altaneros que se advierten en ella y que forman la base de su carácter.


‎ No ignora la americana, sin embargo, que si bien intelectualmente es superior al hombre americano, no lo es al hombre de otros países. Y así la vemos arrogante y á veces indiferente y despreciativa con sus paisanos, y en cambio mansa, humilde y cariñosa con el extranjero.




« Si las mujeres mandasen,
en vez de mandar los hombres,
serían balsas de aceite
los pueblos y las naciones.»


‎ Así dice la letra de un popular coro de una popular zarzuela que iba yo á oir algunas veces al popular teatro de Albisu, después de aburrirme de lo lindo en el popular Malecón.


‎ Reza el antiguo refrán, que « donde menos se piensa salta la liebre)). Y dice bien el refrán. Antes de oír ese bonito coro nunca había yo pensado seriamente en los buenos ó malos resultados que podría tener para la humanidad la subida al poder del bello sexo, ni se me había ocurrido siquiera que pudiese llegar un momento en que las mujeres tratasen seriamente de mandar. Pero después que tuve el gusto de oír á los coristas de Albisu estornudar una noche el precitado coro, no ha pasado día en que no haya dedicado cinco minutos por lo menos á preguntarme qué vendría á ser de los pobres habitantes del planeta Tierra, si llegaran á subir las sayas y á caer los pantalones.


‎ En un país como Cuba, naturalmente, nadie jamás se ha preocupado por eso. Allí el sexo bello es también el sexo débil. Pero aquí, ¡¡¡ Dios nos ampare !!!

‎ Aquí no es, como en los demás pueblos, un problema futuro el imperio de la mujer; aquí es reina ya; lo es desde hace mucho tiempo, y su influencia y poderío son cada día mayores.


‎ New York es el paraíso de las mujeres, el purgatorio de los caballos y el infierno de los hombres.




‎ Y ahora, como si no tuviéramos bastante, la ilustre escritora Carmen Silva (que es reina de verdad) se descuelga con un extenso artículo en el que pretende demostrar las inmensas ventajas que reportaría á la humanidad el aniquilamiento moral (¡moral nada más!) del bípedo masculino.


‎ Carmen Silva, al escribir ese artículo, no se sintió literata, sino mujer. Se deja llevar demasiado lejos por su parcialidad, y hace declaraciones que no por ridiculas dejan de ser peligrosas. Porque llevan al seno del hogar el germen de la rebelión.


‎ El aludido escrito viene á ser una especie de proclama incitando á las hijas de Eva á la sedición para obtener la libertad. Y el consejo me parece malo.


‎ ¿Qué mujer que haya leído el artículo de Carmen Silva se someterá en lo futuro a la voluntad del marido? Aquí, en los Estados Unidos, sobre todo, donde ya se consideraban iguales al hombre, se considerarán ahora superiores á él.


‎ Hoy las mujeres yankees montan á caballo como llaneros, manejan admirablemente la espada y frecuentan, armadas de revólvers, las casas de juego y los clubs. Mañana, después que hayan digerido el indigesto artículo de Carinen si va, pretenderán que los hombres duerman al niño y aprendan á bordar.


«Si las mujeres mandasen,
en vez de mandar los hombres.


unos opinan que « serían balsas de aceite los pueblos y las naciones » ; otros, que todo andaría de mal en peor. Yo no quiero dar mi opinión. Razones poderosas tengo para reservármela, entre otras, que si en algo temo incurrir es en el enojo de mis bellas compatriotas.


‎ Pero debo decir con toda franqueza que no me gustaría mucho ver á las mujeres en el poder. Porque eso me haría el mismo efecto que el sol saliendo por el Oeste.


‎ Hoy ví un carruaje automóvil que tiraba de un caballo y aquello me pareció el mundo al revés. Una dama presidiendo una república sería una cosa igual.


‎ New York, Noviembre de 1902.