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Lágrimas del valle
| Cuentos escrito por Concha Espina |
| Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹) |

e llama Querube este pastor.
Pudiera creerse que a tal nombre sublime iba a responder un niño angelical, de rubias melenas y ojos celestiales.
Pues no es así; responde a un hombrón de edad indefinida, caído al otro lado de la juventud, huraño de carácter, feo de cara, con luengos cabellos hirsutos.
No es un pastor manso, de leyenda, que sabe romances y canta villancicos; no es de esos que llevan todos los días la rehala a travesío desde el valle hasta el alcor, y vive un poco en el mundo, y busca, alguna vez con afición, los suaves caminos de la mies. Es un ser adusto y montaraz, que aballa los ganados en el alto puerto y desciende a la vega muy raras veces; tiene los ojos ceñidos en un gesto de présbita, bajo el cual su vista de lince avizora los contornos lueñes de la serranía y descubre los temibles ostugos de las alimañas; tiene un rudo corazón que ama con salvaje tenacidad la grave quietud de las cimas, y es feliz en la silvestre altura, entre la mansedumbre de los rebaños. Allí cuelga su invernal en un bravo repliegue de la tierra virgen, sobre las llecas nunca rotas, y deja correr su vida, muda, en el sagrado silencio de la cumbre.
Si quiere cambiar de panorama, sabe deliciosos lugares donde una cajiga monstruosa o una bárbara peña le ofrecen asilo amistosamente. Y si alguna obligación le empuja al llano, baja molesto y hosco, huye de los vecinos y se incomoda con las gallinas que picotean en el corral de su hermana.
Muchas veces, en broma, le dicen:
— ¿Por qué no te casas, Querube?
Y suele responder con fiero ademán y acento duro:
— ¡Si los críos en caso de hambre se pudieran matar para comerlos!...
Las gentes aseguran que este montañés es un desalmado, un egoísta sin entrañas, capaz sólo de vivir entre reses y brañales.
Tiene cuatro hijos la hermana de Querube, y cuando él baja a la aldea una vez al año, ella procura que los chicos no le molesten; pero ellos, por la extrañeza que les causa el intruso, le buscan y le acosan: el hombre gruñe; los niños ríen.
Hoy el dueño del ganado que custodia el pastor le avisa que baje para llevar algunas vacas a la feria; con mal gesto obedece.
Tienen que yacer los animales en el soto para continuar el camino con la aurora, y a media tarde ya gotean las esquilas del rebaño su fresco rumor en la hondonada.
Tiempo de primavera. Está el aire caliente y oloroso; en el campo nuevo se mecen con dulzura los narcisos jalde, las orquídeas blancas, las miosotis azules y las flores purpúreas de la digital; toda la pradera, extendida hacia el río, es un lujoso tapiz, blando como el sueño, lleno de aromas y coter. En el fondo del ansar cunde la alfaguara recia y bullente, saturando de frescura la selva, recogiendo en su clara voz todos los rumores campesinos, y en lo más apartado del bosque se abre el sel donde sestea el ganado al regosto de la hierba primeriza, esperando la siguiente jornada.
Un grupo de rapaces amontona con mucha diversión el rozo de un helguero en la linde misma de la ribera, y prende lumbre a las árgomas dóciles, prontas a extender su llama audaz por todo el aledaño.
En medio de las risas infantiles surge de repente un grito de terror y la desbandada general de los arrapiezos deja ver a una pobre criatura que, con las ropas encendidas, huye locamente, gira sin rumbo, como un globo de fuego, y cae, por fin, en la tierra, sin dejar de arder.
Los alaridos de la chiquillería llegan al vecindario, infundiendo la alarma entre las madres, y la hermana del pastor recibe un tremendo aviso: la criatura abrasada es su hija, la mayor, una linda chicuela de siete años.
Corre allá despavorida la mujer y encuentra a Querube inclinado con terrible ansiedad sobre la niña, cuyas ropas arden aún.
No se sabe cómo se apareció allí, de hinojos en la tierra llana, nunca amada por él, apagando con esperanza temblorosa los vestidos abrasadores de la inocente. Pero se sabe, con inmensa estupefacción, que en aquel minuto raro de su vida tiene un rezo jamás dicho en los labios y unas lágrimas nuevas en los ojos. Se sabe que sus manazas encallecidas despliegan una milagrosa ternura para librar a la mártir del tormento; se le ve despojarse de la blusa y envolver en ella el cuerpo inerte, levantarle en los brazos y conducirle con infinita solicitud al través de las praderas, hasta la casa.
La niña puede alzar los párpados y sonreir a Querube antes de volar al cielo.
Y quédase el pastor herido de una pena que le hace llorar horas seguidas, sin sentir las quemaduras de las manos, tendiendo por primera vez las alas de la memoria en agitado vuelo por la vega.
Hasta que, movido por súbitas inspiraciones, se yergue, resonante y brusco, acude al sel, donde le aguarda su paciente rebaño, y le envereda de nuevo por las brañas arriba, camino del monte.
Cantan los aljaraces, destilando con honda placidez las gotas de su música en las voces del río, por la margen sativa, donde toda la belleza del campo se convierte en flores. Y Querube solloza detrás de aquel dulce retiñir, anhelante de la cumbreña soledad, desobediente al cautiverio de la llanura, amargado para siempre el corazón por las eternas lágrimas del valle.
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