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La quimera

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


La quimera


reguntó por Casilda a la puerta.

— Pasa, hombre, pasa — le contestaron —, ahí la encontrarás, en el lavadero, tan guapetona come siempre, tan castiza para el trabajo y tan sucumbida al aquel tuyo... Echa por este camino, tira a la derecha, y allí está, lava que te lava...

‎Tuvo el visitante para este discurso afectuoso una leve sonrisa, entre benévola y displicente, franqueó la verja y avanzó por la anchura del parque.

‎Se le quedó mirando el jardinero con mucha sorna.

‎— ¡Atiza con el mozo! ¡Y que no se da poco pisto que digamos!... ¡Caray, qué humor!

‎El buen hombre se puso a liar un pitillo y a rumiar unos cuantos pensamientos al compás de sus vaivenes de cabeza, todos afirmativos, como si asegurase:

‎— Si, señor... Sí, señor...

‎No decía nada, pero se estaba convenciendo de que Tino parecía otro talmente; hasta en los andares, hasta en la caída de los ojos... Y luego, la barba cerrada, el bigote retorcido... ¡y el traje, los zapatos, la gorra... ¡Vaya, que no era el mismo!... Todo ello motivao a que don Cleto, por no saber en qué dar, empeñóse en darle la mano a Tino, y de criado de labranza que era le metió en finuras de camarero; le hizo algo así como "señorito de compañía y amo de llaves", hasta que para más relieve se le llevó a los Madriles, y por allá le tuvo una buena temporada... La cabeza del jardinero seguía afirmando rotundamente:

‎— Sí, señor.. Si, señor...

‎Ya está hecho el pitillo y encendido al amparo de la boina de espalda al viento.

‎Entre chupada y chupada, Casilda la novia de Florentino, se aparece en el soliloquio mental del hortelano que entonces chupa mas fuerte, escupe y acentúa sus cabeceos.

‎Porque era Casilda muy guapísima y muy mula para el trabajo, muy acabada para mujer casadera... Pero, ahora ya "no hacía clase" con Tino; ¡que no eran aparentes para una misma yunta, vamos!.

‎Y la inquieta cabezota del hombre cambiando repentinamente de rumbo, comenzó a decir:

‎— No, señor... No, señor...




‎Así como iba Florentino por la senda central del jardín, con el aire jactancioso y la sonrisa protectora, sintió calladamente el imperioso llamamiento de una mirada, y volvió la suya de aquel lado por donde le venía el aviso.

‎Al pie de una magnolia, con un libro en la mano, vió sentada a una gentilísima criatura que atendía con extrañeza a los movimientos del intruso; los ojos azules de la lectora fueron los que llamaron de aquella manera autoritaria y muda a los ojos endrinos del visitante.

‎Siguió él avanzando, mirándola siempre con intensa fascinacion. Ella se puso de pie como si pensara retirarse. Era casi una niña, el vestido le flotaba muy corto, la melena muy rizosa, la manga muy recogida sobre el brazo desnudo.

‎Como el joven se adelantase hacia la señorita bajo el ciego impulso de una atracción invencible, ella, tomando con prontitud un sendero transversal, ganó la escalinata y entró en el hotel sin volverse a mirar al importuno.

‎Pronto logró el muchacho dominar su turbación; mas al dirigirle al lavadero no iba tranquilo ni diligente.

‎Salió allí Casilda a recibirle con el rostro cubierto de emoción. También llevaba el vestido flotante, la blusa remangada sobre el brazo desnudo; también era casi una niña, rubia y hermosa.

‎Pero el novio la envolvió en una mirada tan implacable, que dejó de sonreír. No pudo, sin embargo, contener el movimiento amoroso de tenderle las manos y la palabra.

‎— ¡Tino!

‎Con su gesto impertinente rechazó el joven aquel saludo:

‎— Me llamo Florentino... ¡Quita, mujer, que estás untada de jabón!

‎Demudóse el semblante lozano de Casilda. Desconocía a su novio. No era él: ni en el porte, ni en la cara, ni en el corazón. Ella supo que venía cambiado, pero no creyó encontrarle desconocido. Muy confusa, quiso añadir algo para disimular su pena.

‎— ¿Has llegado hoy?

‎— Hoy mismo.

‎La seguía mortificando con aquella mirada burlona y despreciativa, y a punto de llorar, habló de nuevo la moza.

‎— ¿No tienes nada que decirme?

‎Vaciló un poco el mozalbete.

‎— Sí... Quería saber quién es "una" que he visto ahí en el jardin, leyendo debajo de un árbol.

‎— ¡Ah! ¿Esto te interesa?... Es la hija mayor de la señora que ha salido ahora del colegio.

‎Hubo una pausa embarazosa, y Casilda, ya sin dominar su indignación, dijo:

‎— ¿No vienes más a preguntarme por la señorita?

‎Se quedó el mozo cabizbajo, suavizó después la expresión adusta, y miró a la muchacha pensativamente. Con dificultad, como quién anda a tientas por un camino ignorado, fué respondiendo:

‎— Yo no sé a lo que he venido, Casilda; pero es el caso que no tengo nada que decirte..., que no puedo decirte nada... Y "aquello" que habíamos tratado es imposible... No lo tomes a mal; perdona... y hasta otra vez.

‎— Adiós — repuso la niña, con los labios descoloridos, ronca de angustia.

‎Y Florentino, volviendo la espalda a la más hermosa realidad de su vida, alejóse para soñar desatinadamente con una quimera...

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