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La toma de la Bastilla
| Vilanos La toma de la Bastilla escrito por Jacinto Benavente |
| Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹) |
LA TOMA DE LA BASTILLA
(Episodio del año 1789.)
Un ejército de operarios invadía todas las mañanas el antiguo palacio, morada durante siglos de los condes de Brabançon, familia esclarecida por famosas proezas en la historia de Francia.
El Conde último, heredero reciente del título, desvivíase por sostener y aun aumentar el esplendor de la casa, y acudió en primer término al reparo más fácil, el de la casa misma. Albañiles, pintores, tallistas, revocaban por dentro y por fuera fachadas, salones, desvanes y hasta los cimientos, resentidos al cabo de tantos años —como diría un cronista adulador— bajo el peso de tanta grandeza.
La hija única del Conde, aristocrática damisela de quince años, con natural travesura de niña y forzosa seriedad, impuesta por rigurosa educación, burlando la vigilancia de ayas y preceptores, divertíase en curiosear el trabajo de los obreros, en hacerles mil preguntas, en oir sus conversaciones, para ella de asuntos nuevos, con frases nunca oídas. Pasaba horas enteras asomada a los balcones, divertida en observar a los que trabajaban en los andamios.
A cada paso temía que alguno se cayera, y la tranquilidad de aquellos hombres en peligro constante la admiraba tanto como la lectura de portentosas hazañas guerreras de sus antepasados. Mujer y todo, quizás se atreviera a guerrear como otra Juana de Arco; pero de pasar por un andamio que no la hablaran. Justamente, al pie del balcón preferido para sus observaciones, a horcajadas sobre un andamio, picaba la piedra ennegrecida de una enorme cariátide un muchacho aturdido, despreocupado, que tan pronto inclinaba más de medio cuerpo hacia la calle para bromear con algún compañero, tan pronto se colgaba de una sola mano a la cornisa del balcón o a las cuerdas del andamio, teniendo en continuo sobresalto a la señorita de Brabançon, que alguua vez no podía menos de gritarle: «¡Cuidado!», atención que él agradecía con una risotada alegre, trinadora, como piada de pajarillo al amanecer en un día de sol.
Era muy lindo el mozuelo; su fisonomía picaresca parecía luminosa; pero iluminada de dentro a fuera por la luz áurea, rosada, de una aurora primaveral del alma.
La damisela y el obrerillo charlaban y reían a sus anchas.
La cariátide blanqueaba muy poco a poco. Las ayas y preceptores de la señorita no consiguieron adelantar en las lecciones por aquellos días. La señorita no hallaba hora a propósito para estudiar.
En la mañana del 14 de julio faltaron muchos trabajadores a la obra del palacio. Por las calles andaba ociosa la gente del pueblo, como en día de fiesta.
En todo París notábase algo extraordinario.
Desde el balcón comentaba la heredera de los Brabançon, en animado diálogo con el obrerillo, puntual aquel día al trabajo, lo que aquello podía significar...
El mozo discurría sabrosamente de todo lo humano y lo divino... El rey... los señores... los impuestos... Un tropel de ideas nuevas trastornaba el reposo intelectual de la noble señorita... ¡Cuántas cosas en que ella no había pensado nunca, de las que nadie le había dicho una palabra!
Por la calle corría la gente. Los tenderos cerraban las puertas de golpe y los escaparates... ¿Qué sucede? De pronto sonó una espantosa descarga de fusilería... La señorita de Brabançon, aterrada, cogió convulsa, instintivamente, la mano del obrero... Su curiosidad se sobreponía al miedo y seguía apoyada en el balcón, mirando a un lado y otro de la calle.
— ¡Buena se prepara! — exclamó el mozuelo, brincando de alegría, ufano por la novedad de los sucesos.
Más cerca sonó otra descarga, contestada por una espantosa detonación que hizo retemblar el vetusto palacio.
La señorita dejó caer el cuerpo desmayado sobre la baranda del balcón, v el obrerillo, desde el andamio sosteniéndola con todas sus fuerzas..., ansioso, triunfante..., la besó apasionado...
El tiroteo continuaba...
El pueblo había tomado por asalto la Bastilla.
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