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La traición
| Cuentos escrito por Concha Espina |
| Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹) |

iempre fueron novios. Desde pequeños habían jugado a casarse, haciendo una parejita muy seria, con la dulce gravedad de un matrimonio bien avenido.
Así llegaron a preparar las bodas del buen amor, recibido como una herencia; una pacífica ventura que les pertenecía igual que la casa y la mies de su patrimonio.
La moza era muy lista, muy aplicada, una hormiguita casera; menuda de cuerpo, ancha de corazón, tenía el rostro, vulgar, lleno de una gracia placentera y suave. El, buen mozo, fuerte y varonil, se distinguía por su aspecto honradote de aldeano.
Necesitaban hacer algunas compras en vísperas del gran acontecimiento, y María fué a la capital con su madre; les acompaño Vicente, muy ufano.
En una de las vueltas que dieron por el bulevar, dijo el novio:
— Ahora que me acuerdo; yo tenía que visitar a mi tío el diputado; me lo encargó mucho mi padre.
— ¿No vive por aquí? — preguntó María.
— Sí; en esa casa de los miradores.
— Pues en el segundo piso hay una joven asomada; ¿será tu prima?
— Tal vez; yo casi no la conozco; cuando he venido últimamente estaba ella en el colegio.
María y su madre hablaron entre sí unas palabras, y luego le propusieron a Vicente que hiciera su visita entonces, mientras ellas le esperaban en un banco de aquellos, distraídas con los paseantes que ya empezaban a poblar los jardines.
Parecióle bien al novio, y mientras subía a casa del diputado se retiró del mirador la señorita, dejando caer un transparente sobre la vidriera.
Minutos después aquella joven, elegante y hermosa, decíale a su primo en un saloncillo coquetón:
— No sé por qué comprendí que eras tú el desconocido que miraba tanto para arriba. Y me estuve riendo al verte con ese par de antiguallas; ¿de dónde las has sacado?... Pues no te quieren soltar; mira, allí te esperan; asómate.
Por detrás del visillo, Clarita, divertida y burlona, le enseñó a Vicente el banco donde aguardaban las dos señoras campesinas.
Sentíase el mozo subyugado, sorprendido por la niña insinuante y habladora, que le recibía con extremada cordialidad y le azaraba mirándole a los ojos con pérfida intención, preguntando sin aguardar las respuestas del primo:
— ¿Es cierto que te casas?... ¿Es muy linda tu novia?...
Vicente, embobado, silabeó apenas:
— ¡Bah..., mi novia!
Y la damisela, con maligna sonrisa, añadió:
— No será tan cursi y rancia como esa de ahí abajo, ¿eh?
Medroso de su prima y de sí mismo, repuso el muchacho cobardemente:
— No...
— ¡Ah, bueno; es que yo no quiero emparentar con gente ridícula!
Sonreía Vicente bajo el agobio de su gran confusión, incapaz de sustraerse al imperio de la joven, y a día le hacía mucha gracia la cándida sonrisa de aquel primo recio y guapo, que la admiraba con la boca abierta.
Pensó divertirse con él, y le instó a quedarse aquella noche. Los papás de la niña regresaban de una breve excursión al anochecer, y se alegrarían mucho de encontrarle allí. Irían juntos a la velada musical de la alameda, lo pasarían muy bien.
— ¡Anda, quédate!
El mozo, fascinado, sometido a la voz acariciadora y a los ojos apremiantes, adujo en son de disculpa:
— Como están "esas" ahí...
— ¿Esas? —dijo Clarita prontamente—. Serán de tu pueblo, ¿verdad? Un compromiso: yo lo arreglaré todo. Les mandamos a decir que papá no está en casa, y necesitas esperarte, que sientes mucho no poderlas acompañar...
— Es... que... ya verás...
— Nada, nada; corre de mi cuenta; ahora mismo bajará la Paca.
Y bajó muy refitolera, con el uniforme negro y el delantal blanco.
Las señoras tardaron mucho en comprender lo que la doncella les decía. Al fin levantaron asombradísimos los ojos hasta el calado mirador, sin ver más que una cortina de tul echada sobre la vidriera.
Luego se marcharon con sus paquetes camino de la estación: era la hora del último tren.
Iban atónitas, maquinales, con la rarísima sensación de ignorarlo todo en la vida. Fijaban el pie en el suelo con inseguridad y se aislaba cada una en su torpeza, sin atreverse a decir una palabra.
El viaje fué terrible como una pesadilla; el tiempo, un martirio oscuro y silencioso, hasta que al otro día llegó Vicente a la aldea con aire de sonámbulo.
No se presentó a su novia humillado y contrito, sino que la miró de un modo nuevo y fiscalizador, pensando acerbamente: "Es una mujer antigua, carece de atractivos; ¡no me gusta!"
Ella le vió en los ojos el menosprecio y bajó los suyos desatinada, segura de su desdicha, buscando con mudo extravío las raíces de aquella traición.
No encuentra más que una sombra frívola de mujer sonriendo bajo una cortina de tul. Sospecha de un modo confuso que se ha cambiado su destino en aquel mirador de la ciudad, en la mano rubia y frágil que movió allá arriba un transparente.
Ignora cómo pudo aquello suceder, y se queda aislada con las dudas atroces, llorando, roto para siempre su dulce y tranquilo amor de hogar.
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