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La venganza del compadre
| Vilanos La venganza del compadre escrito por Jacinto Benavente |
| Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹) |
— Lo dicho, y basta y sobra para el que me haya querido entender. Lo que hay es que algunos tienen la lengua muy larga y tendré yo que decirles dos palabritas a la oreja, a ver si así tienen de qué hablar para toda la vida, si es que les queda probabilidad.
— Como estas son cruces, que me caiga redondo aquí mismo si yo delante de Miguel dije ayer nada que fuera con segunda, ni con el aquel de maliciarle. Y eso no es sino que el mismísimo chivato que le fué a él con el cuento, te fué a ti luego con el paripé de que los demás hablamos o dejamos de hablar, y a ése quisiera yo cogerle aquí ahora para que se viera quién es hombre de verdad y de procedencia.
— No lo dije por ti. Lo dije por alguno que puede que le importe. Si no está presente, como hay muchos que me están oyendo, no faltará quien le entere. Digo yo, porque nunca falta.
— Mira, Joseliyo, no quisiera yo que te quedaras con esa espina y el escozor de que alguno de los presentes, máxime si toda la serenata ha sido para mi ventana, le haya ido a zumbar la mosca en la oreja a tu compadre. El que más y el que menos sabemos...
— ¿Qué vas a decir?
— Nada, que viene tu compadre, y aquí no se habla más del asunto. Otra ronda, señor Ventura.
A muy buen tiempo quedó cortada la escena, que si por el lugar de la acción y el carácter y estilo de los interlocutores apenas era digna del humilde zueco, más de una vez estuvo a punto de levantarse con desenlace sangriento sobre el coturno trágico.
Era lugar mayor de la escena un pueblecillo de las serranías de Córdoba, y menor y particular del interrumpido diálogo un ventorrillo situado a la entrada del pueblo.
Los personajes eran varios, y al comenzar la escena, todos por igual interesados en ella, animaban el diálogo con vivas réplicas; pero como vieron el sesgo del asunto, y como soplaban vientos de pendencia, poco a poco fueron apartándose, y en parejas o en grupo salieron los más prudentes y sentáronse lejos los más curiosos. De prudente, no de curioso, que bien quisiera él no entender en nada, sólo permaneció sin moverse, blanco, impasible de las indirectas y provocaciones del retador, un bien plantado sujeto, en el color y en el aspecto agitanado, y en lo socarrón y escurridizo gitano entero. Quien con él se encaraba era un mocetón bien portado en el traje y respirando despejo y valentía de toda su persona. Decidido parecía a no dejar la cuestión en el punto indicado, cuando al avisarle de que llegaba su compadre, con sacudimiento repentino mudó actitud y cara como si tales cosas no hubiera dicho.
El anunciado entró derecho a saludar a los de la disputa y tomó asiento a la misma mesa.
Aparentaba más edad a primera vista de la que, mejor considerado luego, había de suponérsele. El color cetrino, algún manchón de canas que resaltaban doblemente sobre el pelo negrísimo, y más que nada, quebranto y dejadez en cuerpo y semblante, le presentaban con apariencias de vejez.
Bebió poco y habló menos, mal hallado entre tantos que le miraban fijos, con la sorpresa de que sólo su entrada hubiera cortado tan de repente la disputa. Bien sabían todos que Miguel y Joseliyo, amigos de toda la vida, y compadres para mayor solidez de su amistad, no podían tener secretos el uno para el otro, y si de aquello lo hacía Joseliyo y cambiaba de conversación al llegar el compadre, esforzándose por reír y bromear con el azorado gitano, era... por lo que todos sabían, menos Miguel, aunque, según el gesto de vinagre con que se entraba como a cosa hecha, sin ganas de charlar ni de beber, algún barrunto debía de traerle desazonado.
— ¿Vienes conmigo? — preguntó a Joseliyo, como quien invita y espera a que le acompañen.
Púsose el otro en pie dispuesto a seguirle, y pagado el gasto, juntos salieron, dejando a más de uno en la reunión con hormigueo de echar detrás y volver después al ventorro, relacionero ufanoso de noticias frescas. Contentáronse con rodear al gitano para que les enterase mejor de cuanto habían oído a medias; pero el amigo, bien escarmentado, apuró más que de prisa las lagrimillas y escurriduras del vaso en que había bebido hieles durante la pasada crujía, y con muv buen aire tomó soleta, sin atender razones, y como iba saliendo les increpaba con desahogo:
— El que quiera saber que le pregunte a las ánimas a media noche y no me traiga a mí en sus cuentos, y mal guindao me vea yo un día claro si vuelvo a decir aquí ni la hora que es, ni el tiempo que hace, que por darle gusto a la muy sois ustedes capaces de traer la perdición de un hombre de bien.
Y echó calle abajo, desahogado el respiro, como quien deja caer un peso muy angustioso.
Mientras, por las afueras ya del pueblo, iban los dos compadres mano a mano hacia el cortijo donde tenía Miguel casa y hacienda.
— ¡Ay, Joseliyo, si no tuviera uno con quién desahogar el pecho! Viudo estás y eres joven y volverás a casarte; porque aunque aquella hija tuya es un consuelo y una compañía muy grande, ya ves, hasta que sea moza y te pueda valer de algo, ¿quién cuida tu casa y quién la cuida a ella? Que tú andas siempre de un lado a otro para ganarte la vida y tienes que dejársela encomendada a cualquiera, y ni a la chica ni a ti os conviene. De modo que lo mejor que puedes hacer es volver a casarte; pero mira que te lo digo, y es el Evangelio, no te cases como yo, sin mirar otra cosa que la presencia y la cara de la mujer; mira que la cara, luego que la tienes en casa siempre delante, te hartas de mirarla, y ya te parece como el sol, que de verlo todos los días no reparas en él sino cuando te cae de plano y te quema la sangre, y tienes que desviarte a la sombra para quitarte el sofocón. Pues lo mismito le pasa al marido de la mujer guapa. Y no es lo peor, sino que todo el mundo tiene que mirarla y hablar de ella; que bien dicen... lo bueno, el primer día para su dueño, y lo demás del año, para el extraño. Ya ves lo que se habló ayer en casa de Ventura.
— Hablar por hablar; ya les dije yo lo que era menester.
— ¿Tú?
Se turbó Joseliyo al notar la extrañeza del compadre, pero acudió pronto al reparo de su ligereza.
— Yo, sí; de ti nadie tiene que decir nada delante de mí, porque si por alguien me busco yo la ruina es por ti, bien lo sabes.
Le temblaba la voz al expresarse con tan vehemente afecto. Miguel, por única respuesta, le echó un brazo por encima del hombro, sobre el cuello, y al sentir la presión cariñosa, Joseliyo dobló la cabeza, como si el brazo del compadre le rindiera con peso abrumador.
Pensativos subían los dos compadres el altozano por donde iba la senda derechera del cortijo. De improviso se adelantó Miguel unos pasos, y con un brazo extendido señaló la puerta de su casa.
— ¿Lo ves? Ya está aquélla de palique con un hombre. No le conozco desde aquí, ni quiero conocerlo. No me importa; si ella no les diese conversación...; así luego tienen todos que hablar. ¿No han de tener? Si esa mujer ha de ser la ruina de mi casa...
No le replicó Joseliyo, cada vez más enfrascado consigo mismo, y en esto ya se acercaban al cortijo a tiempo que se despedía el que hablaba con la mujer de Miguel. Al verle de cerca y conocido, paráronse los tres en saludos, mientras la mujer esperaba delante de la puerta, bajo el emparrado.
Era ciertamente la mujer de Miguel, María Pepa, para traerle en cuidado; porque podíase asegurar que donde se presentara había de llevarse los ojos de todos. No era perfecta su hermosura, pero era un gracioso compuesto de imperfecciones. Alta, escurrida de talle y caderas, de encarnadura apretada, sin blandos contornos el cuerpo; su cara era toda mohín picaresco de esfinge burlona, que propusiese graciosa adivinanza con besos por premio y burlas por castigo. La expresión de la boca contradecía enigmática la de los ojos. Cuando la una prometía risueña, los otros negaban severos; y cuando la boca se cerraba a la risa para imponer respeto, la risa juguetona asomaba a los ojos brillantes, burlona como chicuelo travieso que trepa perseguido y desde arriba se ríe a mansalva de su perseguidor. Había que ascender a la frente para hallar expresión de quietud en aquella fisonomía movida en continuo oleaje de sensaciones pasajeras. Sólo en la frente parecía aquietarse el espíritu de María Pepa en un pensamiento grave; quizá el secreto enigma de la esfinge burlona. Daba serenidad mayor a la frente el pelo negro, de lustrosa lisura, que sombreaba el rostro aterciopelado, cual maduro pomo, recogido a los lados como las alas corvinas de una paloma negra que durmiese posada sobre la frente serena de María Pepa. Por gala y compostura traía de ordinario espolvoreado el pelo de una sutil nubecilla de polvos, que sobre la negrura brillante hacía visos azulados como de uva negra o jugosa pasa malagueña, y por remate del peinado un manojillo de flores prendido al desgaire como brote del campo.
Antes de que hablara comprendió María Pepa de qué temple venía su marido, y con risa de boca y de ojos le cogió de las manos y le dijo:
— ¡Vaya una cara! ¿No tienes otra para cuando vuelves a casa? Pues, hijo, aquí no se ha muerto nadie para traer esa cara de entierro, que yo estoy bien viva y bien alegre.
— ¿Qué te decía Quico? Buen rato llevabais de charla.
— ¡Ay, Jesús! ¿Es eso? Yo creí que no te entraba más que con la luna.
— María Pepa, no lo eches a broma, mira que estoy muy harto.
— Pues métete los dedos en la boca y desocupa, que toda esa hartura es nada más que asiento. Como te tragas todo lo que te dicen...
— Mujer, no me hagas hablar...
— Vaya, compadre— interrumpió Joseliyo mediando entre marido y mujer —, María Pepa tiene razón; a ti te han querido meter en cuidado cuatro fulastres de mala entraña, que si a mano viene serán los primeros que hayan venido a tentar el vado; y como se habrán vuelto como vinieron, andan desazonados y sin saber por dónde mover infierno. Si haces caso de lo que dicen, estás perdido. Hazte cuenta que si fuera verdad no habría un amigo de corazón para venir a decírtelo. No hay que quitarse el sueño por eso, que da miedo verte la cara estos días.
— Si atendieras al que es tu amigo y tu compadre y no hicieras caso de lo que te dicen cuatro borrachos en la taberna... Ya sabes que todos me tienen envidia y malquerer, porque es una mujer de su casa y sabe arreglarse con lo que tiene, con muchísimo trabajo que me cuesta, sólo que cuatro puercas holgazanas creen que para ir una de limpio se lo tiene que regalar a una el obispo: mi marido que me lo gana con mucha honra, y yo que lo apaño con mucha decencia; eso y nada más que eso.
— Por lo mismo que dicen y que todos reparan en ti, tienes que andar con más cuidado y no dar que hablar. Te ven de charla con unos v con otros, de broma siempre... ¿Que es tu genio? También yo tengo el mío. Yo no hago caso de lo que dicen; pero cuando veo, sé lo que veo, y sé lo que me toca hacer.
María Pepa, que se disponía a seguir chanceándose de su marido, comprendió, por el tono de las últimas palabras, que no era ocasión de burlas, y que algo más que habladurías le traía preocupado. Los tres quedaron silenciosos, sin mirarse. Miguel fué el primero que habló:
— ¿No entras a tomar una copa, compadre?
Entraron en la casa, y la conversación tomó giro diverso. Trataron de sus haciendas y sus negocios. Miguel del arriendo del cortijo, que vencía aquel año, y dudaba si le convendría renovar, porque el propietario le exigía mayor renta. Joseliyo, corredor de caballos y mulas en ferias y mercados, y renombrado desbravador de potros, de sus ventas y cambalaches, que al cabo del año le dejaban un regular provecho. María Pepa entraba y salía sin atender a lo que hablaban los hombres. Largo rato se llevaron los dos compadres departiendo muy gustosos, y como media tarde era pasada y la fuerza del calor decaía, se dispusieron a volver al pueblo, donde los dos tenían atenciones. Las de Miguel tan importantes, que advirtió a su mujer no le esperase a cenar porque no volvería hasta muy entrada la noche.
No lo extrañó María Pepa, suponiendo que cenaría con Joseliyo, como otras muchas noches cuando éste paraba algunos días en el pueblo; así es que a Joseliyo miró para cerciorarse de que había supuesto bien. Sorprendió Miguel la mirada y se apresuró a contestar:
— No ceno con éste; ceno con D. Martín el administrador. Tengo asuntos con él que me interesan y no quiero dejarle de la mano. Volveré tarde; te acuestas, y no estés con cuidado.
Esta vez la mirada de María Pepa se clavó en su marido como si quisiera leerle muy hondo en el pensamiento. Nada de qué recelar advirtió en su expresión, y al desviar la mirada con furtivo destello se cruzó con la de Joseliyo, rápidas las dos, pero clarísimas y prontas a entenderse como un sí o un no.
Poco después se hallaban en la misma habitación, y los dos solos, María Pepa y Joseliyo. El hombre lloraba abatidísimo. María Pepa, cerca, de pie, dominándole, le pasaba una mano por la cabeza; pero no con la suave caricia con que al alisar la cabellera parece como si quisiera aquietar y adormecer el pensamiento. Sus caricias eran nerviosas, duras. Cada pase de la mano levantaba encrespados los cabellos, que atenazados en mechones entre los dedos de María Pepa, presentaban la cabeza como suspendida de ellos, separada del tronco, y a María Pepa como sanguinaria decapitadora.
— No puede ser, María Pepa; me iré del pueblo — gemía el hombre —; no volveré a verte en mi vida; cualquier cosa antes de que Miguel lo sepa.
— Pero ¿qué ha de saber? ¡Ay qué hombres! ¡Que estuviera yo así, pero tú!...
— Es que yo no sé qué alma tienes. Es que tú no me quieres creer. Piensas que me he cansado de ti, que busco un pretexto para dejarte, y por eso te digo que Miguel sospecha de nosotros; créelo o no lo creas, Miguel no es el mismo conmigo; con mirarle sé yo lo que piensa, y desde que ha vuelto, vamos, cada vez que me mira, quisiera caerme muerto allí mismo, y que me tragara la tierra.
— Pero ¿le han hablado de ti por si acaso? El anda celoso como siempre; ¿pero de ti? Para que veas: anoche mismo, que vino muy soliviantado con los cuentos de casa de Ventura, y se encerró conmigo como loco a voces y a golpes...
— ¿Te pegó?
— ¿A mí? Con los trastos y las paredes. No ha nacido el hombre que ponga la mano encima a la hija de mi madre. Pues estaba él así de esta conformidad, como te digo, que si yo era una tal, y que si él no hacía cuál papel o cuál otro; que si yo tenía un querido, y él sabía quién era...
— ¿Y tú?
— Yo muy serena le dije : «Vamos a ver, ¿quién es ese hombre?, que quiero conocerle.»
— ¡Ay, María Pepa, qué alma!
— Verás. Él seguía gritando que sabía muy bien quién era, y que había de amanecer cosido a puñaladas debajo de mis ventanas, para que yo lo viese; y yo, atiende esto, Joseliyo: «Pues vaya, le dije; por si no te han enterado bien, te lo voy a decir, que quiero ver esa tragedia de nnuertes desde mi ventana, que eso valemos las reales mozas.»
— ¿Y qué nombre le dijiste?
— El tuyo.
— ¡María Pepa!
— ¿Lo ves como no tienes corazón? ¿Sabes lo que dijo?: «¿Ése? Aunque lo viera no lo creería.»
— ¿Eso te dijo? ¿Que no lo creería? Es verdad; así, así debía ser. ¡Válgame Dios, que todos los hombres han de tener una hora mala!
— Pues por mí no has de tenerla, que yo no ato a nadie. No vuelvas a verme. Te metes a ermitaño, y te estás rezando toda tu vida para que Dios te perdone.
— ¡Rezar yo! Si a mí no me perdona Dios.
— Si es tan bueno, a todos nos perdonará; y pecado más, pecado menos, yo no tengo más que el de quererte, y lo que es gloria sin ti no la quiero. Conque donde tú vayas iremos los dos. Para eso le rezo yo a mi Virgen del Carmen todos los días; para eso y para que nos quite de angustias y pueda yo tenerte así siempre, siempre.
Y atrayéndole junto a su boca, le besaba con ansia.
Embotado el sentido en la intensa sensación de sus caricias, ni vieron ni oyeron a Miguel llegar hasta ellos. Rugiente como fiera, a zarpazos y a golpes los separó iracundo, terrible. Joseliyo quedó de pie anonadado. María Pepa cayó al suelo, y fué arrastrándose incorporada hacia su amante, implorándole con espantados ojos amparo y defensa. Pero Joseliyo no daba señales de apercibirse a la lucha; esperaba el castigo inmóvil, clavada la vista en el suelo que le faltaba bajo las plantas, como cortado ante ellas en vertiente de despeñadero.
Miguel apretaba en la mano derecha una pistolilla, pero no amenazaba con ella. Suspenso estuvo un rato, dando lugar a María Pepa de recobrarse y hacerse cargo de la difícil situación. Por fin, como quien piensa mucho lo que dice, con espantosa serenidad se fué hacia su compadre, y encarándose enérgico con él:
— Compadre dijo -, yo sé hacerme cargo de las cosas, y estoy al cabo de todo, y no es cosa que por una mala hembra se pierdan dos hombres. Ni tú ni yo tenemos la culpa, que yo sé lo que son hombres y lo que son mujeres, y cuando ellas no dan pie, no hay hombre que se atreva a la mujer de un amigo. Pero, compadre, cuando uno se divierte con una mujer hay que pagarlo; que he dejado de ser marido de esta mujer, y aquí estoy para cobrarla los intereses.
Joseliyo no se daba cuenta de lo que oía. Miguel se había vuelto loco. Impulso sintió de abrazarse a él llorando, compadecido de su desdicha, pidiéndole que le matara por haberle traído a ella; pero el aplomo de Miguel le confundía.
— A pagar, compadre — le repitió apuntándole esta vez con la pistola —, o de aquí no se sale.
Joseliyo sintió sofoco de ira. ¿Era posible aquello? Y decidido a todo, como quien devuelve un insulto, como quien abofetea, arrojó un bolso a los pies de Miguel; por el suelo se desparramaron las monedas.
— ¿Es eso lo que quieres?
— ¿Qué te has creído? Para una mala mujer como ésta hay bastante con esto. (Y recogió a sus pies una moneda de dos pesetas.) Ahora guarda lo demás, y vete con Dios, compadre — y le cogió una mano y salió a despedirle.
Joseliyo no se resistió, seguro de que Miguel se había vuelto loco.
— Ahora tú, que también tenemos nuestra cuenta.
María Pepa tembló; pero antes de que pudiera prevenirlo ni defenderse, la enlazó Miguel por el cuerpo, la derribó a tierra, y poniéndola una rodilla en el pecho, impidiéndola todo movimiento, sacó una navaja y de un tajo limpio, seguro, la recortó el labio superior, que arrojó contra el suelo como una piltrafa, salpicando la pared de sangre.
— Para que te rías sin ganas toda tu vida.
Y salió de la habitación dejando a María Pepa sin sentido, bañada en sangre.
Había pasado mucho tiempo, y todavía al sentarse a comer y a cenar uno frente a otro, Miguel sacaba del bolsillo la moneda, y sin decir palabra la ponía delante del plato de su mujer. María Pepa, desfigurado el rostro con horrible mueca de risa, como si asomara su calavera burlona bajo la carne viva, estremecíase de pies a cabeza; no al mirar, que no alzaba los ojos del plato por no verla, al golpe sólo de la moneda sobre la mesa, y en cada bocado de sus tristes comidas parecía como si la moneda, con sabor amarguísimo, se le atravesara en la garganta.
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