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La verdad eterna
| La verdad eterna escrito por Ricardo Jaimes Freyre |
| Publicado en el libro « Poetas contemporáneos de Bolivia » ~ Ortografía original.~ (1) |
Yo he visto arder la zarza que vio Moisés. La he visto
cuando elevaba al cielo su llama roja y negra;
y he sentido en mis ojos su resplandor divino
y he puesto mis dos manos en la divina hoguera;
y han llegado .de pronto vibrando a mis oídos
todas las roncas voces que claman en la tierra...
Y he visto a la Injusticia y al Error. Iban juntos;
asidos de las manos por anchurosa senda;
el ciego Error tenía tranquilo y firme el paso,
los labios desdeñosos y erguida la cabeza;
marchaba la Injusticia vacilando; en su pecho
novia una serpiente su ponzoñosa lengua.
Y ambos se detuvieron en medio del camino,
y el Error dijo: — Habla.
Y la Injusticia: — Sea.
— Bajo el pendón insigne que al viento de la tarde
en la alegría heroica de la victoria ondea,
sobre el corcel piafante, y al son de los clarines
el triunfador, cubierto de hierro y sangre, llega.
La gloria arde en sns ojos como un celeste fuego,
y en torno de sus sienes refulge un diadema,
y entonan sus loores las voces misteriosas
que rugen, ríen, lloran y cantan y se quejan
en el viento que pasa sobre el pendón insigne
que en la alegría heroica de la victoria ondea.
A tus sagradas plantas ¡oh, triunfador! se inclinan
los estériles mares y la fecunda tierra;
sobre tu trono excelso, sobre tu sien augusta
el gran dosel del cielo salpicado de estrellas...
Brazo de Dios que vibras la espada fulgurante,
¡tú, como el sol deslumbras, y como el rayo ciegas!
No escuches ese leve gemido que parece
el estertor postrero de un moribundo... Huella
con el herrado casco de tu bridón el pecho
de donde un débil soplo de vida brota apenas;
es el pecho de un hombre... de un soldado... de un niño...
Luchó y cayó a tu lado; va a morir; gime y sueña...
Sueña con las caricias del dulce hogar lejano;
con los alegres juegos de su infancia serena,
cuando el divino coro de las rientes Horas
como loca bandada de aves gozosas vuela...
Sus brazos temblorosos se tienden al espacio,
y tiembla en sus miradas la despedida eterna.
¡Cuan lejos, ay, cuan lejos todos los que lo llaman,
todos los que en la angustia y en el dolor lo esperan!
Que apague a un tiempo mismo sus sueños y su vida
el casco polvoroso de tu corcel de guerra,
bajo el pendón insigne que al viento de la tarde
en la alegría heroica de la victoria ondea...
Y calló la Injusticia.
Y habló el Error: — Escucha
la historia del suplicio de una hermosa hechicera:
— Señor —dijo el verdugo— yo vi sus blancas manos
retorcerse y crisparse sobre mis puños, y eran
un haz de blancas víboras aquellas manos blancas
que mordían mis puños como víboras negras.
Temblaban sus dos senos como dos grandes flores
y sus piernas crujían como dos ramas secas...
Cuando sintió en sus hombros el roce de mi barba
cayó como si un hacha le hendiera la cabeza.
Entonces vi sus ojos fríos como puñales,
claváronse en mis ojos sus miradas, serenas
como dos largos rayos de luna, y vi sus labios
iluminar riendo su palidez de muerta.
Se arrastró por el suelo como un gusano roto
y sus crispados dedos se hundieron en la tierra;
pero sus labios rojos reían... y reían
sus ojos, bajo la áspera contracción de las cejas.
Ajusté las dos cuñas al borceguí; los huesos
de su pie rechinaron sordamente. Las cuerdas
mordieron en la carne de sus brazos malditos
y contrajo sus músculos como acozada fiera.
Entonces vi sus labios y sus labios reían,
y sus ojos estaban abiertos como estrellas...
Cayó sobre su boca mi puño, y en la sangre
la risa de su boca parecía una mueca.
Apliqué en sus espaldas el hierro enrojecido,
chirrió el cuerpo y torcióse como una gran culebra,
y estalló en convulsivos sollozos su garganta
y el humo la ocultaba tras una nube densa.
Y vi tras de la nube los ojos que reían,
burlonamente. Entonces aplasta las risueñas
pupilas con dos golpes de mi talón... y entonces
rieron locamente los labios de la ciega.
Y puse el rojo hierro sobre su boca roja
y pisoteó sus senos, su cuello y su cabeza...
Por eso, Señor, visteis como un montón de carne
el maldito y hermoso cuerpo de la hechicera...
Y juntos la Injusticia y el Error prosiguieron
asidos de las manos por la anchurosa senda.
Cerraban a lo lejos el pálido horizonte
los muros y las cúpulas de la ciudad soberbia.
Los últimos destellos del sol desfallecían
en sus torres doradas y en sus agujas negras.
Y envuelto en el crepúsculo bajaba desde el cielo
un leve rumor de alas a la angustiada tierra.
Y apareció una larga fila de sombras. Iban
caminando en silencio, bajo la luz postrera
de la tarde que huía, mientras sus anchos brazos
en torno de los muros ceñían las tinieblas.
Y los dos peregrinos se detuvieron. Dijo
el ciego Error: — Escucha.
Y la Injusticia: — Espera.
— ¿Qué más queréis? ¿Acaso mi confesión podría
desprender de mis brazos a la horrible Miseria?
¡Si recibí sus besos en la ignorada cuna
y fué su seno apoyo de mi infantil cabeza!
Si ella apartó la copa de mis sedientos labios
y puso en mis entrañas angustia y hambre eterna;
si dejó en mis pupilas el brillo de la fiebre
y en mi rostro la fría palidez de la cera!
Por ella armé mi brazo con arma fratricida,
por ella abrí sepulcros y amontoné pavesas,
y levante por ella prisiones y cadalsos,
y agucé los suplicios y forjé las cadenas,
y fui verdugo y víctima, y en mis heladas noches
vi a la Traición y al Crimen siguiendo a la Miseria,
y cuando hasta mis labios la maldición subía,
una voz murmuraba: — ¡Resígnate y espera!
— Esa voz era mía - dijo el Error. Riendo
respondió la Injusticia: ¡Esa voz era nuestra!
¡Oh, sí, era vuestra! ¡Todos lo saben! Todos oyen
las sórdidas palabras disfraz de la impudencia!
Oh, ciego que las dices, y tú que las inspiras
ocultando a la sierpe de ponzoñosa lengua!
¡Todos han escuchado la voz consoladora
que sale de esos odres henchidos de impureza!
¡Espera, que yo guardo la llave enmohecida
que abre de algún brumoso Paraíso las puertas!
¡Espera!... Si te acosan el dolor y la muerte
y el hambre y la agonía y el deshonor... ¡Espera!
cuando a tu oido llegue la voz solemne y grave
con que a sus hijos llama la gran naturaleza;
cuando la madre augusta que te ofreció su sangre
para el reposo ansiado su corazón te ofrezca,
aun vibrarán las mismas palabras que escuchaste
desde tu triste cuna: — ¡Resígnate y espera!
¡Ah! Pero hay otras voces que claman en la sombro,
junto a los negros muros ceñidos de tinieblas;
bajo las altas cúpulas y las doradas torres
y los pórticos regios de la ciudad soberbia!
Y esas voces anuncian la pálida alborada
de un sol que va trazando su parábola inmensa...
¡Cómo herirán sus rayos las abatidas frentes,
y harán correr la sangre generosa en las venas,
y borrarán estigmas de viejas servidumbres,
y pondrán resplandores en todas las conciencias!
Entonces; ¡oh, Injusticia! cegarán tus pupilas;
¡Oh, Error! y de tus ojos se rasgará la venda,
y se hundirá la Esfinge de lomos de granito
al formidable empuje de la Verdad eterna,
bajo el pendón insigne que al viento de la tarde
en la alegría heroica de la victoria ondea.
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