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Las madres viejas

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


Las madres viejas


ntre día y noche, a esa hora triste que llamamos, también, entre dos luces, encontramos ahora en la Plaza Mayor a ciertas ancianas señoras que sólo una vez al año se aventuran en tan públicos lugares. Pertenecen a una generación de severas mujeres que hacían de su hogar un claustro donde gustaban recluirse desde el día de sus bodas, sin conocer ya fuera de su casa más camino que el de la iglesia parroquial.

‎Pero son éstos los días en que por única excepción atraviesan las calles más céntricas de la villa y cruzan los soportales de la plaza en esta lánguida hora que decimos, cuando muere la tarde y nace la noche bajo la dulzura estival del mes de agosto. Van tocadas de mantilla estas señoras, y dejan arrastrar, solemnemente, el borde negro de sus vestidos. Mientras ellas caminan, dirigiendo hacia un mismo lugar sus pasos menudos, unas campanas se alborotan con rumor plañidero de voces heridas; parecen unas viejas alegres que se lanzan a cantar un romance antiguo.

‎Este vibrante canto de metal no se oye a esas horas en la villa más que una vez al año, y teniendo en cuenta las especiales circunstancias de cuanto referimos, podríamos dudar si las campanas tocan porque las señoras salen o las señoras salen porque las campanas tocan...

‎Para quienes estamos en los secretos de esta sedentaria vida campesina, no hay duda de que ambas coincidencias tienen por sólo fundamento la novena de la Patrona que se celebra con la acostumbrada pompa anual en la capilla de la Plaza Mayor.

‎La Reina del cielo es Reina especial de esta villa bajo el título candoroso de la Virgen del Campo, y en tal devoción que el vecindario cultiva fervorosamente, hay una particularidad interesante y maravillosa. Es que, implorándola con fe, nunca deja la Madre de Dios morir a sus patrocinadas en trance de difícil maternidad.

‎Apenas una triste necesita este supremo auxilio, la campana de la capilla dobla con precipitado anhelo, y el vecindario reza conmovido: la paciente se salva y el clamor del milagro lleva a los pies de la Virgen un voto de gratitud. Por eso no hay madre en la villa que no ponga en Ella los ojos con agradecimiento y con esperanza, y es frecuente ver a la puerta de la ermita cómo las mujeres esperan con un niño en los brazos que el sacerdote salga a recibirlas mediante las preces religiosas de la Purificación.

‎Por eso hay siempre en torno a la imagen pura, devotos mensajes de manos femeninas que han temblado heladas por el soplo de la muerte y presentan a la Virgen sus flores, sus joyas, sus hijos...

‎Abrumadas por los recuerdos, las madres viejas, las que hacen un culto de la austeridad de su vida, cruzan ahora solemnemente las calles céntricas y la Plaza Mayor, así que el badajo herido se alborota en la torre de la capillita blanca.

‎Delante del santuario, que preside el mejor barrio del pueblo, suelen jugar al corro unas niñas bulliciosas y hechiceras. Y cuando ven pasar en lenta procesión a las señoras enlutadas, interrumpen algo cobardes su cancioncilla: Tengo una muñeca vestida de azul...

‎No saben que la evocación de las muñecas azules trae una sonrisa a los labios de las madres temblonas, envejecidas en el amor a su hogar y en la devoción a su Virgen.

‎Para estas viejecitas que tienen frío en agosto, que nos miran largamente con un velo como de lágrimas sobre los ojos mustios, que sollozan cuando rezan y rezan cuando sollozan, para ellas tenemos hoy toda nuestra cariñosa contemplación; y la floreciente juventud ilusionada y feliz camino de la ermita, no nos seduce tanto como esta caduca generación de mujeres buenas y tristes que hoy hacen, tal vez la última visita, la última novena a la Santa Patrona.

‎Es a ellas, a ellas especialmente, a quienes llama en nombre de la Virgen del Campo, esa voz de metal que en el fondo de la plaza se abre con plañidera canción.


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