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Lo que dicen las estrellas

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Lo que dicen las estrellas
(Manchas de color)
escrito por Casimiro Prieto Valdés
Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹)



Al brillante poeta Carlos Ortiz.


‎— ¡Socorro! — gritaba una hormiga, á quien una ráfaga de viento había arrojado desde la corola de una margarita á un arroyo cubierto de hirvientes espumas, que culebreaba por el florido valle en dirección al mar azul.

‎Acudieron á sus voces varios abejorros, y uno de ellos, el más compasivo, salvó, con riesgo de su vida, al pequeño insecto, que depositó sobre la margen de la corriente, bajo un rayo de sol.

‎— Gracias, señor abejorro, — exclamó la hormiga, en cuanto pudo hablar; — si no es por usted, no lo cuento.

‎— ¿Tanto miedo tiene usted á la muerte? — preguntó con sorna el ápido.

‎— Francamente, me asusta lo desconocido... ¿qué nos espera después de esta vida?

‎— ¿Luego cree usted en la inmortalidad del alma? Pues sepa usted, señora hormiga, que eso no reza más que con el hombre, el único ser dotado de alma racional y el que ocupa el primer peldaño en la escala zoológica; los demás animales... de escaleras abajo, no tenemos alma, y sin alma no hay inmortalidad.

‎— ¡Bah! eso lo dice el hombre, que se cree el ser más perfecto de la creación; pero usted sabe, señor abejorro, que todos los animales tenemos nuestra alma en nuestro almario, y aun me atrevo á asegurar que hay animales menos desalmados que muchos bípedos implumes...

‎— Dice usted bien, señora hormiga.

‎— Todos somos hijos de Dios, y no digo los animales, hasta las plantas y las flores tienen algo más que alma vegetativa, que las hace renacer allá arriba, después de la muerte... Porque yo no comprendo el cielo sin rosas ni claveles.

‎— Yo tampoco.

‎— Lo que no me explico es que, con una existencia tan arrastrada como la nuestra, y creyendo en una vida futura mucho mejor, tengamos tanto horror á la muerte.

‎— Pues yo le diré á usted la causa, señora hormiga.

‎— ¿Es usted filósofo?

‎— No, lo sé por casualidad. Escuche usted. Una noche de verano descendieron dos estrellas al viejo rosal que florece en el huerto donde vivo, cuyas derruidas tapias se divisan desde aquí...

‎— ¿Dos estrellas? ¿No sería ilusión de sus sentidos?

‎— No, no era ilusión. Es muy común eso de que las estrellas bajen á charlar con las flores. Yo estaba desvelado...

‎— ¿Padece usted de insomnio, señor abejorro?

‎— No, es que había caído inadvertidamente de cabeza en una taza de café que el hortelano había dejado olvidada, y aquello me quitó el sueño, gracias á cuya circunstancia pude oir la conversación que sostenían las estrellas con las rosas. Hablaban de un zagalillo que amaba sin esperanza á una princesa de boca de clavel y cabellos de oro, que había pasado el día antes por la aldea... — Temo que se mate, dijo una de las rosas, estremeciéndose. — No es fácil, observó una de las estrellas. — ¿Cómo puede tener apego á una vida tan amarga? — Porque le asusta, más que su martirio, la idea de morir. — ¿Y por qué le asusta esa idea, si cree en otra existencia mejor? Algo debe haber de espantable en todo eso, cuando la muerte inspira ese horror instintivo...

‎La estrella se sonrió dulcemente con una sonrisa de luz, y bajando la voz, dijo á las rosas:

‎— Dios ha colocado en el corazón del hombre ese instintivo horror á la muerte, porque sin él todos renunciarían á esta vida de lágrimas y se verían burlados los altos fines de la Creación.


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