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Los Reyes Magos

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Vilanos
Los Reyes Magos
escrito por Jacinto Benavente
Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹)


LOS REYES MAGOS


‎ Despertóse nervioso, calenturiento. Mal despierto y mal dormido toda la noche, despierto y dormido había soñado con la regia cabalgata de los Reyes Magos. Con los más ricos materiales recogidos en la realidad forjó la imaginación del niño deslumbradora comitiva; caballos empenachados, con rendajes de oro, y sobre ellos los Reyes resplandecientes de joyas, y detrás los camellos cargados de tiendas enteras de juguetes y de cajas de dulces.


‎ Apenas clareó el amanecer anhelado, de un brinco saltó de la cama y corrió al balcon, trémulo de curiosidad y de esperanza.


‎ Tan pequeño, que no alcanzaba a levantar la falleba, era un manojillo de nervios vibrantes, morenucho, con la piel fina de los niños morenos en que se transparentan las venas muy azules; los ojos en continuo abrir y cerrar; la nariz respingada; un feíllo con gracia para ser querido antes que admirado; mimo de las madres, celosas siempre por femenil instinto, que aguzado en los hijos hermosos al verlos acariciados por todos, prefieren el menos atractivo, el que es de ellas sólo, el que sólo para ellas es lindo y gracioso.


‎ Al ruidoso forcejear del niño para abrir el balcón acudió una criada dando gritos.


‎ — ¡Demonio, que te vas a morir! ¡Vuelve a la cama!


‎ — ¡Los Reyes! ¡Quiero ver lo que me han traído los Reyes!


‎ — ¡Qué tonto, qué tonto!


‎ Era el hermano mayor, que reía desde la cama al enterarse de lo ocurrido.


‎ — Mira, mira — le decía al pequeño cuando la criada le subió en brazos a la cama —. Yo tengo ya mi regalo. — Y le enseñaba un duro de los recién acuñados. — Me dijo papá anoche: «¿Tú crees en eso de los Reyes? ¡Tonto, mas que tonto! Los Reyes son papá y mamá!»


‎ — ¡Mentiroso!— gritó el pequeño con ira —. Han venido los Reyes y me han traído muchas cosas, y a ti nada, porque me haces rabiar...


‎ — ¡Tonto, más que tonto!— seguía el otro implacable.


‎ El pequeño rompió a llorar. Acudió el padre, desazonado por la gritería, de mal temple...


‎ — ¿Qué ocurre?


‎ Explicado el caso, el padre, educador positivista, tomó desde luego el partido de la razón práctica.


‎ — Tu hermano tiene razón; no hay tales Reyes; ésas son tonterías, y los hombres no creen en esas cosas...


‎ El niño quedó aterrado ante las severas afirmaciones de su padre. Lloraba calladamente, con honda pena...


‎ — ¿Lo ves, lo ves? — le decía triunfalmente el mayor.


‎ Y él lloraba, lloraba... Entró la madre.


‎ — ¿Qué tiene el niño? ¿Por qué llora?


‎ — ¡Déjale, por tonterías!


‎ — Corazón, ¿por qué lloras?


‎ — Porque dice papá que no vienen los Reyes Magos, que no hay Reyes Magos...


‎ El padre se disponía a insistir con mayor severidad, pero la madre le contuvo con una mirada.


‎ — ¿Te han dicho eso? ¡Por hacerte rabiar! ¡Sí hay Reyes Magos, sí, vida mía! Unos Reyes muy buenos que quieren mucho a los niños...


‎ Y secando a besos las lágrimas del hijo, iba contando la eterna leyenda, y el niño, al oírla, se abrazaba a ella como si ansioso se amamantara de nuevo al pecho de su madre, y con hipo de risa y llanto desafiaba al padre y al hermano.


‎ — ¿Ves lo que dice mamá? ¿Ves como es verdad todo?


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