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Los antepasados

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Los antepasados
escrito por Ricardo Jaimes Freyre
Publicado en el libro « Poetas contemporáneos de Bolivia » ~ Ortografía original.~ (1)


I


‎Hijo soy de mi raza; corre en mis venas
sangre de los soberbios conquistadores.
Alzaron mis abuelos torres y almenas
celebraron su gloria los trovadores.

‎En esa sangre hay ondas rojas y azules ;
es de un solar mi escudo lustre y decoro,
En campo de sinople, faja de gules
engolada de fieros dragantes de oro).

‎Despiertan en mi mente, con los halagos
de su tosca hidalguía, los cronicones,
brumosos atavismos, recuerdos vagos
y un tropel de confusas evocaciones.

‎Me iluminan de pronto, con fugar, brillo,
relámpagos que quiero fijar en vano...
¿En qué lid, en qué claustros, en qué castillo,
espada, cruz o lira, tuve en mi mano...?

II


‎Bajo la luminosa, nocturna estela
y entre la polvorada de los caminos,
en busca de Santiago de Com postela
pasan, cantando salmos, los peregrinos;

‎mientras en la penumbra de la mezquita,
donde con sus muezines rezaba el moro,
junto al abad severo que ora y medita,
los frailes soñolientos rezan en coro.

‎A los bardos errantes piden ternezas
mujeres de ojos garzos y tez de armiño,
y oyen trovas de amores y de tristezas
en la lengua harmoniosa de allende el Miño,

‎Que el habla, ruda y grave, del castellano
sólo dice combates y desafíos
y la fe del insigne mártir cristiano
que floreció entre moros y entre judíos.

‎Ocultando su gozo con gesto arisco,
de pajes y estudiantes gloriosa presa,
al compás de un sonoro rabel morisco
danza provocativa la juglaresa.

‎Y el juglar, que ha aprendido los romanceros,
cuenta, del viejo alcázar bajo los arcos,
cercado de hombres de armas y de escuderos,
la historia lamentable del conde Alareos.

‎De pie, junto a la puerta de la abadía,
fascinando a la turba que escucha ansiosa,
mientras suspira el Angelus, y muere el día,
el preste de Berceo dice una Prosa.

‎Con hilo de romances teje su historia,
sigue la vía oculta de las estrellas,
y va perdiendo todo, menos la gloria,
el rey de las Partida y las Querellas.

‎Entre halagos, promesas y juramentos,
que entrelaza, con votos de amor celeste,
entre alcobas y celdas Trotaconventos
desliza los mensajes del Arehipreste.

‎El galán nocherniego pasa embozado
frente a la negra torre que al vulgo asombra,
y al fulgor de una lámpara mira espantado
del marqués hechicero vagar la sombra.

‎Librado a los destinos y a los azares,
de espaldas a la vida; de frente al cielo,
tiende Colón sus alas sobre los mares
como un ave gigante que emprende el vuelo.

III


‎Lago del Sol, dormido junto a las nubes
donde guardan tu sueño nieves eternas,
lago de verdes aguas que al cielo subes
cuando salen los vientos de sus cavernas.

‎Nace en tus frías ondas el peregrino
señor de labradores y de guerreros ;
del inca Manco Cápajh, sabio y divino,
cubre la inmensa sombra los ventisqueros.

‎Del Tucumán a Quito, del Maule al Guayas
la absorta muchedumbre sigue su rastro;
por pampas, cordilleras, bosques y playas
van los emperadores, hijos del Astro.

‎Con vistosos plumajes ornan su frente
princesas, que a ser moras fueran huríes;
por ellas en la quena, suave y doliente,
cantan los arabecos sus yaravíes.

‎Y el Dios que a los maizales de la pradera
da el calor fecundante, la luz propicia,
recogiendo en los montes su cabellera
con sus últimos rayos los acaricia.

‎Los indios, bajo el cetro de sus señores,
serenos y pacientes, nobles y bravos,
son como las abejas y los castores,
y no como los siervos y los esclavos.

‎Pueblo noble y tranquilo, que amas la vida
en brumosos ensueños cristalizada,
¡Cómo se va en la sangre, por ancha herida,
el alma de tai raza desventurada!

‎¡Cómo al caer trasmites al castellano
herencia de incurable melancolía!
La luz, viva y radiosa, del cielo hispano
templas con el crepúsculo de tu agonía.

‎Los nietos de los rudos conquistadores
que asombraron los siglos con sus proeasas,
juntan al noble orgullo de sus mayores
un mundo de ancestrales vagas tristezas.

‎Tristezas que se meaclan con sus placeres,
que dan a sus amores ansias secretas,
suspiran en los labios de sus mujeres,
sollozan en los versos de sus poetas;

‎porque en vano la roja, terrible espada
que hirió al azteca altivo y al inca fuerte,
que hizo flamear su lábaro sobre Granada,
tres civilizaciones hirió de muerte.

‎Fué talvez un arcano grave y profundo,
de confusas grandezas y sombras lleno,
el que fundió en la raza del Nuevo Mundo
al indio, al castellano y al sarraceno.

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