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Los clowns
| Vilanos Los clowns escrito por Jacinto Benavente |
| Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹) |
- Tis meat and drink to me
- to see a clown,
- (Shakespeare.)
En la precedente frase de Shakespeare tienen los clowns la mejor ejecutoria; como en las obras del mismo excelso autor, ilustre abolengo. Clowns figuran en casi todas ellas, y por boca de clowns expresó Shakespeare quizá lo más profundo de su filosofía, con irónica suavidad, con burlona tristeza, con bufonesca fantasía, con ese humor que pudiera simbolizarse en una lágrima, sorbida por una sonrisa.
Con la primavera, himno pagano de la Naturaleza, entre los espectáculos artísticos primaverales, pobre y atenuada imitación de espectáculos paganos, corridas de toros y juegos circenses, vuelven los clowns todos los años, y sin sus chillidos, sus volteretas, sus colorines, algo le faltaría a nuestra primavera.
El circo tiene fieles aficionados y grandes admiradores. Artistas y poetas modernos como D'Aurevilly, Richepin, Lemaitre y Le Roux, han dedicado estudios y elogios a los más célebres acróbatas y écuyères. Descartado lo que puede hallarse en esa admiración artística de rebuscado, de acrobatismo intelectual, lo cierto es que existe el arte gimnástico, y que la frase usual entre los artistas de circo, «Fulano es un talento en el trapecio», puede admitirse sin reparo. De la célebre Occeana decía Barbey D'Aurevilly: «Es un genio corporal»; y el artista más delicado, sólo con la palabra genio puede admirar cumplidamente a gimnastas y acróbatas, écuyères y clowns como los Sheffer, los Hanlon-Voltas, Corradini, Billy-Haiden y los Hanlon-Lees.
Un clown artista, un verdadero clown, es tan raro como un tenor o un gran artista dramático. Si alguno logra sobresalir, ya puede estar seguro de hacer fortuna. Hay clowns que ganan cuatro y cinco mil francos al mes.
El célebre Chadwick dejó al morir un buen capital, logrado a fuerza de piruetas y finflanes. Pero son los menos los que al cabo de una vida errante y fatigosa consiguen tan brillante resultado. Los artistas de circo, por regla general, son imprevisores; buena gente casi toda; aniñada en los gustos y en las costumbres; amantes de la toilette, de la pedrería vistosa, buena o falsa; bebedores, jugadores y no muy enamorados, sin duda porque el amor es fuerza nerviosa, y sabido es que la fatiga muscular es el mejor calmante para los nervios. Se casan muy jóvenes, como los soberanos, por razón de Estado; son dos sueldos más que dos corazones que se unen. Contra la opinión vulgar, asesorada por escritores sensibleros, son padres cariñosísimos, y cualquier niño de buena familia, atormentado por maestros, ayos y padres vanidosos, es más digno de compasión que los chicos de circo.
Es una gente digna de estudio, una raza especial, como los gitanos, sin patria, sin carácter de nacionalidad, políglota, cosmopolita, y con todo ello conservadora de tradiciones inmemoriales.
El circo vive de la tradición. Romper moldes en cualquier ejercicio gimnástico es más difícil y causa mayor alarma que romperlos en el teatro. Circos hay que rinden culto al clasicismo y desprecian a los innovadores, a los truquistas efímeros; números de sensación durante una temporada, pero que no permanecen como los clásicos.
Billy-Haiden, los Hanlon-Lees, fueron creadores geniales; pero «El muerto y el vivo» y «La mariposa» son intermedios cómicos eternos, como Hamlet y La vida es sueño.
El público de buena fe no acude al circo por el artista, sino por el ejercicio. «La del caballo», «la del alambre», «los payasos.» Así designa a los artistas, sin tomar en consideración los nombres que en el programa figuran. Para ese público el circo es los caballitos, aun cuando no haya ningún caballo. Y para gozar verdaderamente en el circo, no se debe asistir a él en día de moda, sino por la tarde; no como artista rebuscador de sensaciones o símbolos, sino como pueblo, como niños, para confortar la otoñada de nuestro corazón avejentado, con las ritotadas infantiles, frescas, primaverales; las risas que en nosotros murieron para siempre, y sólo en dulce sonrisa de bondad podremos lograr ver reflejadas si, ya que no tenemos alegría propia, sabemos alegrarnos con la alegría de los demás; como los padres y los abuelos cariñosos que en los palcos del circo, guarnecidos de cabecitas sonrosadas, rientes, luminosas, asoman entre ellas los rostros fatigados, rugosos, sombríos de ordinario, esclarecidos entonces por un reflejo de la infantil alegría de los pequeños, esa alegría que nunca vuelve, esas risotadas frescas, infantiles, primaverales, que son el mejor aplauso para los payasos del circo.
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