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Los réditos

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Vilanos
Los réditos
escrito por Jacinto Benavente
Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹)


LOS RÉDITOS


‎ Baja y estrecha, de corle irregular, era boquete más que puerta la que daba paso desde la tienda al interior obscurísimo, húmedo, oliente a cueva. La luz que llegaba expirante por la puerta vidriera de la tienda, desvaída en lobregueces de callejuelas desamparadas del sol y del aire, al llegar al boquete moría toda, como tragada por invisible dragón monstruoso.


‎ Allí, bajo el dintel mismo, donde la luz moría, se sentaba Juana a coser, y su carita delicada, al recoger los reflejos expirantes de la luz tenue, parecía flor nacida en la claraboya de un calabozo, transportada por vendavales y arraigada en el cerco para ser alegría y luz de la mazmorra por divina piedad.


‎ Juana era hija única de doña Rosa, dueña actual del establecimiento, y las dos pasaban la vida sin salir de la tienda: la madre, en el mostrador, con atención activa y diligente a los negocios; la hija, afanada en la costura o divertida con algún libro de novelas. Hablaban poco una con otra, sin sostener jamás conversación seguida, no por despego o mal humor; era un silencio afectuoso el suyo en que hallaban calor mil pensamientos de cariño. Entre trato y trato cerrado y partida asentada, volvíase la madre a mirar a la hija como si quisiera decirla con la mirada: «¡Todo por ti, hija mía!» Pero Juana, con triste sonrisa, parecía contestar reprendiéndola: «¡Qué mal haces!»


‎ De las paredes y del techo colgaban mantones, chales, pañuelos, mantillas, en apretada hilera, confundidos los vivos colores de bordados, flecos de seda, encajes y madroños; en vitrinas resguardadas por alambreras, alhajas esparcidas, algunas destacándose en sus estuches, en todas empolvadas las luces de las piedras, ennegrecido el oro de la montura. Por los rincones, fardos de ropa, un enorme montón de colchones, otro de mantas; miseria almacenada.


‎ Sólo la mirada de doña Rosa podía dominar, sin trastornarse, aquel desbarajuste aparente, algo así como alijo de saqueo, o salvamento de naufragio o de incendio. Ella sólo, de una ojeada llevaba al día, sin acudir al libro, cuenta de las entradas y salidas; que la prenda más insignificante cambiara de puesto, no se escapaba por eso a sus ojos de ave de rapiña, escudriñadores de la presa. En el barrio era una institución el establecimiento de Mercacho: Mercacho era el apellido del fundador, el difunto marido de doña Rosa. A doña Rosa no todos la llamaban así en el barrio. Los comerciantes más viejos de los alrededores la sonreían al pasar y la llamaban Rosita, como a conocida antigua; las mujeres, con menos cariño, en conversaciones particulares y comadreos la llamaban siempre La Rosa; sólo la gente nueva la conocía por doña Rosa. Era que unos la conocieron moza garrida, al servicio de la primera mujer de Mercacho; la recordaban cesta al brazo, pañuelo a la cabeza, eso si, con el mismo aire señorial de ahora, con abanico de concha y plumas en la mano y mantilla de encaje a la cabeza. Otros, recién establecidos en la calle, no se interesaban por ella como los que la vieron subir paso a paso, escalón por escalón (fregándolos uno a uno, decían las vecinas); la veían asomarse rara vez a la puerta, salir de tarde en tarde con su hija, y como doña Rosa la aceptaron y la conocían, juzgando que, a sus años, maternidad, y señorío sentaba muy bien el rotundo doña.


‎ La fama del caudal de doña Rosa era tanta como la de su avaricia. «¡Y vea usted qué cambio!», murmuraban las comadres en sus tertulias portaleras. Cuando la Rosa entró al servicio del matrimonio Mercacho, y después, cuando él, viudo, la confió el manejo de la casa, y cuando, por fin, instada, perseguida con loca pasión por el amo, consintió, entre desdeñosa y resignada, en ser dueña y señora efectiva de todo, contábase que era de corazón tan compasivo, tan blanda y tan sensible para los desgraciados, que era para ella continuado martirio el triste espectáculo que a todas horas ofrecía el establecimiento. La trata despiadada, el regateo al céntimo con los infelices que, al despojarse de la última prenda, se aferraban a ella, defendiéndola por una peseta, un día más de engañar al hambre, era para Rosa insoportable vista. Más de una vez salió de la tienda corriendo desalada en pos de algún desgraciado, y de su pobre salario le socorrió compasiva con toda la efusión de su alma, ¡del alma, si!; por cierta corre la historia extraña.


‎ Fué a los pocos meses de su boda cuando bajó una mañana a la tienda. Ni de pasada se detenía en ella; no quería ver ni saber nada de lo que allí ocurría; casi fué cláusula del convenio matrimonial la de no entender para nada en lo de abajo; fueron sus palabras, y lo de abajo significaba, en efecto, para ella algo muy bajo, muy obscuro, muy sucio. Pero aquella mañana Mercacho tuvo que salir sin remedio con el único dependiente, citados los dos a declarar en una causa; por lo forzoso del caso consintió Rosa en bajar a la tienda, pidiendo de todo corazón que no viniera nadie en aquellas horas y que las horas volasen.


‎ La petición de Rosa no fué atendida. Un haz de luz entró de soslayo al entreabrirse apenas la puerta para dar paso angosto a un hombre que dejó sobre el mostrador un hatillo miserable. Lo que Rosa temía; ni mirarlo quiso; tentada estuvo de echar a correr escaleras arriba.


‎ — ¿Me hace usted el favor de ver esto? — suspiró una voz triste, doliente, con humildad de mendigo y dulzura de moribundo.


‎ Rosa alzó la vista, y presurosa, balbuciente,


‎ — Vuelva usted luego— le dijo—; no está ahora el amo.


‎ El hombre no contestó; volvió a anudar las puntas del pañuelo que envolvía el hatillo, lo recogió bajo el brazo y fué a salir cuando Rosa, antes de que llegase a la puerta, exclamó de improviso:


‎ — Espere usted.


‎ Rosa escuchó toda la historia sin alentar, fijos los ojos en los ojos sin lágrimas de aquel hombre. Para contar sin ellas tan triste historia, fuerza era que no quedasen lágrimas en sus ojos. Una madre ciega, impedida; una hermana enferma del pecho, y él, solo, desamparado, entre dos egoísmos de mujeres enfermas, aferradas a él con la desesperación arrastradora del ahogado. Y comenzó la lucha a los veinte años, cuando murió su hermano mayor, sostén de la familia. Él, solo, hubiera podido intentar empresas, aventuras y marcharse a América, jugarse la vida y ganarla o perderla, pero ni su vida era suya; con previsora cobardía tuvo que defenderla y guardarla, porque su vida era la de su madre, la de su hermana, desvalidas, inútiles, y al fin cayó rendido, anonadado, herido de muerte en la lucha. Aquella mañana había expirado su hermana; para pagar el entierro había recogido las ropas de la muerta; allí estaban, un envoltorio de harapos; no había más en la casa.


‎ Cuando volvió su marido, Rosa buscó un pretexto para salir, y se fué allá y vió el cuadro por sus propios ojos, y dejó el pan de aquel día asegurado y rezó ante el cadáver, tendido en el suelo, alumbrado por una lamparilla de aceite, y lloró abrazada a la triste madre, la pobre anciana de ojos sin luz, sumida en la noche eterna de sus días negros.


‎ Volvió otro día y otro, y llevó, más que limosna de pan, limosna de amor.


‎ Si Mercacho cayó en la cuenta fué... por las cuentas; a no tener su explicación en números, Mercacho no hubiera dado en la causa de las preocupaciones y tristezas de Rosa; pero la criada fiel le sisaba de señora con descaro inaudito.


‎ ¡Qué cuentas las cuentas de la plaza! El señor Mercacho estaba muy ciego por su Rosa; más que mirarla, dijérase que la sorbía con los ojos, aspirando libidinoso la fragante frescura de la moza; pero aquel embrollo de cuentas y aquel acabarse el dinero al mediar del mes y aquel entrar y salir a cualquier hora y volver cabizbaja y no pegar los ojos en toda la noche, era para poner en cuidado a cualquiera, así estuviera tan ciego y tan enamorado como él lo estaba de su Rosa.


‎ La explicación retardada un día y otro por temeroso remordimiento, le pareció entonces a Rosa lo mejor para justificar sus inquietudes, sus tristezas, lo raro y anormal que su marido había observado en ella. Pero al aclarar la situación aclaróse la culpa. Mercacho, ni por un momento iluso, rechazó en conciencia la idea de una paternidad hartos años deseada para lograrse al cabo de ellos. Tremenda fué la escena. Rosa afrontó con altivez los cargos del ofendido esposo; ella misma pronunció la sentencia: saldría para siempre, no había más que hablar, y arrogante, impasible, apartando a Mercacho con la actitud y con la mirada, salió de la casa, de la tienda, y se fué calle abajo sin vacilar, como si de mucho tiempo tuviera pensado lo que había de hacer cuando llegara el caso.


‎ Y alegre, ligera, corría, desoprimido el corazón, libertado de un peso angustioso: no más cohibiciones, no más miramientos, no más repugnancias; pobre otra vez, pero libre, libre para ser toda del pobre adorado, del miserable sin amor; para él su vida toda, trabajar para él, ¡qué gustoso trabajo!; padecer por él, ¡qué dulce padecer!


‎ Ni balbucir una palabra pudo al llegar sin aliento a los brazos del triste enamorado; se arrojó en ellos alocada, convulsa, con esa alegría nerviosa, desahogo del miedo, hipo de llanto y risa.


‎ Choque terrible, desmoronador, el de su arranque apasionado contra la serena frialdad del hombre aquel, endurecido en el sufrimiento, encariñado con la tristeza. Nadie sabia mejor que él cuánto costaba sobrellevar una existencia miserable, hora tras hora de luchar sin descanso; lejos, lejos de allí, para salvar siquiera el recuerdo de aquel dulce carino.


‎ Sin vida quedó Rosa al escucharle; tambaleándose volvió a la calle, esta vez a la ventura, no queriendo pensar siquiera adonde iría, errante horas y horas. El cansancio corporal rindió, por fin, su espíritu; resolvióse el tumulto de pensamientos en uno solo fijo: ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Ya ni sostenerse podía; cuerpo y espíritu cayeron en torpe embotamiento, y la vista turbada, los pies arrastra, sin voluntad, como idiota, llegó a la tienda, y sin una mirada, sin una palabra, fué hacia el rincón más obscuro y cayó en él, rendida, anonadada.


‎ Convaleciente ya, quisó Mercacho imponer su autoridad de señor y dueño; pero Rosa, repuesta, firme, cortó con valentía el discurso. No había más que hablar; tomarlo así o dejarlo. Se iría para siempre si se hablaba más de lo pasado. Mercacho se tragó una buena mitad de la homilía, y no sin trabajo, según el gesto de atragantado con que retorció la cara convulsa.


‎ El mismo gesto con que a los pocos meses se retorció agonizante, ahogado por una congestión pulmonar. En vísperas de madre quedó Rosa dueña de un respetable caudal y de un establecimiento en las mejores condiciones para acrecentarlo.


‎ Y desde aquel día, dijérase que también había heredado el espíritu de Mercacho, o que el ambiente de la tienda informaba el espíritu de los dueños sucesivos. El día se pasaba detrás del mostrador con la chiquilla en brazos, contratando con pasión, con saña, con ferocidad que puso espanto en la parroquia ordinaria y admiración en todo el barrio. Pero los negocios prosperaban, y Rosa, detrás del mostrador, como ave de rapiña en campo de batalla, agrandábase hasta lo simbólico; opresora vengada de la opresión, humillada triunfante a su vez, y a su vez oprimiendo y triunfando sin misericordia.


‎ La hija de sus tristes amores era en la tienda sombría como en el alma de Rosa la única luz y la sola alegría. Cerca de su madre siempre, tenía miradas de compasión para todos los desdichados, y parecía que todas las tristezas compadecidas por su corazón, al pasar por él, dejaban en su carita de ángel bizantino una caricia de palidez, de muerte.


‎ Insistió Rosa con los médicos por saber la verdad, presentida entre inquietudes y sobresaltos, al atisbo siempre por sorprender en la actitud o en la expresión de su hija un desfallecimiento, un abandono del espíritu, difíciles de sorprender, porque el espíritu enérgico contrarrestaba los quebrantos de la enfermedad.


‎ Tampoco Rosa desmayó abatida; más bien se rehizo al perder la esperanza, y se aprestó a luchar con la muerte día por día. Consultó con médicos afamados y con charlatanes embaucadores; no satisfecha con los remedios probados, exigíales que inventaran alguno infalible, maravilloso.


‎ Su hija se moría lentamente, y era el caso que Rosa, dura para la tristeza, traducía el disgusto en mal humor, en rabia, y sin querer se mostraba cruel con su misma hija, y despiadada para cuantos llegaban a tratar con ella en aquellos días. Los frecuentadores de la tienda estaban horrorizados; doña Rosa no se hacía cargo de nada; era imposible tratar con ella, y era verdad; en todo el día no se oía en la tienda otra cosa que altercar en diálogos acalorados por este estilo:


‎ — Dé usted alguna cosa más, señora; usted no ha reparado.


‎ — ¿Qué quiere usted que yo le haga? No puede ser más; si no le conviene a usted lo deja.


‎ Y el altercado acababa entre insultos y lloros, y cada uno era golpe mortal para la pobre niña enferma.


‎ Y a pesar de ello se obstinaba en bajar todos los días, aun en los más fríos del invierno, cuando su madre procuraba por todos los medios que no saliera de su cuarto, que no se levantara de la cama.


‎ Fuera, venteaba con furia un resoplido de aire frío, aire de nieve; aulló como lobo hambriento al empujar la puerta vidriera contenida contra el empuje del viento aullador por la mano templona de un pobre viejo que apareció en la puerta, envuelto en una bufanda hecha jirones, de pardos remiendos, que el viento sacudía.


‎ — ¡Buen tiempo para los pobres! — refunfuñó el viejo.


‎ — Cierre usted pronto, ¡por Dios! — le gritó doña Rosa angustiada, pasando del mostrador presurosa y ayudándole a sostener y cerrar la vidriera.


‎ Era tristísimo el aspecto del viejo, viviente ruina humana; miseria, miseria era la única expresión descifrable en su semblante. Imposible percibir en él un rasgo luminoso de bondad atractiva, ni tampoco repulsivo cariz de hombre malvado; los años y las penas habían escrito y borrado mucho en aquel rostro, y años y penas era lo único que podía leerse en él de corrido.


‎ Rosa, disgustada por la obstinación de su hija en levantarse de la cama y bajar a la tienda en mañana tan cruda, estaba de un humor de huracán, como el día, y apenas se encaró con el viejo, levantáronse en ella impulsos despiadados de mortificar, de caer sobre alguna víctima como sobre ella caía la pena de ver morir a su hija sin esperanza. Sería para los demás como Dios era para ella, inexorable. Para salvar a su hija, no queriéndolo Dios, ella nada podía; para atenazar un corazón humano como Dios atenazaba el suyo, podía ella tanto como Dios, y con rabia diabólica,


‎ — ¿Qué quiere usted que le dé por esto?— preguntó desabrida, como quien no espera contestación.


‎ — Lo que usted quiera, señora — replicó con humildad el viejo —. Ando de un lado a otro toda la mañana. ¡Si usted supiera!...


‎ Pero doña Rosa no quiso saber nada. ¡Historias de lástimas! Todos las tenemos. A Dios con ellas. Que se hundiera el mundo. Y en vano ponderaba el viejo suplicante las excelencias de la prenda en trato; ¡la necesidad perentoria!... Doña Rosa no le escuchaba siquiera, se ensañaba más a cada palabra de súplica, le volvía la espalda, y sin mirarle le despedía con frases durísimas. Y salió el viejo hablando consigo mismo entre suspiros:


‎ — ¿Dónde voy ahora! ¡Válgame Dios!... ¡Qué día!... — Y al salir y cerrarse de golpe la puerta, todavia el viento huracanado, al resoplar con violencia por la tienda, gimió con el último suspiro del viejo miserable.


‎ Y apenas había puesto los pies en la calle, pasó Juana del mostrador, y sin dar tiempo a que su madre la detuviera, abrió la puerta y se asomó ansiosa, decidida a salir, si su madre, ya repuesta, no hubiera acudido a sujetarla.


‎ — ¿Adonde vas, muchacha? ¿Qué te ha dado?


‎ — ¡El viejo, pobre viejo! Déjame salir; llámale. Que vuelva.


‎ Comprendió Rosa y quedó aterrada; el mismo arranque compasivo suyo. ¡Cuánto tiempo! ¡Cuántas cosas en tanto tiempo! Ella no era la misma, y en cambio su hija, la hija de aquel amor desdichado, sí era ella, ella misma, la de quince años antes, compasiva y amante. Y el viejo aquel... no, no era el padre de Juana, no podía serlo; pero el impulso irresistible que había estremecido el corazón de la niña enferma era, sin duda, misterioso aviso del corazón, revelación del alma en hora suprema.


‎ Y a su vez Rosa con súbito arranque:


‎ — Espera, hija mía, y no cojas frío — la dijo, y salió calle abajo presurosa. Juana dió un grito de alegría y quedó impaciente, nerviosa, en espera de su madre.


‎ Media hora larga tardaría en volver, descorazonada. Por más que había corrido no pudo dar con el viejo; no sabía cómo había podido perderse tan pronto. Había preguntado, había mirado en otras tiendas, en la casa de comidas próxima; nada, como si se le hubiera tragado la tierra. No había que pensar más en él. Pero, a pesar suyo, en él pensaba Rosa y también Juana. La madre, dominada por el tenaz pensamiento, luchaba por desecharle; parecíala cosa del otro mundo aquello, algo inexplicable y sobrenatural. Tuvo miedo, y sintió que la entereza de su espíritu se desmoronaba.


‎ Juana se agravó por la noche, acometida de altísima fiebre con delirio. Presintió Rosa que amanecía un día muy triste para ella, y nunca deseó más que amaneciese, acosada durante la noche de punzantes remordimientos y propósitos de expiación. Al clarear decidióse por fin; era preciso compensar de algún modo el daño irreparable; el agravarse aquella noche su hija era castigo de Dios, sin duda.


‎ Apenas de día, bajó a la tienda y esperó ansiosa que llegase alguien, alguien muy pobre y miserable, el viejo mismo, una infeliz mujer, alguna pena que aliviar por grande que fuera. Verían de lo que era capaz su corazón, endurecido a pesar suyo; de nuevo fluían en él raudales de caridad y amor que volverían salud y alegría a su hija, y harían alegrarse a los ángeles del cielo.


‎ A la tarde despejóse Juana de calentura y pareció animada de nuevas fuerzas, y loca de júbilo, radiante de fe, no dudó Rosa en atribuir la mejoría a la virtud de sus obras de caridad.


‎ Breve ilusión; al caer de la tarde quedó Juana adormecida, sin habla, sin sentido, con plácida expresión, caídos los párpados sobre los ojos, como recreada en contemplación interior. Y así murió, sin agonía, sin estremecimiento, sin estertor, muerte inmaterial, como la sonrisa muere en los labios al pasar por la frente un pensamiento triste.


‎ Arreció aquella noche la ventisca; aullaba el viento como manada de lobos hambrientos, y Rosa, sentada al pie del ataúd, daba diente con diente, estremecida de terror y de frío. De vez en cuando se asomaba por las ventanas entornadas para ver si era posible que al fin amaneciera, después de aquella noche eterna. La calle estrecha estaba obscurísima, y sobre el fondo negro de la noche reflejaban los vidrios, empañados de escarcha, las luces temblorosas de los cirios y la forma borrosa del cuerpo, amortajado con hábito blanco y una cruz de marfil entre las manos.


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