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Los viajeros

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Los viajeros
escrito por Ricardo Jaimes Freyre
Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹)


Á la Risa dije: "Enloqueces;... y al Placer:
"¿De qué sirve esto?... Eclesiastés.


I

‎Anthropos, trovador y caballero, hizo edificar una ermita en la falda de una colina.

‎Y abandonó su castillo (en la puerta de su castillo, había cadenas de hierro, real honor), y llevó á la ermita la indiferencia de su corazón.

‎Porque en su espíritu había crepúsculo, así cuando la Primavera reía en las hojas rojas de las rosas, y en la nieve de los jazmines y en la albura húmeda de los lirios, como cuando el Estío hacía cantar á las cigarras entre las hojas, y el Otoño tornasolaba las uvas en las viñas, y el Invierno guiaba sobre la tierra sus tristezas frías y blancas.

‎Pero la soledad no habló á su oído esas suaves y consoladoras palabras que han escuchado todos los solitarios: «Oculta bajo las alas del Tiempo, vive la Esperanza.»

‎Y escribió en un muro : «En el lugar en que cayere el árbol, allí quedará.»

‎Desde la ventana de la ermita, por entre la fronda, iba su mirada al camino zigzagueante al pie de la colina. El sol hería los rostros de los viajeros, ó la lluvia caía sobre sus cabezas, ó la nieve blanqueaba sus hombros, ó la bruma los envolvía con mantos fantásticos. Anthropos los veía espolear sus caballos y pensaba: — Van al amor; van á la ambición; van al miedo.


II

‎Una noche llegó un viajero y le pidió hospitalidad.

‎Era una noche tempestuosa y sonora. Las tinieblas se aglomeraban en las copas de los árboles y se dispersaban bajo los relámpagos ó huían de los ecos del trueno en las hendiduras de las rocas. El viajero tenía noble y severo aspecto; en sus ojos había tristezas profundas.

‎Anthropos le cedió su lecho y esperó la aurora, mirando por la ventana abierta el descenso de las serpientes luminosas. Pero he aquí que rayó el alba y vió que el huésped estaba muerto; y en sus ojos abiertos no había tristeza, sino infinita paz.

‎Y murmuró: Tal vez la muerte...

‎Sobre el corazón del viajero halló un pequeño pergamino que decía: «Señor, mi rey; vuestro enemigo ha dicho: cualquiera que me entregare el cuerpo de mi enemigo, será grande delante de mí.»

‎Anthropos supo entonces que el viajero era un rey vencido.

‎Y puso el cuerpo del muerto sobre sus hombros y subió á la cumbre de la colina, abrió un hoyo y allí lo enterró.

‎Y volvió á su ermita, y por la ventana abierta siguieron sus miradas el vuelo de las aves gozosas después de la tempestad.


III

‎Fué en otra noche lóbrega y triste, cuando un viajero llamó á la puerta de la ermita. Sus ojos eran sombríos y su aspecto sórdido.

‎Anthropos le cedió su lecho y esperó la aurora, mirando por la ventana abierta los negros hilos de la lluvia que doblaban las hojas de los árboles. Cuando rayó el alba, el viajero dijo: «He aquí que yo sé que un tesoro está enterrado bajo tus plantas.»

‎Y Anthropos no miró siquiera á sus plantas, sino que dejó ir al viajero y lo olvidó.


IV

‎Y fué en otra noche obscura y silenciosa, cuando oyó llamar á su puerta. Y abrió la puerta y entró una mujer. Jamás en los ojos de Anthropos esplendió la belleza de tan deslumbradora manera. Diríase que en los labios de esa mujer dormían caricias infinitas y en sus ojos atormentadoras y extrañas voluptuosidades. Anthropos miró entonces hasta el fondo de su propio ser, y su ser estaba frío como un muerto.

‎Y esperó la aurora, mirando por la ventana abierta la espantosa lucha de las tinieblas en el cielo. Y cuando llegó la aurora, vió que la mujer era ida y el lecho estaba vacío. Entonces se recostó en el lecho y no sintió el suave calor que había dejado en él el cuerpo de la mujer. Y mientras su espíritu seguía los caminos misteriosos que conducen á mundos desconocidos, sus labios balbuceaban: tal vez la muerte...


V

‎Una mañana dormía Anthropos bajo un árbol y descendió una ave del cielo y le devoró los ojos. Se hizo la noche en torno suyo; pero la noche no era más amarga que el día. Desde entonces llegaron á su oído con mayor intensidad los gemidos interminables del viento en el espacio sin límites.


VI

‎Pasaron muchos años. Muchas veces las hojas de los árboles fueron arrastradas por los vientos del Otoño y muchas veces la Primavera hizo renacer las hojas de los árboles; pero en el corazón de Anthropos no renacían ni la alegría ni el dolor, ni el temor ni la esperanza.

‎Y fué en una noche maravillosa cuando apareció en la ermita el último viajero.

‎Era una noche maravillosa del Estío. Por entre las ramas de los árboles, la luz de la luna era como una larga mirada clara y consoladora. Reía el arroyo al pie de la colina y erizaba su dorso de escamas argentinas. Había en el ambiente alegrías nupciales y por la tierra y por el cielo pasaba un soplo del Infinito Bien.

‎El viajero tenía el rostro suave y pálido, y profundamente doloroso. Un rayo de luna, deslizándose entre la fronda, caía sobre su cabeza y se enredaba en sus cabellos negros. En sus ojos extraños, la mirada parecía venir de incalculables lejanías. Sus labios murmuraron:

‎— Te traigo la paz.

‎Entonces sintió Anthropos que la indiferencia de su corazón se deshacía como la nieve bajo el sol. Y penetró el espanto en su alma y sudor de angustia cubrió su frente, y chocaron sus dientes y se apartó la carne de sus huesos y emblanquecieron sus cabellos.

‎Y Anthropos murió de terror.


‎Buenos Aires, Junio de 1900.


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