La visión del último día de Arturo Jiménez Pastor
La humanidad entera se agrupaba acongojada en aquella pavorosa tarde del último día del mundo, semejando apretada grey de ovejas medrosas sobrecogidas de temor ante el solemne misterio de la tormenta; y todos los ojos, dilatados por la inquieta ansiedad de la zozobra, miraban con la mirada magnética del terror mudo un cielo cerrado y amenazante, como secreto terrible, que oprimía el universo con la profunda lobreguez de su cólera silenciosa.
El sol se había ocultado, después de un día candente, entre los cúmulus pesados y sangrientos del ocaso, como ascua de plomo caldeada por la gran inflamación de un crepúsculo caliginoso y turbio de tempestad; tras aquella atormentada agonía de la tarde había ido cayendo la sombra sobre el mundo con peso de lápida de tumba, y, en las angustias del sagrado terror de la muerte, los labios pálidos balbuceaban temblando una oración, la pobre oración de los débiles ante la imponente amenaza de la naturaleza irritada.
Y así se pasó mucho tiempo, notando las iras de lo ignoto sobre los mundos humillados; mucho tiempo del que corre en el gran silencio de la eternidad.
Después, cuando los celajes sangrientos del ocaso fueron negruras siniestras, borrones de noche sin aurora, tras un lampo deslumbrador y rápido que pareció pestañeo del cielo, otros mil relámpagos inquietos y breves surcaron el espacio entrecruzándose con veloz culebreo como red de nervios de luz en el fondo revuelto del infinito, siempre en silencio, silencio largo de pesadilla, hasta que de pronto, sacudiendo con su estrépito la inmensidad cual si se resquebrajara entera la gran bóveda sin fin, resonó el horrible chasquido del primer rayo, el único rayo de aquella gran cólera del misterio, violento, recio, con estridencias secas de imprecación.
En la tierra todo había sido, y ya muerta, llena de misteriosas lobregueces, bogaba en la tumba sin fondo del infinito, silencioso otra vez con el silencio augusto y total de las noches siderales.

