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Ronda

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Ronda
escrito por Godofredo Daireaux
Publicado en el « Almanaque Sud-americano para 1901 » ~ Ortografía original. ~ (¹)



‎El otoño, en la Pampa, es divino. El pintor encuentra cierta dificultad para traducir con el pincel lo que ve su ojo. El cielo es demasiado azul, la tierra es demasiado verde, el sol demasiado dorado; el horizonte y el cielo no se confunden, sino que están netamente cortados uno de otro, aunque se toquen.

‎Para facilitar al artista la tarea, elijámosle un paraje algo quebrado, como los hay: con unos médanos lejanos, tres ó cuatro montes desparramados en la llanura, de esos montes que parecen indicar grandes estancias; que, al caer el sol, parecen enormes, dando casi la idea de selvas impenetrables, y que, cuando uno llega cerca de ellos, ve que se reducen, modestos, á diez sauces alrededor de un rancho, y á una cuadra cercada de álamos.

‎Pongámosle también un alambrado, con postes algo torcidos, una lagunita, redonda, clara, reluciente como un espejo. ¿Qué más?... ¡Con todo, Señor, este cielo parece mancha!

‎Para pintar el cielo argentino con verdad, y sin que se ría la gente, no basta el talento, se necesita genio. Y para que á nuestro pintor no le salga un mamarracho el cuadro, le alcanzaremos cuarta, permitiéndole aprovechar esta columna liviana de humo, de una quemazón muy lejana que, ligeramente, encapota de gris un rincón del cielo.

‎Ahora que dejó éste de ser demasiado azul, coloquemos en la llanura, para que deje de ser demasiado verde, una punta de vacas coloradas y rosillas, como buenas mestizas que son, que pacen, desparramadas, ó duermen echadas, ó toman agua.

‎Un caballo ensillado, soñoliento. Inmóvil, parece que es el único que las cuida. Pero, no, pues del cabestro que cuelga, lo sujeta un hombre, perezosamente echado de bruces, perdido entre el trébol florido.

‎No duerme; no puede dormir; está de ronda. Lo ha conchavado por día un resero para que le tenga á pastoreo esta puntita que ya compró, hasta que traiga otra que salió á buscar. Si cumple bien, fácil es que lo lleve con la tropa, y la perspectiva de este viaje, productivo á la vez que agradable, le tiene con los ojos abiertos y la imaginación agitada.

‎De cuando en cuando salta en el pingo, da una vuelta despacio, repuntando las vacas, y se vuelve á estirar en el suelo, de espaldas esta vez, con el cigarro prendido.

‎¿En qué podrá pensar, solo, todo el día? — ¿Pensará? — ¿Os oirá:

Mouches qui murmurez d'ineííables paroles
A l'oreille du putre assoupi dans les fleurs?... [1]

‎¡Ay! las moscas son mosquitos y las espanta. Pero es joven, está lleno de salud y de fuerza, y, despierto, sueña en todo lo que puede tener atractivo para su alma simple de buen gauchito.

‎Sueña con cierta chinita, con la que está medio apalabrado, desde la otra tarde, que entre dos retortijones á una camisa que estaba lavando ella en la batea, le dijo sonriendo: «Pregúntelo á mamita.»

‎No preguntó él nada á mamita, y queda pensando que muy bien podría la moza contestarle ella misma. Y piensa también que si va con la tropa, ganará bastantes pesos para traerle de reg-alo un lindo pañuelo de seda, lo que, muchas veces, ablanda los corazones y vence las resistencias.

‎Pero también se acuerda de que si se va con la tropa, deja el campo libre á don Antonio Moreta, que anda dándole vueltas á la chica; y este pensamiento amargo le hace fruncir el ceño y bajo su tez morena asoma la sangre roja.

‎— «¡Bah! — dice casi en voz alta. — ¿Qué va á hacer ese chueco?»

‎Con todo, queda con la pesadilla.

‎Pero pronto cruza por su imaginación el recuerdo del parejero alazán que dejó en el rancho al cuidado de su hermano menor. Y una inquietud arrea la otra.

‎«¿Quién sabe si el muchacho no va á querer compadrear con él y me lo manca?»

‎Y del parejero fácilmente pasa á pensar en un gaucho medio loco, Silverio Montana, que le quiere correr seis cuadras y á quien se la va á g-anar robada.

‎Se ríe, y brillan sus ojos al acordarse de un tirador todo lleno de adornos de plata, que justamente Silverio empeñó en la pulpería y dejó fundir; que el pulpero le ofreció mitad al contado y mitad fiado, y que es muy capaz de comprar con la misma platita que le va á ganar en las carreras.

‎Y, alegre con la idea, salta á caballo, da su repunte y vuelve á sentarse en el suelo, y deja seguir bailando en su cabeza el amor, la pasión á las carreras, la coquetería, los celos, el deseo de viajar, el temor de irse. Pasan despacio las horas...

‎Y durante todo el día, ha sentido el intenso goce de vivir, bañado en luz caliente, respirando un aire puro y completamente feliz, en alegre paisaje...


Buenos Aires, Junio de 1900

  1. ↑ Víctor Hugo. Moscas que susurráis palabras inefables al oído del pastor amodorrado entre las flores.


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