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Toda una juventud
| Toda una juventud escrito por Arturo Jiménez Pastor |
| Publicado en el libro « La joven literatura hispanoamericana » del año 1906 ~ Ortografía original.~ (1) |
— Una gringuita, ché, que en Roma hubiera sido boccato di cardinale y que aquí va á ser bocado de este cura, si no se descompone el juego, dijo Felipe Contreras apurando su vaso con algo de la fruición premeditada é indiferente con que se disponía á saborear la presunta víctima que describiera por medio de aquella figura de verdadero gourmet del sensualismo.
Estaban tomando el « San Martín » en las mesas al aire libre de uno de los cafés de la Avenida de Mayo, y la conversación sobre mujeres había surgido como evocada por las insinuaciones cálidas de una plácida tarde de los últimos días de verano, que iba descendiendo con beatitud de suprema paz, en suave cadencia de tonalidades pálidas, sobre la calle agitada por el reflujo que determina la cesación del trabajo del día; los plátanos dormitaban ya en toda la extensión de la Avenida, invadidos por la silenciosa lasitud del crepúsculo, y el movimiento de los carruajes, activado por el regreso de los ocupados y por la afluencia de los paseantes en continuo ir y venir, llenaba el aire de impalpable polvillo estremecido por el sordo rumor de las ruedas sobre el asfalto.
Contreras, obligado á contestar expresivamente un saludo que le hicieran desde una victoria particular, había interrumpido el relato con el sorbo de coktail, y siguiendo con la vista el carruaje, insinuaba un principio de murmuración sobre el ocupante; pero Leopoldo Navarro, otro de los que rodeaban la mesa, cortó el nuevo tema, menos sabroso que el primitivo, diciendo luego de arrojar un huesecillo de aceituna:
— Entonces, ¿cosa fresca?
— ¿Cuál?... ¡Ah, sí! — respondió Contreras volviendo á su vaso y á su cuento. — Muy apetecible.
— ¿Y cuándo la palpitaste? — dijo á su vez Tomás Duhagón, el tercero de los cinco allí reunidos.
— Hombre.... fué una mañana bien temprano... ¡Casualidad!
— Al que madruga, Dios lo ayuda.
Contreras protestó de que él no madrugaba. Había visto á la « individua » allá, en la calle Ombú, volviendo, como á las siete, después de una noche de « parranda » en uno de los restaurants de Palermo. Ella estaba recibiendo el pan en la puerta de la casa, fresca como una lechuga recién lavadita, la naricilla graciosamente sonrosada por el frío de la ablución y húmedos los crespitos de la nuca. Hacía el refrigerante efecto de una manzana frappé en comida de verano; precisamente al pasar Contreras, ella disputaba con el panadero, que por no bajar del carro pretendía que fuera á recoger el pan al estribo. Contreras, quien su « trajecito de batalla » daba libertad de acción aprovechó el momento, y arrancando de manos del bruto del panadero la canasta, llevósela á la muchacha que, sorprendida y confusa, cogió, después de corta vacilación, los panes, colorada hasta lo blanco de los ojos.
Bizarra situación fué aquélla, y con razón Felipe reía de buena gana, con su risa fuerte de hombre grande y material, al recordarla. La florescencia poética del idilio surgió allí, ante el deslavado sol de la mañana que ilumina impúdicamente todos los prosaicos detalles del despertar de la ciudad, cuando los peones de la limpieza barren los desperdidos de Buenos Aires, y entre el pasar de las cocineras que van al mercado en busca de los materiales para el vulgar guisote ó vuelven de él con la canasta cargada, asomando por los bordes la indiscreta cabeza de los ajoporros; detalles dignos del grupo principal, que formaban él con la panera de mimbre en la mano y ella con los pances en el regazo del delantal; un grupo bien poco académico pero que exhalaba poesía en el rubor y la frescura de ella, y vigorosa realidad de vida joven en toda la figura de aquel mocetón alto, grande y moreno, cuyos fuertes miembros tendían siempre á adoptar la posición de las moles de materia viva en reposo activo.
Después del encuentro, las relaciones habían seguido deslizándose como por carril. Para burlar la desconfianza de « el viejo », — Tito Araldi, antiguo inmigrante establecido con un pequeño taller de tornería, — Contreras, acogiéndose al exterior de su sencillo traje de « parranda, » resultó ser mayoral del tranvía á Belgrano, y hacía un mes que entraba en la casa como pretendiente de Agustina.
La historia había parecido interesante por sus detalles á los de la mesa; declararon que tenía rasgos graciosos y celebraron de buena gana la situación de Felipe sosteniendo la canasta de pan en plena calle.
Entretanto iba anocheciendo rápidamente: los pretiles y mansardas de los afiligranados edificios de la Avenida se recortaban en gris oscuro sobre el dorado cielo de poniente: los focos eléctricos pestañearon sus primeros destellos violáceos, tendiendo pronto su doble línea de globos de luz blanca á lo largo de la calle; aquí y allá expandió de pronto el gas en vidrieras y tiendas, difundiéndose la luz artificial como un contagio; las linternas de los carruajes corrían ya la avenida de un extremo á otro.
Había decaído la conversación en la mesa de Contreras, Duhagón, Navarro y demás allí reunidos. Contreras se levantó primero, irguiendo ante el espejo, del escaparate del café su gran cuerpo macizo que siempre descansaba sobre las piernas abiertas, piernas como columnas salomónicas, de robustas y salientes pantorrillas. Mientras Navarro pagaba el gasto, Felipe, ante el espejo, miraba con complacencia su negro bigote y su amplio pecho de atleta, más levantado aún por el bullón de la gran corbata clara.
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