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Tristíssima nox
| Tristíssima nox escrito por Manuel Gutiérrez Nájera |
| Ortografía original. ~ Publicado en Mexico, en el « Antología de poetas mexicanos » ~ (¹) |
Hora de inmensa paz! Naturaleza,
esntregada en las horas de la noche
a insomnes trasgos y fantasmas fieros,
breves instantes dormitar parece
en espera del alba. Cae el viento,
con las alas inmóviles, en tierra:
duerme la encina; el lobo soñoliento
se tiende dócil y los ojos cierra.
Es el inmenso sueño, el sueño breve
que no agitan las lluvias torrenciales,
y sólo turban, en el duro invierno,
lentas lloviznas ó menuda lluvia.
Es el inmenso sueño: paso á paso
la pantera que ha poco devoraba
a la mísera res, busca en silencio
el hediondo cubil; ya no se oye
de la culebra rápida el silbido,
y entre grandes lumbradas, que alimentan
las rajas crepitantes de la encina,
recuéstese el viajero de los bosques
al lado de su vieja carabina.
Todo reposa: por los aires huye,
tras diabólica bruja, el ágil duende;
se aproxima la luz, el mal concluye,
suben las almas y la paz desciende.
La noche es formidable: hay en su seno
formas extrañas, voces misteriosas;
es la muerte aparente de los seres,
es la vida profunda de las cosas.
Dios deja errar lo malo y lo deforme
en las sombras nocturnas: de su encierro
salen brujas y fieras y malvados;
en el dormido campo ladra el perro,
maulla el gato negro en los tejados.
Pueblan el aire gritos estridentes:
ya de infeliz mujer es el quejido,
ya el trote de caballos invisibls
o de salvaje hambriento el alarido;
plegarias, maldiciones y sollozos;
cantos de bardo; cláusulas tremendas
de indignado profeta; el grito agudo
de la aves nictálopes que pasan;
el balar de la oveja en cuya nuca
el leopardo feroz las uñas hinca;
el confuso rumor de la hojaresca
que remueve el venado cuando brinca;
choque de escobas que en el aire azotan
las malévolas brujas, y clamores
de dolientes espíritus que blotan
como cuerpos de niebla entre las flores;
todo en violento remolino sube
y al viajador errante aterroriza;
todo en el aire negro se propaga,
cuaja la sangre y el cabello eriza!
bocas sin cuerpo gritan en la sombra;
cruje la puerta de reseca tabla;
los diablos llaman, el pavor nos nombra,
el monte quiere huir y el árbol habla.
La noche es formidable: las pupilas
que en su profunda obscuridad se abren,
aparecen sangrientas en el lobo,
de amarillo color en la lechuza.
Todas despiden luces infernales
é iluminan la marcha silenciosa
del gato montaraz y los chacales,
la astuta comadreja y la raposa.
Sólo el fósforo brilla: en esos ojos
que ardientes lucen como vivas fraguas,
en los fuegos errantes de los aires,
en las ondas plomizas de las aguas.
Cuando la luz espira, el color duerme:
lo que vive en la sombra es negro o pardo,
tiene las cerdas ásperas del oso
o las manchas obscuras del leopardo.
Las plumas de los pájaros nocturnos
con la densa tiniebla se confunden,
y cual delgadas láminas, hirsutas,
en la carne se hunden.
Cuanto en la noche tenebrosa alienta
es tardo en el andar, torpe en el vuelo:
la serpiente lucífuga se arrastra;
en el alto ciprés se pára el buho;
el cuervo acecha; lo que vuela baja,
y, cautelosa, la terrible encaja
las garras inflexibles en la arena.
La noche no desciende de los cielos,
es marea profunda y tenebrosa
que sube de los antros: mirad cómo
aduéñase primero del abismo
y se retuerce en sus verdosas aguas,
sube, en seguida, á los rientes valles,
y, cuando ya domina la planicie,
el sol, convulso, brilla todavía
en la torre del alto campanario,
y en la copa del cedro, en la alquería
y en la cresta del monte solitario.
Es náufraga la luz: terrible y lenta
surge la sombra: amedrentada sube
la triste claridad a los tejados,
al árbol, a los picos elevados,
a la montaña enhiesta y a la nube!
y cuando al fin, airosa la tiniebla
la arroja de sus límites postreros,
en pedazos, la luz, el cielo puebla
de soles, de planetas y luceros!
Y con ella se van la paz amiga,
la dulce confianza, el noble brío
de quien, alegre, con vigor trabaja;
y para consolarnos, mudo y frío,
con sus alas de bronce el sueño baja.
Entonces todo tímido se oculta:
rs el establo, los pesados bueyes;
en el aprisco, el balador ganado;
en la cuna pequeña, la inocencia;
en su tranquilo hogar, el hombre honrado,
y el recuerdo impasible, en la conciencia!
Mil temores y confusos
del hombre y de los brutos se apoderan;
en la orilla del nido, vigilante,
el ave guarda el sueño de su cría
y esconde la cabeza bajo el ala;
el noble perro con mirada grave
interroga la sombra y ver procura;
los caballos piafando se encabritan
y con pavor o sobresalto evitan
las altos montesd y la selva obscura.
Si en la extensa llanada le sorprende
con su cortejo fúnebre la noche,
el potro joven a su hermano busca
y en su lomo descansa la cabeza.
Todo tiende a juntarse en esta hora,
todo en la vasta soledad se hermana,
hasta que alegre la triunfal diana
en el áureo clarín toca la aurora!
También el alma se compunge ¡oh noche!
en tu ébano profundo ¡Cuántas fieras,
a tu favor alzándose, ya graznan
como torvas lechuzas; ya semejan
endriagos fabulosos; ora rugen,
Ora con voz tristísima se aquejan,
son los sueños: habitan las cavernas
invisibles del aire, ó bien se ocultan
dentro del propio sér; la luz evitan
y para ser visibles y palpables
el fondo de la noche necesitan.
Se acercan: con sus garfios y tenazas
de retorcido bronce, allecho llegan,
y á nuestra boca, trémula de espanto,
labios helados y viscosos pegan.
Éste, iracundo, con sus pies de cabra
las sábanas araña; aquél, riendo,
muestra los agudísimos colmillos;
ése, felino monstruo, nos contempla
con sus enormes ojos amarillos.
Ya el toro rebramando nos persigue:
ya, vivos, en la fosa nos entierran;
ya, como el ave, rápidos hendemos
el aire tenue, cuando abrupto flanco
destroza nuestras alas y caemos
al fondo pedregoso del barranco.
Otras veces también, sombras dolientes
por soberano astrólogo evocadas,
pasan ante los ojos impacientes
las figuras amadas;
la madre que del seno de la fosa
nos llama, y acorrerla no podemos;
el padre ausente, la culpable esposa
que en otros brazos iracundos se vemos!
y si en el lienzo obscuro se perfila
la casta sombra de ña amada muerta,
huye el sueño veloz de la pupila,
y el dolor, sollozando, se despierta!
En medio de la horrible pesadilla
trazan, á veces, los traviesos duendes
grotesca historia, lances inconexos,
figuras que parecen retratadas
en espejos convexos.
Como frisos de gnomos que entrelazan
canijas piernas, en tumulto cruzan
enanos retozones que se abrazan
y en el aire sus miembros desmenuzan
ata nuestra garganta férreo nudo,
y entre el bullicio de la turba loca,
sentimos del murciélago velludo
las repugnantes alas en la boca.
Cuando al enfermo espíritu no asaltan
pueriles y fantásticos terrores,
basta para amargar nuestra vigilia
el recuerdo tenaz de los dolores.
En tanto que la luz el cielo inunda,
dormitan en sus celdas los recuerdos;
mas, como hileras de callados monjes
que el claustro cruzan y á rezar maitines,
calada la capucha entran al coro,
asi, ceñudos, los recuerdos vienen
cuando la noche lúgubre promedia,
y torvos junto al lecho se detienen
levantando sus cantos de tragedia.
¡Oh! con cuánta ansiedad espera el alma,
como el árbol y el pájaro, la hora
que sobresaltos y temores calma,
luctuosa madre de la rubia aurora!
también la prisionera, la cautiva
del miserable cuerpo, luz desea,
como la flor que en sótanos obscuros,
buscando la enrejada claraboya,
trepa dificilmente por los muros.
Un sosiego infinito se difunde
en alcobas y campos: el enfermo
cierra, por fin, los párpados cansados;
y la esposa, que vela diligente,
ahogando los sollozos de su pecho,
deja ya de rezar, dobla la frente,
y duerme fatigada al pie del lecho.
Todo es blando rumor: en la cornisa
la golondrina matinal gorjea,
y alegre llama á la primera misa,
cerrado está el cancel, la iglesia obscura;
pero ya se oye en la pequeña nave
la tos cascada del anciano cura
y el rechinar de la vetusta llave.
Se aproxima la luz: el gallo canta.
Pronto al primer agudo cacareo
otro en la casa próxima contesta,
y luego cien y mil: la ranchería,
las dispersas cabañas, los corrales,
elevan la sonora greguería
con que saludan el albor del día
los vigilantes gallos matinales.
A la voz de la alondra, en los encinos
los zenxontles contestan: los pinzones
con las tórtolas charlan en los pinos,
y en el fresno rebullen los gorriones.
El leñador, de cuyo fuerte cincho
el hacha cuelga, deja su cabaña;
y suena y se propaga en la montaña
de los nobles caballos el relincho.
El toro lentamente se endereza,
alza el testuz, sacude la cabeza
y prorrumpe en mugido prolongado.
Corre el ágil lebrel. Madrugadores,
se alejan los alegres cazadores
por los límites verdes del poblado.
¡Oh luz! ¡oh claridad! ¡oh sol! ¡oh día!
a tí se vuelve la creación entera!
de tu mirada brota la alegría;
de tu beso nació la primavera!
no apareces aún y ya presiente
tu aparición la tierra jubilosa;
escucha tus pisadas en la cumbre
del nevado volcán; por cada poro
quiere absorber la matinal frescura,
y en tanto Venus sus pestañas de oro
abre curiosa en la celeste altura.
No apareces aún, y todo canta!
impaciente ka vida ya despierta,
más temprano que el alba se levanta
para esperarte 'oh virgen! en la puerta.
Te precede el perfume: los jilgueros
se empinan en las ramas temblorosas,
y tus heraldos, leves y ligeros,
van derramando perlas en las rosas!
en la alcoba que aún tan sólo espías,
bocas enamoradas cuchichean,
y en los encajes de la luz que envías
almas de nuevos seres aletean.
Solícitas bajando por las lomas
a la liz del lucero matutino,
corren las brisas esparciendo aromas
en la atmósfera azul de tu camino.
Y como lluviade purpúreas flores
caída de las pálidas estrellas,
bajan sueños, no lúbricos, de amores,
al lecho virginal de las doncellas!
¡Oh luz! ¡oh claridad! ¡oh sol! ¡oh día!
la tierra, como casta desposada
que espera, en el umbral de ka alquería,
de blancos azahares coronada,
púdica y amorosa se estremece;
los níveos brazos en el pecho junta,
y con trémula voz, que desfallece,
por su amado á los céfiros pregunta.
Vas á llegar! Estremecida y muda
la novia espera en el hogar abierto;
y con voz formidable te saluda
el soberbio elefante en el desierto.
El carro solitario de la Osa
halla en el mar incógnita guarida,
y, vencedora al fin, surges radiosa
¡Oh luz! ¡oh claridad! ¡oh sol! ¡oh vida!
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