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Triunfo del amor

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Vilanos
Triunfo del amor
escrito por Jacinto Benavente
Publicado en 1918 ~ Ortografía original. ~ (¹)


TRIUNFO DEL AMOR


‎ En torno del moribundo, los afectos más cariñosos competían en solicitud, en generosidad. Los médicos habían opinado acordes, en la última consulta, que sólo un milagro podía salvarle, y como los médicos no suelen hacer milagros, al desahuciar el cuerpo sentenciado permitieron libre expansión al espíritu, aconsejando a la familia no contrariaran en nada al enfermo.


‎ Se extinguía lenta, dulcemente; no era el duro arrancarse de la vida con doloroso esfuerzo, como árbol descuajado; era desprenderse de ella con vuelo suave; era el desgajarse del árbol a la otoñada, y al desfallecer corporal mente, el espíritu animoso, como prisionero que viera desmoronarse ante su vista los muros de su cárcel, sonreía al amor, a la vida, sin temor que del mismo modo el edificio todo se derrumbara.


‎ — Quiero casarme, para que ella pueda estar siempre a mi lado, hasta que me ponga bueno del todo... ¿Verdad que no te opones, madre mía? ¿Verdad que ella no se opone tampoco? ¿Quién se opone entonces? ¿No habíamos de casarnos en cuanto yo estuviera mejor? Y ¿no lo estoy? ¿No lo veis todos? Y ¿no estaré antes mejor, cuando ella esté siempre a mi lado, como esposa mía, esposa de mi alma?... ¿Por qué no nos casamos?


‎ La situación era insostenible ante la terquedad del enamorado. Un día y otro procuraban cuantos le rodeaban dar tiempo al tiempo, animándole con esperanzas de rápida mejoría; pero la idea constante era el único pensamiento que animaba con tenacidad de locura aquella existencia agonizante. Se consultó a los médicos, y desde luego consideraron asunto particular y de conciencia el caso en que sólo debían resolver las dos familias interesadas. Los amigos tampoco acertaban a dar consejo. ¡Eran cuestiones tan delicadas!


‎ — Comprendan ustedes mi situación — explicaba la madre del moribundo—. Si yo me opongo resueltamenle a que mi hijo se case en tal estado, pensarán que lo hago por interés, porque esa muchacha no herede lo que le corresponde... Por otra parte, yo no tengo derecho a suponer que los padres de esa muchacha atiendan sólo al interés; y casar a su hija con un enfermo del pecho, con la seguridad de que ha de quedarse viuda y con probabilidades (¡no lo quiera Dios!) de que pueda adquirir la enfermedad de mi hijo... ¡Háganse ustedes cargo!... A cualquiera le doy lo que yo estoy pasando...


‎ Los amigos compadecían de todo corazón a la acongojada señora.


‎ Los padres de la novia no andaban menos desconcertados.


‎ — Ya ven ustedes. Si nosotros nos oponemos, pensarán que nuestra hija no le quiere lo bastante para exponer la vida por él... Porque expone la vida... Y si se casan, diría todo el mundo que se casaba por interés... Confio el muchacho heredó de su padre y tiene fama de rico, aunque no crean ustedes que es tan rico como se dice; pero vaya usted a convencer a la gente... Nuestra hija piensa lo mismo que nosotros, y no sabe qué hacer, porque estas cosas no pueden decidirse con el corazón... Si no hubiera intereses por medio, ya estaría resuelto; se casarían, y en paz; todo antes que oír a ese pobre muchacho, que parte el corazón, y a nuestra pobre hija, que va a costarle la vida, créanlo ustedes...


‎ Los amigos asentían a todo, consolando como podían a los atribulados padres.


‎ Y así pasaban los días, dando tiempo al tiempo: las dos familias frente a frente, contrariadas, violentas; compitiendo en generosidad... ¿Quién hablaba primero? Y la voz doliente del enamorado moribundo, implorante siempre, con ternura infantil o arrebatos de loco, sin comprender que intereses humanos y consideraciones sociales lucharan en torno suyo, impidiendo al amor triunfar de la muerte... — ¡Quieren matarme!... ¡Nadie me quiere, ni mi madre, ni ella..., nadie..., nadie!


‎ Era forzoso concluir de una vez. Su madre consultó con el confesor, y, resuelta a todo, decidió decir la verdad a su hijo.


‎ — No es tu madre quien se opone, pero yo no puedo pedir a unos padres que su hija se case contigo. Son ellos los que han de proponerlo... Y si esa mujer te quisiera, ella es la que debía decidirse... Pero ¿y si no recobras la salud? ¿Y si por desgracia tu enfermedad no tuviera remedio? ¿Comprendes cómo yo no puedo resolver nada? ¿Cómo tampoco tú debes exigir un sacrificio?...


‎ El moribundo, por vez primera, sintió que moría. Cuando llegó su amada, comprendió que algo había ocurrido; él lo confesó todo, delirante de amor y de tristeza infinita...


‎ — Me lo ha dicho mi madre. No debo exigir ese sacrificio... Moriré sin haberte llamado esposa... No tendrás que llamarte viuda sin haberlo sido... No vuelvas aquí... El amor se espanta de la muerte...


‎ — ¡No, no es verdad! Tú no sabes, tú no comprendes... ¡Ah, pobre amor mío! ¿Crees que yo tengo miedo? Oyes sólo a tu corazón y no comprendes lo que pensarán de mí... No has pensado en que tú eres rico...


‎ — ¡Ah! ¿Es eso? ¿Sólo eso?... ¿Verdad? Sí, es verdad... Si no me muero... No me moriré sin ser tuyo...


‎ Después de escena tan apasionada, las dos familias tuvieron que darse por vencidas; el amor había resuelto el conflicto... Se casaron in articulo mortis. Un amigo de buen humor dijo que así moriría el enfermo con todos los sacramentos. La madre del novio explicaba su determinación:


‎ — Ya ven ustedes, si yo me opusiera... creerían que era por heredar a mi hijo... Pero no comprendo cómo esos padres consienten en casar a su hija... Ya ven ustedes, si mi hijo se muere, ¿qué hace esa muchacha, viuda en lo mejor de su vida? Y si mi hijo se repone, como de todos modos no ha de curarse, se expone a que ella también enferme... ¡No lo comprendo!


‎ Los padres de la muchacha se lamentaban por su parte...


‎ — Ya sabemos lo que pensará la gente; pero estamos tranquilos. Todo el mundo ha visto cómo se querían, y por muy rico que sea el muchacho, más expone nuestra hija..., que expone su vida; por interés no hay padres que sacrifiquen a una hija...


‎ Se casaron, y una vez más el amor triunfó de la muerte.


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