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Un bautismo

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Un bautismo
escrito por Manuel Castilla Portugal
Publicado en el libro « Almanaque de las porteñas para el año 1898 ». ~ Ortografía original. ~ (1)



A mi hija Fanny.

‎La escena se desarrolla en casa de un amigo mio á donde me encuentro en ese momento: su hija mayor, la simpática Teresita, festeja el quinto á sexto bautismo de su hijita, una preciosa rubia, de biscuit, que mueve brazos y piernas y cierra juiciosamente los ojos, cuando su mamita la coloca en la posición horizontal.

‎Es María Teresa, la muñeca, una preciosa criatura. Su adorable carita encuadrada en un nimbo de oro finísimo, parece formada de leche y pétalos de rosa; sus azules ojos, por lo oscuros, de cobalto, y su boquita, apenas abierta, deja ver una hilera de menuditos pedazos de marfil, avezados á las golosinas que su mamá, demasiado débil, le prodiga para calmar su llanto.

‎Después de largos coloquios y maduras reflexiones sobre el menú de la colación á que debían hacer honor los invitados, diez ó doce chicuelos, bulliciosos y alegres, una vez concluida la ceremonia del bautismo, la dueña de la casa, de acuerdo con la madrina, una despierta morocha de ocho abriles, dispuso que se compusiera de lo siguiente: Varias tajadas de salame, mortadela, y otros fiambres colocados en bandejas de papel y rodeados de aceitunas; un pescado frito por la misma madrina, en la cocina económica que posee Teresita; un pastel relleno, regalo del padrino; bombones, pedazos de dulce confitado, ciruelas, pasas, almendras y otra porción de golosinas que los convidados respetaban á duras penas, devorándola anticipadamente con los ojos.

‎Fué un verdadero problema la cuestión del arreglo de María Teresa, para ir á la iglesia. - Una de las amigas de Teresita, tras uno de los cajones del lavatorio de la mamá de ésta y en él, revuelve y en desordenada confusión, pude admirar las infinitas prendas con que hace uso la coquetería femenina.

‎Cofias, baberos, gorras, corpiños, calzones con puntillas, camisa de color, trajes de casamiento, de teatro, de casa, adornados con pasamanería, llenos de abalorios, todos ellos restos de las evoluciones del gusto ó de los posibles de la mamá de Teresita, pues casi podría decirse que cada uno de los trajes que ésta guardaba en su ropero estaba representado en el revuelto guardaropa de la muñeca, modificado por la fantasía de su dueña ó por la interpretación que daba lo que veía hacer ó discertir á su mamá, con la modista.

‎Por fin la elección recayó en un traje color marrón, adornado con terciopelo granate, y en una gorrita de encajes, y pueden ustedes creer que cuando se me presentó Teresita y su comitiva llevando á su hija para el bautismo, me quedó enamorado de la distinción y elegancia con que habia sido adornada la rubiecita.

‎Varios banquitos y unos cajones vacíos, colocados en el patio de la casa, al lado de algunos tiestos conteniendo plantas, fueron los carruajes en que la concurrencia se trasladó á la iglesia. La ilusión resultaba completa, pues no faltaron ni los tumbos, ni el ruido de las pisadas de los caballos, ni las interjecciones de los cocheros. Una vez transcurrido cierto tiempo, que los chicuelos creyeron necesarios para llegar hasta la iglesia, todos se dirigieron á un rincón del patio, y allí, encima de una de las plantas, tuvo lugar la ceremonia. - La madrina, llevando en brazos á su tierna ahijadita, se aproximó á uno de los invitados, monigote de nueve años, que se prestó á desempeñar el papel de oficiante, y sacándole la gorrita á María Teresa, esperó á que éste pronunciára las palabras sacramentales. No sé que palabras refunfuñó éste entre dientes, sólo pude oir que concluyó su oración con estas: Domino Dio nostro. Amen, y que los concurrentes encontrando larga la ceremonia, cuchicheaban por lo bajo.

‎Echó el improvisado Bautista, agua encima de la cabecita de la muñeca: la madrina simuló algunos débiles quejidos, volvió á colocar su gorra á la nueva cristiana y los asistentes se precipitaron á la mesa, ya arreglada y dispuesta. - No faltó á este simulacro de bautismo, caricatura de los que á diario, celebran las personas mayores, ni el consabido grito de « padrino pelado », « padrino pelado », que los chicuelos, repetían con esa inconveniencia adorable, que los hace tan temibles.

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